OPINIÓN

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“Una concepción arcaica de la función policial, anclada en el pasado y proveniente de regímenes autoritarios, permite reproducir el estancamiento en el proceso de atribución de los policías de los derechos y libertades propias de todos los ciudadanos de los Estados democráticos”

“Solamente aquellos que consideran al policía como la manifestación del poder ante el ciudadano y no como el poder del ciudadano, pueden juzgar al sindicalismo policial como un elemento negativo o perturbador” (del Consejo Europeo de Sindicatos de Policía).

 

 

¿Hasta cuándo vamos a seguir apaleando al perro que nos cuida? Nota de Jesús Scanavino, Secretario de Organización de APROPOBA

 

¿HASTA CUÁNDO VAN A SEGUIR APALEANDO AL PERRO QUE NOS CUIDA?

 

Hace tiempo que desde la Asociación Profesional de Policías de la Provincia de Bs As (APROPOBA), venimos advirtiendo del ataque generalizado, que hacen periodistas, políticos, supuesto expertos en seguridad y opinadores de todo tipo contra toda la fuerza policial. Es decir, apalean y maltratan al noble perro guardián, de quién pretendemos que nos cuide…

Es necesario aclarar que esta fuerza policial de la provincia, no es la policía de la provincia de Bs As que acompañó el devenir histórico de argentina y del primer estado. Aquella fue arbitrariamente disuelta en 1997 por el entonces gobernador Eduardo Duhalde. Lo  que tenemos hoy como reemplazo “para recuperar la seguridad” (que nunca se había perdido), son muchas policías provinciales con una pésima organización, sin disciplina, sin formación policial suficiente, sin entrenamiento adecuado, sin atribuciones. Tenemos las policías soñadas y creadas por León Arslanián, en comunión de ideas con Duhalde y Felipe Sola.  Y lo que vivimos hoy es el resultado de las publicitadas y festejadas reformas, depuraciones y purgas. Es la nueva policía de la democracia que pregonaba el universo progre. El argumento central de aquellos “reformadores” fue que nuestra policía era “una organización vertical, de disciplina militarizada” y había que convertirla en horizontal. Sin embargo se recurren a la supuesta eficiencia de Gendarmería y Prefectura, con el argumento de que “son fuerzas verticales de férrea disciplina militar”. Ambas posturas fueron, a su tiempo,  aprobadas y aplaudidas por la misma dirigencia y los mismos periodistas.

No obstante, es justo señalar que la policía de la provincia, incluidas obviamente su novel División, que agrupa las Unidades de Prevención Local (Policía Local), con sus aciertos y errores, está prestando sus servicios gracias exclusivamente al esfuerzo descomunal, casi sobrehumano, de la mayoría de sus efectivos, con genuina vocación, y a pesar de todos los obstáculos que insólitamente le ponen los gobiernos.-

Es verdad que hay policías corruptos y también delincuentes, y está bien que se los denuncie. Hay que llevarlos a juicio. Ya hemos dicho reiteradamente que la Sra. Gobernadora puede contar con el apoyo mayoritario de la familia policial, en su cruzada de erradicar la corrupción. Una vez más: los primeros y principales perjudicados de la corrupción en la policía son los propios policías. Pero es muy grave que maliciosamente se demonice a toda la institución, sin discriminar lo verdadero de lo falso, ni poner a salvo a la inmensa mayoría de policías que trabajan decentemente,  al menos con la misma vehemencia que denuncian a los malos. La inmensa mayoría trabaja de policía lealmente y aun así no se les respeta ni la condición de ciudadanos, menos aún la presunción de inocencia. No se tiene  en cuenta ni siquiera la larga lista de servidores caídos bajo las balas de los marginales, debido a la inferioridad de condiciones respecto de estos, sea por falta de entrenamiento  o falta de respaldo legal, por lo que muchas veces los servidores reaccionan tardíamente frente al ataque y pagan con su vida. Así y todo, nuestras autoridades, caprichosamente, como en otros tiempos, se niega a escuchar a nuestra Asociación Profesional, que cuenta entre sus socios innumerable cantidad de hombres y mujeres, con una vida repleta de experiencia; y además con la información actualizada, producto de una relación fluida que se tiene con los camaradas en actividad.

Por lo tanto sabemos que al día de hoy el componente humano policial  está padeciendo mucho estas arbitrariedades. Su consecuencia, entre otras -hay que decirlo-, es la merma creciente en la voluntad de trabajo, y por consiguiente el aumento exponencial de inseguridad. Es evidente que los malvivientes son los únicos que lo  registran; interpretan acertadamente esta situación y la aprovechan. Pregunta: ¿No será esta la verdadera razón del pedido de ayuda a Nación con fuerzas federales?

Otra consecuencia de los errores  de la autoridad política y los mandos policiales, es que se ha creado el caldo de cultivo para que en poco tiempo más, el personal exteriorice el hartazgo por las deplorables condiciones en que tiene que desarrollar su vocación. Lamentable. Luego nadie podrá escandalizarse. Hace tiempo que se viene advirtiendo. Parece que prefieren el relato de Arslanián, de Felipe Sola o del kirchnerista Sergio Massa, que tienen la insólita obsesión de municipalizar la fuerza, que es lo mismo que debilitar al Estado frente  al avance continuo del narcotráfico, que pronto podría convertirse en narcoterrorismo. México está pagando muy alto precio haber municipalizado a su policía. 

Se anuncia la compra de patrulleros, chalecos, equipos de comunicaciones encriptadas, cursos de capacitación, etc. Y se nos ocurre pensar en voz alta: “¡Qué lejos está esta gente de resolver el problema!” Los medios son importantes y los cursos nunca están demás. Pero lo verdaderamente importante, lo que realmente significaría una vuelta de página, casi no cuesta dinero extra: El festival de excarcelaciones; libertades anticipadas y el corsé político y legal que no permite a la policía trabajar a pleno, más el irrespeto por la carrera policial.     

También medidas de conducción operativa. No alcanza con funcionarios impartidores o trasmisores de órdenes, se necesitan verdaderos conductores que desplieguen el arte de conducir junto a sus conocimientos policiales. Hoy no se existe conducción. Al menos no se advierte una clara y visible relación entre conductor y conducidos. Ambos existen, pero como decía nuestro gran maestro el Comisario General (f) Jorge Vicente Schoo, “si entre ellos no se da una suerte de entendimiento, la verdadera conducción no es posible”. Las consecuencias de esta irregularidad la está pagando la comunidad y los policías con sus vidas y la institución con un creciente desprestigio.  Y por supuesto, tratamiento de la cuestión salarial en un pie

Sabemos que en estas horas se están realizando reuniones de policías, para consensuar el temperamento a adoptar en defensa de la institución policial y los derechos de sus integrantes, entre otros obviamente la eterna cuestión de injusticia salarial. Cuando por todas las vías administrativas e institucionales se hace oídos sordos a los reclamos legítimos, el único recurso constitucional que queda es la exteriorización pública. Es necesario hacerse oír de alguna manera. Y al respecto,  desde APROPOBA,  advertimos a nuestros camaradas del peligro de ser infiltrados por personas con intereses políticos, que se enancan en el justo reclamo y terminan fomentando actos de violencia bien en contra de nuestra esencia y principios,  y que la sociedad repudia. Las crisis policiales, siempre que fueron infiltradas por agentes externos y descontroladas, sirvieron para que los gobiernos legitimaran sus arbitrariedades  y los abusos para con el personal.

Finalmente exhortamos a mantener la disciplina, siempre, máxime ante un eventual reclamo; a no abandonar las guardias y por ningún motivo  quebrantar la ley.

07 de noviembre de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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EL RANCHO SE DERRUMBA, nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

¡EL RANCHO SE DERRUMBA!

(Ojalá este gobierno si sea coherente…)

 

Manotazo desesperado, esta vez del gobierno de Cambiemos, tratando de paliar la crisis de inseguridad, causada hace 17 años por el ex Gobernador Eduardo Duhalde, y agravada por las siguientes administraciones provinciales que gobernaron hasta diciembre de 2015.

Años, muchos años hace que, desde APROPOBA, venimos advirtiendo que el “rancho” de la seguridad se estaba deteriorando aceleradamente, se llovía adentro casi como afuera.  

Lo dijimos desde fines de los `90, en tiempos de Duhalde, con la llegada de Arslanián; lo reiteramos varias veces cuando aparecieron las más graves fisuras en los cimientos, durante la administración de Felipe Sola/Arslanián. Y nos cansamos de dar aviso y pedir ser escuchados, cuando los tirantes comenzaron a rajarse y aflojarse seriamente. Ahora, recién ahora, que el techo del rancho, completo, está a punto de colapsar y caernos encima, este nuevo gobierno parece dispuesto a encontrar una solución. Al menos aparenta que tienen las mejores intenciones. A juzgar por las recientes declaraciones del Ministro Sr. Ritondo, quién ha descripto el estado de la fuerza policial con sinceridad y ha hecho esfuerzos por salvaguardar ante la prensa, el buen nombre y honor de la mayoría de los policías, debemos presumir que esta vez sí habrá coherencia entre lo que se dice y lo que finalmente se hará.

No queremos ser pesimistas. Deseamos sinceramente que acierten con las medidas, pero creemos que todo el esfuerzo humano que se vuelque a las calles no será suficiente si no es acompañado simultáneamente por medidas de orden interno en la fuerza policial, y también procesales, que debería instrumentar el Poder Legislativo con carácter de muy urgente…

Para combatir con éxito la delincuencia, cada vez más organizada y más violenta, es imprescindible revertir la desigualdad de fuerza que hoy es claramente desfavorable al Estado. Dos requisitos son necesarios para modificar esta realidad y tener esperanzas alentadoras:

PRIMER REQUISITO: Rearmar moralmente al componente humano, que se pretende encomendarle poner el pecho en el cumplimiento de los planes de seguridad a desarrollar. No es mezclando a todos los uniformados con ese porcentaje mínimo de delincuentes infiltrados y corruptos, que no entienden de cambios, como se va a lograr recuperar la seguridad. Con el personal humillado por la insistencia en generalizar las acusaciones, que se lanzan en los medios de prensa, poco se logrará. Es tarea del gobierno arbitrar los medios para que la opinión pública pueda diferenciar, y los policías puedan salir a la calle con su autoestima reparada, sin la vergüenza que impide y desalienta.

SEGUNDO REQUISITO: Atacar y golpear contundentemente la logística de los delincuentes: Armamento; utilización de menores; vehículos y droga componen la logística mínima del delito. Especialmente lo último. Los principiantes roban para comprar drogas, pero luego, ya encaminados en el delito como medio de vida, dispuestos a no trabajar nunca más, se drogan para cometer sus fechorías, para darse valor; drogados se animan a todo, son más violentos. Ellos evalúan que si vale la pena, pagar con algunos meses de encierro, la gran vida –casi de opulencia en algunos casos- que podrán darse con el dinero que obtendrán de sus ilícitos, durante otros varios meses de “trabajo”, aunque dejen las calles regadas con sangre. Para ello sería urgente, en simultáneo con el resto de las medidas operativas, impedir -preferentemente por vía legislativa-, la EXCARCELACION Y TODO TIPO DE LIBERTAD ANTICIPADA, a todo imputado, procesado o condenado, por delitos cometidos con armas consideradas de guerra; con explosivos y/o elementos que formen parte del equipamiento de FFAA, FFSS y FFPP, tales como prendas de uniformes, chalecos, esposas, etc.; quienes delincan con automotores sustraídos; quienes hayan cometido el o los hechos con participación de menores de edad; a quienes, al momento de cometer el delito, hayan actuado bajo los efectos de drogas ilícitas.

Seguramente se superpoblarán los establecimientos penitenciarios. No obstante, siempre será preferible que los presos sufran alguna incomodidad transitoria de alojamiento, a que el resto de la sociedad siga pagando con sus vidas, su libertad, honra, bienes y derechos, la impunidad de aquellos que eligen vivir a costa del esfuerzo de otros, al margen de la ley.

La Justicia hoy está hemipléjica, los delincuentes lo saben. La policía ha sido deliberadamente menguada y atravesada por la corrupción, y se le ha puesto un techo demasiado bajo para su actuación. Ni siquiera se les permite inspeccionar el baúl de un vehículo o interrogar a una persona sospechosa. Los delincuentes, todos, saben de esto y son hábiles en aprovecharlo, para vivir un verdadero festival de impunidad, ayudados por una prensa que debilita y desalienta todo el tiempo al conjunto de la fuerza policial, con acusaciones para todos. Y en algunos casos con información infundada o tergiversada, todo lo cual les ha convertido a esta provincia en algo  más que una zona liberada. Nuestra provincia es hoy un territorio conquistado por las bandas de delincuentes de todo tipo. Asaltantes asesinos, violadores, narcotraficantes súper armados, se adueñaron de la vida y la libertad de los ciudadanos.

Para torcer el brazo de ésta delincuencia, violenta y cebada, en tiempos de desborde como ahora, sea por vía de la persuasión o por medio de la fuerza, es imprescindible sumar al consenso ya existente de la población; el desempeño adecuado y ágil de una Justicia despojada de ideologías y tendencias; de la dirigencia política; y la colaboración de la prensa; sumado todo a la actuación decisiva de una policía fortalecida espiritualmente, en paridad de armamento con las bandas, con la seguridad de un buen entrenamiento; por supuesto una paga que le permita vivir decorosamente, inclusive en su Retiro (para desalentar a aquellos que intenten hacerse su “jubilación adicional anticipada”); y muy importante, una policía aséptica de intención política.

Si pretenden dar solución amontonando gente uniformada, sin remover previamente los verdaderos obstáculos que subyacen, y que en parte estamos describiendo, escasos serán los beneficios para tanto esfuerzo humano y para tanto gasto. Terminaremos viendo más de lo mismo que hemos comprobado en las gestiones anteriores. 

06 de octubre de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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LA VIOLENCIA QUE ME RODEA… ME TIENE HARTO, nota de Opinión de CARLOS MASSACANE, Sec. Adjunto de APROPOBA

 

La violencia que me rodea... me tiene harto!

 

Pienso a esta altura que se trata de una violencia institucionalizada, por la incapacidad del ESTADO, QUE DEBE SER EL GARANTE DE LA TRANQUILIDAD PÚBLICA.

Las políticas de SEGURIDAD y de CRIMINALIDAD- ambas-, se deben sostener en el ideal de bienestar que se adeuda al pueblo para su desarrollo. Sin ellas,  es imposible conseguir la armonía que nos lleve a la ansiada REPÚBLICA.

Los “políticos” en campaña, han prometido hasta el hartazgo recomponer  esta “sensación de inseguridad “, que nos viene quitando vidas y multiplicando victimas en forma exponencial. El fracaso hasta hoy es también exponencial.

El ciudadano de a pie –el pobre poligrillo-, que hace el país todos los días para que esa “gilada” cobre suculentos sueldos y goce de  un montón de privilegios y legisle para un país real y no para un  país ideal, (que de hecho no existe), piensa con razón, que la ignorancia de éstos es realmente supina, como mínimo…, para no tentar al mal pensamiento!

         Pero en esta soledad, prisionero del miedo de ser víctima y victimario a la vez, pienso que la  Señora Gobernadora, el Señor Ministro de Seguridad, el Sr. Jefe de Policía deben  estar muy ocupados en corregir esta situación de destrucción  de la sociedad bonaerense, porque están  ausentes de las honras fúnebres de sus hombre caídos en el sagrado deber del servicio.

No terminan de matarnos, nos hieren, quieren que se sufra hasta la última gota y por eso nos desangran! Total de qué vale la vida sin sufrirla, cuando los verdugos llevan la etiqueta de “políticos”!

Torpes, cual bichos carroñeros, se atropellan por cuatro bocados de despojos. Pero igual no saben vivir sin nuestra vida útil! No soportan las virtudes, se mueren por ellas.

Tristes infelices que  se destrozan buscando el poder para mostrar sus debilidades. Mentirosos, que tiemblan ante la verdad y se encorvan en la presencia de las mafias.

Mientras, a nosotros nos purifica cada amanecer, y en la presencia de los perros vagabundos y en el dolor del hermano abandonado se halla Dios! Aunque quieran olvidarnos, estamos en cada rayo del sol naciente y en los misterios de las noches de tormenta.

O allí…!  Donde simplemente el destino nos ponga, sin importar el género.

          Muy atte.

         22-09-16.

 

Carlos Roberto Massacane

Subofl. Ppal. (rav)

Sec. Adjunto de APROPOBA

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INSEGURIDAD: LA GRAN HIPOCRESÍA, Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

INSEGURIDAD Y CORRUPCIÓN: “LA GRAN HIPOCRESÍA”

 

Una vez más, cuando el horizonte de los argentinos está colmado de grandes incertidumbres y amenazas que hacen presagiar acontecimientos nada agradables, vuelve a aparecer en escena y en primer plano, la eterna crisis de inseguridad. Y nuevamente, llamativamente, la reedición de la vieja novela “LA GRAN HIPOCRESÍA”, montada de ex profeso para desinformar, mentir a la opinión pública y dar la sensación de que están todos preocupados y haciendo aportes para una solución, cuando en realidad no hacen más que difundir con disimulo el pensamiento zaffaronista, al que adhieren de manera inconfesable. Periodistas “especializados”, políticos, supuestos expertos en seguridad y opinadores de todo tipo y pelaje, reaparecen cada vez que se registra un hecho, con el que se evidencia la orfandad en la que se encuentra la población, debido al andamiaje jurídico abolicionista, pseudo garantista, construido en defensa de los delincuentes, a quienes consideran víctimas de una sociedad injusta, merecedores de toda la conmiseración pública. Y cada vez que un ciudadano osa ejercer su legítimo y legal derecho a defenderse, su linchamiento mediático parece ser la consigna. Como si fueran portadores de la verdad más absoluta, insinúan que quienes  ejercemos el derecho a opinar libremente y el de la tenencia de un arma, que reivindicamos la legítima defensa ante una delincuencia incontrolable y asesina, o proponemos políticas de seguridad de mayor firmeza, somos mala gente, acusados de brutales, fascistas…

Los muy hipócritas que se escandalizan por los niveles de inseguridad, por los asaltos, por los asesinatos y por el auge de la delincuencia que se pavonea libremente por las calles, son los mismos que alentaron y alientan el recorte de atribuciones de los policías en tiempos de Arslanián, que hoy no pueden interrogar a un sospechoso, ni revisarles el baúl del auto. Son los mismos que callaron cuando, en tiempos del Gobernador Scioli, a la policía les retiraron las armas largas y lo dejaron en inferioridad de condiciones, casi indefensos, ante una delincuencia armada hasta los dientes, con armas de guerra, poderosas. Los muy hipócritas que reclaman mayor dedicación a los policías, son los mismos eternos denunciadores al voleo de “zonas liberadas”; los que argumentan que la policía es “reguladora” del delito; quienes dicen que los uniformados son “parte del problema”, como lo verificamos desde los tiempos del Gobernador Solá; los que siempre generalizan ante la inconducta de policías corruptos –que los hay sin duda-, provocando vergüenza en todos los buenos policías y sus familias, que son la inmensa mayoría, y por consiguiente desgano en el trabajo. Los muy hipócritas que ponen a los policías como eje central de la inseguridad, cuando saben bien que son el último eslabón de una larga cadena de responsabilidades previas; son los mismos que nunca, jamás, visitaron una Comisaría para interiorizarse cómo viven y trabajan los policías, cuáles son sus necesidades para cumplir mejor la función; son los mismos que jamás visitaron a un policía herido; nunca asistieron al sepelio de un uniformado caído en el leal cumplimiento del compromiso asumido con la sociedad, ni hablar de interiorizarse por sus deudos o solidarizarse. Los muy hipócritas que hoy están en contra de proyectos destinados a mejorar la educación son los mismos que braman aduciendo que la falta de educación es causa del delito.

La Señora Gobernadora parece dispuesta a erradicar los focos de corrupción en la fuerza, consecuencia del juego clandestino. Siempre hubo corrupción, aunque para ser sincero nunca en la magnitud actual. La inmensa mayoría de los policías y la familia policial en general, celebra y apoya firmemente la decisión. Exhortamos que con la misma firmeza, y al efecto de su erradicación total, la investigación y juzgamientos se extienda incluso fuera del ámbito policial, que se llegue hasta los sitios en que tiene origen la corrupción, y donde también llega su producido. De lo contrario quedará en una medida espasmódica, en la que el policía será el pato de la boda. La corrupción policial no es causa. Es consecuencia. Todos imaginamos, la sociedad también, que en cuestión de juego clandestino la policía nunca hizo o dejó de hacer lo que no se le indicara previamente desde algún lugar del poder. No es casualidad que el quinielero Adrián Almaraz, detenido y liberado urgentemente, aclarara a la prensa sin que se lo pregunten: “Solo le pagábamos a la policía…”

Por otra parte sería muy importante que, mientras se libra la batalla contra la corrupción, el gobierno arbitre todos los medios a su alcance, para mantener a salvo el buen nombre y honor de la mayoría de mujeres y hombres policías, ajenos a la comisión de delitos; son quienes a pesar de todo -y de todos- salen día y noche a la calle a tratar de brindarnos seguridad. Es sabido que hay quiénes, directa o indirectamente, obtienen beneficios cuando se golpea, desprestigia y se demoniza permanentemente a la fuerza policial en general. ¿Quiénes son los perjudicados, además de los buenos policías? La comunidad, como está a la vista.

No obstante lo dicho, los policías dan muestra permanente de su vocación de servir, de esfuerzo y hasta de sacrificio, a pesar de las limitaciones que imponen leyes permisivas, la falta de medios y del pésimo entrenamiento que reciben los efectivos, especialmente los más jóvenes. Investigaciones o intervenciones policiales exitosas; enfrentamientos armados, con policías y malvivientes fallecidos y heridos; secuestro de importantes cantidades de drogas y dinero, conforman la prueba de una policía comprometida, que además debe mejorar. Para ese fin la clase dirigente y principalmente la prensa –entre otras cosas-, sin dejar de denunciar las falencias, la corrupción y a los corruptos, sería excelente que también se ocupen de los buenos policías, aunque mas no sea con el diez por ciento del énfasis y tiempo que le dedican a los malos. “Los mismos policías buenos, salvados de “la misma bolsa”, se encargarán de los malos…”

Mientras tanto parece ser que el país, especialmente la provincia de Buenos Aires, no puede salir de esa especie de ciénaga, o circulo vicioso, en que se ha transformado la inseguridad. Quienes tienen el poder para aportar alguna medida urgente, de aplicación mediata, apenas si atinan a describir, en el aire, y en los medios de prensa, políticas de estado o proyectos de mediano y largo plazo, ya pensadas hace muchos años sin que ningún gobierno las cumpliera. La comunidad está clamando soluciones para mañana a la mañana y los políticos hablan de largo plazo… 

A grandes males grandes remedios. En la emergencia, mientras se estudian leyes adecuadas y se espera den resultado las políticas activas de mediano y largo plazo para terminar con la exclusión, que muchos consideran causa principal del delito; y mientras se deciden elaborar una adecuada “política criminal”, hoy ausente como bien señala el Sr. Fiscal Marcelo C Romero, habría que interrumpir y desestimar toda solicitud de excarcelación a procesados por delitos graves, sin excepción; como así terminar con libertades anticipadas o transitorias a todo condenado por delitos contra la propiedad o contra las personas. Y reformar urgente la Ley de reincidencia.

Será necesario reacondicionar o ampliar cárceles, si no se pueden construir nuevas.

La sociedad aceptará de buen grado que, por un tiempo, la población carcelaria viva con alguna incomodidad, hasta que se cuente con recursos, a cambio de que en las ciudades se pueda vivir con tranquilidad y seguridad, marco indispensable para poder estudiar, trabajar, producir riquezas y disfrutar la merecida libertad. La comunidad está reclamando que el Poder-Estado vele por los derechos humanos de los ciudadanos, al menos con igual ahínco con que cuida los de los delincuentes.

Esto no es nuevo. Con cada cambio de Gobernador, la crisis vuelve a ponerse en la superficie. Y todas las veces, desde distintos ámbitos de la institución policial, donde hay años de experiencia acumulada, incluido desde APROPOBA, se ha abordado el tema y advertido sobre la evolución futura, sin embargo siempre se ha hecho oídos sordo. Los primeros beneficiarios y más interesados en terminar con la inseguridad y erradicar la corrupción, son los policías y sus familias.

Septiembre 08 de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

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NUEVO AVANCE DEL JUSTICIALISMO-KIRCHNERISMO RECICLADO A TRAVÉS DEL FRENTE RENOVADOR PARA TERMINAR DE DESTRUIR EL SISTEMA DE SEGURIDAD EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES PARA MUNICIPALIZAR LA POLICÍA EN ESTE DISTRITO Y ASÍ TERMINAR DE ABRIR LA PUERTA AL NARCOTRÁFICO DEJANDO DE LADO LAS NEFASTAS EXPERIENCIAS AL RESPECTO QUE SUFRIERON OTROS PAÍSES - REITERAMOS NOTA AL RESPECTO DE JESÚS SCANAVINO, SECRETARIO DE ORGANIZACIÓN DE APROPOBA, PUBLICADA EN EL AÑO 2010

 

PROYECTO DE LA POLICÍA MUNICIPAL - OTRO ENGENDRO NEFASTO…

(NO ES DEL BUENO, PERO ES QUESO…!)

 

Es preocupante, y causa de enorme desazón, poder comprobar la superficialidad con que las autoridades del  gobierno provincial y un amplio sector de la dirigencia política, como lo son legisladores y varios intendentes,  tratan de resolver la problemática de la inseguridad. Y la sorprendente y temeraria predisposición, para crear organismos tan complejos y tan costosos como son instituciones policiales por toda la provincia, superponiéndose a las existentes.  Mas  la archi conocida contumacia en desoír imprudentemente las voces de alarma, que de distintas  maneras posibles les hacen llegar sectores de la policía con vasta experiencia, como lo hace también, y  reiteradamente, Apropoba desde esta página.

Quienes tienen las más altas responsabilidades políticas de encontrar soluciones para mitigar la crisis, dan toda la sensación de que estuvieran absolutamente disociados de la realidad. Mientras la población clama por soluciones urgentes, para hoy, ellos responden anunciando proyectos de mediano y largo plazo, e innecesarios gastos siderales de dinero que tendrá que pagar el mismo pueblo.

“No es del bueno pero es queso…” dice el cuento de aquel vasco porfiado que comía jabón y convidaba insistentemente afirmando que era queso. Con amargura debemos decirles a estos señores porfiados que hace ya muchos años que –como en el cuento- a los bonaerenses nos quieren hacer comer jabón por queso. La cuestión se ha puesto demasiada pesada y no hay margen ya para seguir jugando con la vida de las personas.

Nuevos proyectos que tienen origen en el seno de esa dirigencia política, pretenden la creación de Policías Municipales. Sus mentores se encargan de aclarar rápidamente que no son lo mismo que las policías comunales inventadas por el Dr. León Arslanián, de quién evidentemente quieren despegarse, sabiendo que aquello fue un despilfarro de dinero público y de esfuerzo humano, toda vez que no se registró cambios o mejoras sustanciales que justificaran semejantes emprendimientos. No obstante se insiste, casi obsesivamente, con la idea de municipalizar la policía, es decir desvincularla de la provincia. Un organismo estrictamente municipal. Si se concretara, en el futuro cercano veremos algunos municipios con policías bien uniformados, dotados de buenos y modernos elementos; y otros municipios con pocos policías, mal vestidos, con vehículos vetustos o de a pié. Según los recursos de esa comuna, o el color político del partido gobernante,  o la buena o mala relación que tenga el intendente con el gobernador. ¿Alguien tiene alguna duda de que será así?

Lo hemos dicho antes. A quienes desarrollan esta profesión también nos gustaría una policía municipal, comunal o de condado, tal como existen en países como EE.UU, España, Alemania, pero, aclaremos, con poblaciones como la de esos países. Con la educación e idiosincrasia de aquellos ciudadanos. Donde la regla es el respeto por las instituciones y el acatamiento a las leyes, empezando por las autoridades de los gobiernos y los miembros de la justicia; y donde a los uniformados se los preserva de la politiquería; se los entrena periódicamente de verdad; se le dispensa un trato digno y se le retribuye con salarios  decorosos, mas una asistencia médica y un servicio social de la institución, que reúnen las condiciones para asistir satisfactoriamente a este tipo de trabajadores y sus familias. No como en argentina que se insiste con el delirio de tener una policía eficiente que cueste poco.

La primera condición de aptitud del aspirante a policía, en cualquier parte del mundo, se verifica en el seno de su hogar y su entorno social, luego su formación intelectual y condiciones psicofísicas. A nuestras autoridades habría que recordarles que las fuerzas policiales –al menos en nuestra provincia- no se nutren de personas de otras galaxias. Nuestros efectivos provienen de la sociedad que tenemos acá, en esta parte de la tierra, cuyos hijos no escapan a las influencias producto de los desequilibrios y desajustes sociales, económicos, políticos, éticos y de desarrollo que en los últimos años perturban nuestro país. Donde los jóvenes ya ni siquiera tienen aquella experiencia enriquecedora, niveladora  y formadora que era el servicio militar obligatorio.

Quienes emergen de esta sociedad para incorporarse a la fuerza policial, y que serán los encargados de hacer cumplir las leyes, generalmente son los mismos que hoy vemos por las calles, en las esquinas agrupados tomando alcohol, transgresores de toda norma como nunca antes, aborrecen de todo lo que signifique disciplina, son irreverentes con las instituciones del estado y con sus autoridades, se burlan de toda religión y descreen de todas las plataformas políticas, porque llevan en su frente la marca de la frustración que les imprimió la dirigencia de las últimas décadas. Vienen de transitar sus últimos años por los límites del submundo del delito, codeándose con la droga, con la corrupción y con la muerte, que acechan en todos los barrios y no hace distingos de capas sociales.

Resulta que ahora el gobierno de la provincia nos propone como solución, tomar esos jóvenes, que ya son difícil de moldear en los institutos de formación policial, y entregárselos alegremente a las municipalidades para que formen nuevas instituciones policiales, que además –todos lo sabemos- serán manejadas por dirigentes políticos intermedios y hasta por punteros barriales, que no tienen la menor idea del oficio policial y en algunos casos hasta serán también de dudosa moral. Por lo tanto esas policías municipales funcionaran según los vaivenes de la política pueblerina. Como ya ha ocurrido y ocurre en algunos municipios, donde existe Policía Comunal, que los uniformados se han visto enredados en las internas políticas locales, o sectores políticos han denunciado el uso indebido de la policía por parte de algún intendente.

Una institución civil armada como la policía, encargada de velar por valores supremos de la comunidad, como son la vida, bienes y derechos, no puede estar supeditada a los vaivenes políticos partidarios. Debe ser manejada y administrada con equidad para todas las poblaciones desde  el Poder Ejecutivo provincial, con policías de carrera, políticamente asépticos. Que se dediquen a la seguridad de los contribuyentes, sin distinción de ideologías y no a cosechar palmadas, ni favores del poder de turno. En un estado de derecho la policía es tan trascendente como la Justicia y a nadie se le ocurriría crear, por ejemplo, tribunales penales municipales. La policía municipal será otro mamarracho, igual que el ideado por León Arslanián, además con más posibilidad de corrupción y mayores gastos para el contribuyente.

Andrés Antillana, prestigioso Psicólogo y Criminalista Venezolano, ha descripto así la problemática de la descentralización policial de su país:

“… otro rasgo distintivo del modelo policial venezolano, es la proliferación de policías adscritas a los distintos niveles de gobierno. El uso parcial y dependiente de la policía por parte de la fracción en el poder, ha promovido la multiplicación y dispersión de los cuerpos policiales, en la medida en que se descentraliza el Estado y aparecen nuevos polos de poder. Esto ha favorecido la existencia de distintas policías sin funciones y ámbitos territoriales claramente delimitados, compitiendo entre sí y con alto grado de dispersión y descoordinación. Un modelo de Estado fragmentado, que resulta de múltiples transacciones y conflictos de competencias y funciones, ha implicado una superposición y desarticulación de la actuación policial. La policía se convierte en un mecanismo de acumulación y redistribución de capital político en el contexto de un modelo de Estado en que el poder político está distribuido entre distintos actores…”

Por su lado, el Dr. Gregorio Marañón, médico, ensayista y escritor español, ya en el año 1942 hizo público en la prensa escrita argentina un trabajo sobre Policías del Mundo que tituló “POLICIA, de Maquiavelo a Fouché”. Entre otras importantes cosas decía: “…Cuando se piensa en un estado futuro que reúna las ventajas del autoritario y las del democrático, la formula intermedia solo se entrevé  a base de una policía perfecta, que frente al poder asegure a cada ciudadano sus derechos sin el peligro de que los ciudadanos se los adjudiquen y se los administren por su cuenta, y que, a su vez, exija al ciudadano el riguroso cumplimiento de su deber, diverso e intransferible. Una policía, en suma, no solamente poderosa en su técnica, sino aséptica de intención política”

El Poder Ejecutivo, como los representantes del pueblo, sean provincial o municipal, tienen la obligación de contribuir a robustecer la fuerza, en lo moral, en lo material y en lo profesional. En lugar de descentralizar y dispersar. Deberían cuidar mediante un celoso control de los tres poderes, que funcione el mecanismo de auto depuración y velar para que la institución ni sus miembros sean arrastrados a la vorágine de la política. Cuando ello ocurre, la comunidad rápidamente paga las consecuencias con su seguridad y con sus vidas. Como ocurre ahora.

Y en lugar de hacer anuncios espectaculares de mediano y largo plazo (cuando la gente reclama soluciones para el hoy) como son la creación de nuevas policías y estrujar el presupuesto provincial, nada mas que para hacer como que se hace y no hacer nada, sería mas productivo y eficaz legislar urgentemente las normas que la fuerza policial necesita como herramienta, para producir seguridad y tranquilidad a los ciudadanos; frenar el éxodo cada vez mayor de policías provinciales a otras instituciones o a la actividad civil; actualizar los sueldos; mejorar ostensiblemente la prestación de la Dirección de Servicios Sociales, motivo de queja permanente del personal; desvincular a la fuerza policial de las odiosas e ineficiente Aseguradora de Riesgo de Trabajo de la provincia y de una vez por todas reconocerle a la fuerza policial el lugar que merecidamente le corresponde en la mesa de la democracia, que no es mas que la personería gremial que viene reclamando la Asociación Profesional de Policías de la Pcia. De Buenos Aires (Apropoba), para defender los derechos de los trabajadores policías y velar por las óptimas condiciones laborales, que no solo mejorará el nivel de vida de los uniformados, sino que redundará en un mejor desempeño y una mejora en la prestación del servicio publico de seguridad.

Finalmente hemos de recordar a fuerza de reiteración, que de poco servirá. Ni patrulleros modernos, ni armamento, ni planes, ni descentralizaciones, ni reformas de ninguna índole. Nada será suficiente si primero no se atienden las necesidades básicas del personal policial.

La seguridad no la hacen las estructuras, ni las armas, ni las leyes, ni los edificios, ni las computadoras, ni los laboratorios, ni el microscopio, ni los patrulleros. La seguridad la hacen posible los seres humanos que manejan estos elementos, convenientemente entrenados, bien pagos y bien tratados. Los policías de la provincia de Bs As, de las distintas agrupaciones y sub escalafones. Con mucho sacrificio y dedicación, y con mucho riesgo de la propia vida. Es a ellos que el gobernante debe dedicarle genuina y especial atención.

Y por favor, ya dejen de ofrecernos jabón por queso…!

(Noviembre 10 de 2010.)

15 de agosto de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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TENGO MIEDO DE QUE NO ALCANCE…, de CARLOS MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

Tengo  miedo de que no alcance…

 

Mucho circo, mucha inmediatez, casi que puedo percibir el olor de:” ahora me toca a mí”, por parte de la “justicia hasta ayer ausente”.

Y ya no es el camino de la justicia, se convierte en teatro vengativo y no sirve.

Del sainete a la fantasía hay un paso. Y quedan allí todas las esperanzas del PUEBLO, convertidas en simples quimeras, torpes gestos de imprudencias que alejan a la verdad de su altar y la llevan al fango, donde se revuelcan los defraudados y la miseria es reina y destruye al hombre.

Espero que la seriedad de esa JUSTICIA, de la que tanto esperamos, nos devuelva las esperanzas y que la escena  del abanderado en “patas” de esa humilde escuela de Misiones y su valiente maestra, no vuelva a repetirse NUNCA MÁS.

Y si esto fuere cierto, la poca lona que tengo me alcanzará para el circo.

Agote: 7/7/2016.

 

Carlos R. Massacane

Srio. Adjto. APROPOBA

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EN LA LUCHA POR LA SEGURIDAD, HAY PERIODISTAS QUE JUEGAN EN CONTRA…!!

 

A pocos meses de asumir el gobierno las nuevas autoridades electas, en el orden nacional, provincial y municipal, reaparece con un ímpetu que se podría decir inesperado un verdadero tsunami  de robos y los denominados “secuestros exprés”. La verdad que es extraño. El gobierno provincial al menos, en esta materia, parece estupefacto quizás por la sorpresa o por la impotencia de no saber qué medidas tomar, que resulten eficaces y con resultados favorables, que alimente un poco la esperanza de una sociedad atribulada por el miedo. Tampoco dicen la verdad acerca de las causas.

Simultáneamente vemos y oímos en los medios televisivos, un constante desfile de denunciadores; opinólogos; periodistas supuestamente especializados; y expertos que jamás hablaron con un delincuente; nunca enjuagaron las lágrimas de una víctima violada; ni pasaron jamás noches de vigilia junto a la familia desesperada de un secuestrado. Siempre los mismos, gastan litros de saliva dando diagnósticos con datos que solo están en su imaginario y en leyendas urbanas; o lo más fácil y barato, que es pegarle con alma y vida a los únicos que a pesar de todo, y de todos, trabajan y arriesgan de verdad por la seguridad de la gente. Los policías.

A estos personajes, estrategas de café, solo les interesa el protagonismo para justificar lo que ganan con algún asesoramiento privado, o bien para alzarse con algún puestito oficial de medio pelo que les permita vivir “de arriba”. No se imaginan cual es la realidad vivida diariamente desde un patrullero, o desde un vehículo no identificable haciendo inteligencia criminal, rastreando delincuentes. Y no contribuyen en nada a la solución del problema; por el contrario, pareciera que están atizando  el fuego  para que se extienda.

Miren sino este ejemplo: Días pasados, por la mañana, un importante periodista y conductor de noticiero, refiriéndose a la ola de secuestros, se dirigió a las fuerzas de seguridad y jueces, y mirando fijamente a la cámara dijo y reiteró: “…ustedes son una manga de inútiles...” No le importó nada, la cantidad de policías que mueren por año cumpliendo con su deber; tampoco le importó un pito que todos los días y todas las noches, miles de policías salen a las calles enfundados en sus uniformes, con una pequeña arma de puño, a vérselas con avezados delincuentes criminales con más y mejores armas, cumpliendo con la palabra empeñada con la comunidad, aún a riesgo de sus vidas.

Este señor periodista sabe perfectamente que las fuerzas policiales no tienen casi margen de discrecionalidad administrativa. Todo su accionar ha sido absolutamente reglado por un enorme e intrincado andamiaje compuesto por leyes, decretos, reglamentaciones, resoluciones, circulares, órdenes verbales, etc., con un importante beneficio para los delincuentes.  

Debería entonces, dirigirle sus críticas y sus insultos a los arquitectos de esta estructura jurídica, a los únicos responsables de esta tragedia sin fin, a los Legisladores pasados y actuales de la provincia de Bs As, y a los ex gobernadores, que año a año fueron homologando el estado hemipléjico en que han puesto a la fuerza policial del Estado más importante del país. Saben los periodistas que a los policías les retiraron todas las armas largas; que las escopetas las llevan cargadas con munición de goma; que tienen prohibido interrogar a un sospechoso; que no pueden revisar el baúl de un auto sin orden judicial; que no practican tiro; que se tienen que comprar sus uniformes cada vez más caros.  Y como si todo ello fuera poco, tienen que batallar contra no pocos jueces garantistas saca presos, dispuestos a procesar al policía que tan solo le haya levantado la voz al delincuente.  Si, los periodistas lo saben. Son cómplices de la inseguridad y conspiran contra quienes todos los días le ponen el pecho a la adversidad, sean los  policías o los vecinos en permanente riesgo. Los únicos beneficiados son los delincuentes.

Sin ningún tipo de miramientos y sin más sustento que la imaginación, le endilgan a la fuerza policial poco menos que ser la organizadora de los asaltos. Predisponen a la gente en contra de los uniformados. Hablan de zonas liberadas; de bandas mixtas (civiles y policías); de policías retirados o echados; de delincuentes con pistolas “de las que usa la policía” (como si fuera difícil conseguirlas en el mercado negro); de delincuentes preparados, profesionales. No saben nada, no tienen la menor idea de la idiosincrasia de los delincuentes, de cómo piensan y cómo actúan. Esto no significa que neguemos o descartemos la participación de algún delincuente de uniforme en alguno de los hechos, pero de allí a acusar a la fuerza de estar comprometida con el delito hay mucha distancia.

Algo tan grave como estas acusaciones al voleo, es el silencio de las autoridades civiles que comandan a la fuerza policial, que parecieran avalar tales difamaciones. Esto sí que es grave porque produce mucha indignación entre los uniformados, e inevitablemente se cae en el desgano; y otra vez la comunidad paga las consecuencias. Es que a nadie se le ocurriría decir que los hospitales están comprometidos con el tráfico de recién nacidos, por más que exista algún hecho con complicidad de médicos o enfermeras, porque cundiría la desconfianza y las mujeres no tendrían un lugar donde ir a parir sus hijos tranquilas. Han logrado ya que la gente desconfíe de ir a las Comisarías.

Volviendo al principio, reconocemos que es real la reaparición abrupta y numerosa de bandas. Hay algo de mutación de delitos, como siempre. Pero también hay algo más por dilucidar. Pareciera que coincidente con el cambio de gobierno, muchos delincuentes egresados de cárceles, que tenían algún trabajo precario o en negro, por obra del famoso “ajuste” han perdido el beneficio y optaron por su viejo oficio. No creo en lo que se dice por ahí, de que esos delincuentes estarían cumpliendo alguna misión encomendada por gente interesada en debilitar al nuevo gobierno.

De cualquier manera, desde APROPOBA reiteramos nuestra exhortación de siempre dirigida a nuestros camaradas. Que hay que sobreponerse a las dificultades y a las ingratitudes; redoblar los esfuerzos y aguzar la inteligencia para torcerle el brazo al delincuente. Y cuidarse de los corruptos de adentro y de afuera, que son muchos más. Y prepararse constantemente. La sociedad para desarrollarse, producir riquezas, para trabajar, estudiar, para esparcimiento, necesita un marco de seguridad adecuado y para ello se requiere una policía vigorosa, con leyes acorde a la necesidad de los tiempos. Esto se va a dar cuando la sociedad se lo exija a sus representantes, los Legisladores, y los policías hagamos respetar nuestros derechos.

07 de Junio de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de organización de APROPOBA

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CON EL OJO EN LA TORMENTA II, Nota de CARLOS MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

CON EL OJO EN LA TORMENTA II

 

Si creyeron que no iba a levantar la voz en la protesta, por el solo hecho de sentirme conforme con cambio, se equivocan. No han de verme errar en la partida. Ni a despreciar un convite habiendo oportunidad.

Nos están “bolaceando” con medias verdades: “están tan mal preparados que no les daría un arma” (si la prensa no miente). Y aquí devuelvo la pelota y les digo: vuelvan al viejo crisol de los Centros de Formación (Escuela de Oficiales Juan Vucetich – Escuela de Suboficiales y Tropas, Escuelas de Especialidades. Actualizadas a las necesidades actuales y con proyección a un capital humano de conducción a  diez / quince años. Si que es verdad que piensan a largo plazo.

Devuelvan el sentido de pertenencia, respetando a los hombres y mujeres que entregan  todo en aras de una vocación – igual para enfermeros, maestros y médicos hospitalarios. Ningunos de estos son “trabajadores”, son  personas únicas, tocadas por la varita de la solidaridad sin fin. Claro está que Uds., tal vez nada conozcan de esto. Vuestro objetivo es otro: ¡el poder!

Veo a los nuevos Policías locales de a tres o cuatro, pero solos, sin tutores, sin que se les trasmitan experiencias. El policía lo es todo en la calle. Y no proveerle el respaldo de un veterano, es abandonarlo a su suerte. Nada reemplaza la experiencia de un buen Sargento. Así como ninguna academia de “chamuyo perdido” reemplaza la disciplina que educa la vocación.

Tampoco hace primavera un chaleco antibalas. Cuidar al que nos cuida es otra cosa. Es legislando su proceder con seguridad jurídica, sin el temblor de la duda “qué hago”, “qué debo hacer”. Legislar una carrera que le permita tener la seguridad de que no se equivocó en su elección de vida.

Que no lo estafen con una obra social vaciada de todo contenido y con dirigentes no elegidos y sospechados de robar con carretilla. Que su suerte ante los riegos  traumáticos de su trabajo, no quede en  las intenciones e  interés mezquinos de una ART.

Una Plana  Mayor que sea clara como el horizonte cuando amanece y no maliciada de los peores delitos.

El mal hacer, pudiendo hacer bien, es como el mar. Hondo y cruel: señor Ministro de Seguridad.

Mercedes - 29/05/2016.

 

Carlos Roberto Massacane

Srio. Adj. de APROPOBA 

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RITONDO, VIDAL Y EL NIHILISMO POLICIAL, nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

Desde hace varios días el diario HOY, uno de los dos más importantes de la ciudad de La Plata, viene denunciando hechos concretos de corrupción por parte de la cúpula de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. No se trata de hechos aislados, sino de una metodología delictiva institucionalizada cuyos mayores beneficiados serían el Ministro de Seguridad Cristian Ritondo y el propio Jefe de Policía Pablo Bressi. Una especie de banda organizada tendiente a hacer caja mediante la recaudación ilegal, para lo cual fueron colocados en los lugares estratégicos, oficiales superiores que terminan siendo los gerenciadores de ese autofinanciamiento que los enriquece ilícitamente.

Nadie del gobierno ha dicho nada, y no pueden esgrimir desconocimiento; entonces vuelvo a recrear en mi memoria algunos compromisos asumidos por la Gobernadora María Eugenia Vidal, como el de defender al buen policía que cumpla con su deber, y no puedo menos que sentirme defraudado absolutamente.

¿Ministro Ritondo y Gobernadora Vidal, ustedes están protegiendo potenciales delincuentes?

¿Por qué no salen a desmentir los dichos del diario HOY, o es que no tienen argumentos y esperan el momento de hacer cambios?

¿Saben, de ser cierto, que mientras tanto están siendo co partícipes encubridores y faltando a los deberes del funcionario público?

En cualquier caso señores gobernantes, ustedes no tienen ningún derecho a jugar con el honor de quienes estamos retirados ni el de nuestras familias, porque ésta inacción esclarecedora nos perjudica en la interacción social. El que calle otorga, y yo - como seguramente muchos - no estamos dispuestos a permitirlo. Con su cúpula policial hagan lo que les plazca, pero cuídense de alimentar dudas y ofensas gratuitas a quienes no tenemos nada que ver y solo somos espectadores pasivos.

Mientras tanto, se me ocurre que quizás la clase política argentina haya sido víctima del mismo parálisis moral que afecta a nuestra otrora gloriosa Policía de la Provincia de Buenos Aires.

Demuestren con acciones concretas que no es así.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

EL NIHILISMO POLICIAL

 

Tratando de entender el sentido a los espasmódicos encuentros grupales que llegan a mi conocimiento, y fundamentalmente los temas o motivaciones que inspiran esas reuniones entre el personal - particularmente el retirado y jubilado - de la policía de la provincia de Buenos Aires, no puedo menos que sentirme inducido a concebir la idea de resignación, ante lo que entiendo como un renunciamiento a los absolutos éticos, en los que tanto invirtieron nuestros maestros, con esmerada dedicación.

Lástima que solo se trate de degustar ocasionalmente el plato y la bebida preferida, el postre y alguna que otra anécdota del pasado. El abrazo, los besos de despedida y la promesa de un nuevo encuentro es todo. Ese es el universo del hombre policía, tan estrecho y devaluado.

No reniego de mi estado ni de las decisiones de los demás, solo las sufro, y es factible que esa inducción sea solo emocional; pero luego la intelectualizo y termina siendo una convicción. Quizás tenga mucho de repudio a la inacción, o de una valoración supra ante la verdad incuestionable del paso del tiempo, del tiempo cronológico que hemos dejado pasar, y desperdiciado en no hacer más cosas trascendentes, o simplemente en hacer. Siento que cada vez me queda menos vida útil, en términos de resto físico y hegemonía intelectual, y eso sinceramente me es suficiente para decir todo lo que tengo ganas de decir, y hacer lo que me haga sentir pleno, guste a los demás o no.

No creo en el acompañamiento de nadie hoy; nuestras organizaciones pseudo representativas gestionadas por policías están anquilosadas, solo subsisten en el marco de los oprobiosos límites costumbristas, mañana no lo sé. Lejos están los dirigentes del Circulo de Oficiales o del Centro de Oficiales Retirados de promover debates y foros superadores, porque se consideran hechos, que han alcanzado la cumbre de todas las cosas y encumbrado sus vidas públicas. No todos pensamos igual.

En el imaginario policial, los extremos de dignidad y ascensión desgraciadamente ocupan solo una lejana utopía para unos pocos, o un idealismo ingenuo y extemporáneo propio de boludos para la mayoría, con lo que progresivamente se van olvidando y dejando de lado los principios y convicciones que enaltecen al ser, en un medio donde generalmente se elige estar, antes que ser. En la competitividad por el premio de mayor atesoramiento material no hay lugar para examinar la objetividad del ascenso ético, porque prima la negación rotunda de fundamentos altruistas, que son concebidos como espacios de conductas misteriosas, intrigantes y contrarias a las perspectivas materialistas; nadie entiende o quiere entender al sujeto virtuoso; lo evitan, se alejan de él y de sus acciones. Su integridad incorruptible entraña un peligro potencial para las prácticas y los objetivos que subyacen en la superficie de las aguas turbias, estancas y contaminadas en la que navegan institucionalmente, en consecuencia deviene abstracta la pretensión de una consciencia clara, transparente del bien, que enaltezca al hombre y que determine que éste deba convertirse en esclavo de sus propios y excelsos mandamientos. Ergo, no hay acción desde la magnanimidad.

En algún modo - tomar distancia de la virtud - es una reacción automática de la consciencia desvergonzada frente a la fuerza moral de otra.

La resultante no puede ser otra que la indiferencia, la desidia por lo trascendente, una desidia de tal entidad que nos impide pensar - entre otras cuestiones - en la posibilidad de articular una auto crítica sana, honesta y constructiva, eludida por muchos años de conformismo institucional, por resultar funcional a nuestros más bajos intereses.

Somos especialistas en dilapidar prestigio, honores y virtudes.

No declamemos por los policías muertos en acto de servicio, si nada hacemos por él en vida, ni por nosotros mismos. Por lo menos seamos coherentes y honestos con nuestros procederes y llamémonos a silencio.

La ansiedad pantagruélica tiene más poder de convocatoria que el valor de la honra o la dignidad policial. No digo ni quiero significar que esté en desacuerdo con éstas concurrencias en camaradería, al contrario; sostengo que una comida - allende la gula - puede ser la excusa para promover la asistencia corporativa con otros fines, como el de debatir la idea de encarar cuestiones más profundas que son inherentes a todo bien nacido, y especialmente a los dignos retirados y jubilados de la Policía de la Provincia de Buenos Aires; hablo solo de los dignos policías, porque los indignos se auto proscriben o se auto discriminan solos; no tienen nada para aportar, ellos lo saben; no esperemos que les interese.

Cualquier cosa puede ser motivo de interés y eje de la convocatoria, excepto que la cuestión sea de carácter institucional, en cuyo caso el fracaso estará asegurado. Increíble, pero cierto.

Si finalmente podemos superar ésta inexplicable actitud, que creo que es de carácter psicológico, un estado de confusión mental por el que se relativizan las cosas importantes, y si nos lo proponemos podemos ser muchos más en torno de una gran mesa, teniendo en claro que lo fundamental y determinante estará en la sobremesa. Es necesario asumirnos como aptos y capaces, y entender que el umbral de la auto estima es alto, porque aún nos queda inteligencia y fuerza ética como para emprender una tarea de esclarecimiento interno, con argumentos dirigidos a cambiar el eje en la relación policía-comunidad. Es necesario comprender también, que en ésta espiral vamos a estar peor de lo que estamos, y que en lo que a nosotros compete, es decir intentar la construcción o el establecimiento de un renovado prestigio institucional, la doctrina y la mística pueden ser revitalizadas con la formulación de una nueva e ingeniosa teoría argumental basada en valores simples, lejos del relato épico, que sean capaces de regir renovados principios en la interacción social. La epistemología policial y una nueva concepción. No será otra cosa que la de llevar adelante un proceso metodológico fundado en el conocimiento empírico, que es una forma del conocimiento científico, o sea una verdad al fin.

Es hora de que podamos salir a la calle con la frente alta por el honor de pertenecer a una institución honesta y eficiente, dejando atrás equivocaciones y posturas personales que fomentaron el personalismo celular, y con ello la división interna que aún hoy persiste como una regla no escrita. Pero en algún momento hay que empezar y desde ésta certeza común a todos, nunca será tarde. En todo caso, ni siquiera importaría el resultado final porque lo verdaderamente importante reside en el intento.

He asistido a algunos de éstos eventos con la esperanza y la avidez de que finalmente se tome esa decisión única y excepcionalmente oportuna como es la de comenzar con la reconstrucción de una historia colectiva que merece ser re escrita con el aporte de todos, de todos los que estemos dispuestos a admitir la práctica o la omisión de muchas de las cosas que nos llevaron a éste estado, en la firme convicción de que estamos enriqueciendo una parte substancial de ella, esa que espera, esa que no hemos abordado aunque es posible hacerlo con compromiso y sentido de pertenencia; advierto y lamentablemente temo que muy pocos entiendan de éstas cuestiones subjetivas, o lo que es peor, de nuestro propio honor.

La negación retroactiva o presente de todo hecho auto referencial, pero no de cualquier referencia, sino de aquella tiene que ver con una línea de conducta interior que produce efectos en la acción visible, obedece - a mi entender - por lo menos a tres causas:

La primera, por desconocimiento e ignorancia en cuanto al alcance del ejercicio espiritual; el examen de consciencia infunde temor por las propias dudas internas que yo calificaría de inseguridades, las cuales pueden llevar a la necesidad de reconocer intrínsecamente el recorrido de caminos o conductas equivocadas, y quizás también, a admitir posicionamientos ideológicos que en ese análisis rigurosamente crítico asoman inesperadamente como estadios sin ningún vigor; en suma, es la falacia de tener que admitir la objetividad de un pobre y soslayado esbozo ético sin fuerza vinculante, sin arraigo, solo un estado de ánimo fugaz que colmó las expectativas de una personalidad confusa, que fue incapaz de inducirlo a la búsqueda del éxtasis moral y que adoptó como norma de conducta, una conducta superficial, sin compromiso, que excede cualquier intento de reivindicación individual o colectiva.

La segunda por una decisión egocéntrica basada en el personalismo, la frivolidad y la soberbia que lo hace sentir superior a la media, características que definen un estilo o una forma de vida.

La tercera por la vergüenza al arrepentimiento en público, o solo por el arrepentimiento aunque íntimamente, antes se haya arrepentido una y mil veces. En todos los casos hay un componente importante de miseria y cobardía que termina siendo el patrón, la referencia saliente.

No pierdo el tiempo en los tibios que nunca salieron de las penumbras o de una conducta ambivalente. Pienso en sentido activo, en aquellos claramente definidos que por un lado pregonan valores y virtudes, e incoherentemente por otro niegan y resisten, con enunciados vacuos, el desafío de comprometerse en un ámbito de sensata discusión. Reniegan de todo disenso, tal vez acostumbrados a impartir ordenes absolutas de cumplimiento forzado, casi con obsecuencia frente a la amenaza de la sanción. Desconocen la teoría del pensamiento crítico o lateral como la vía por la que metodológicamente se construye un consenso genuino, que es la base de cualquier edificación seria. Les tienen, como sostengo anteriormente, temor al ridículo, no a la expresión inusual exterior propiamente dicha, sino a la insalvable e incontenible pulsión interior, convertida en reacción imposible de disimular, que los pone en situación de tener que admitir una controversia con sus propias consciencias, lo que equivaldría a admitir sin eufemismos, que nunca tuvieron una percepción ética o una evidencia moral para iluminar sus acciones públicas, o si las tuvieron prefirieron la obscuridad.

Es todo un desafío encarar el proceso por el que - sin dudas - se re descubrirán, tal vez con un enfoque de vulgaridad. Mediocres e intrascendentes pensamientos les serpentearán por los bordes de sus esquizofrenias auto suficientes, psicóticas posturas que se esfuerzan en defender desde la fragilidad del conocimiento relativo y ficticio, y en fijar un particular orden en la escala de valores propios, donde no existe la virtud. Parten de premisas falsas toda vez que no han conocido más que simples hechos azarosos, inconexos; fugaces brillos para el beneplácito del ego que no dejan nada de lo que realmente necesitamos, sabiduría.

La matriz evolutiva de éstos pasajeros rumbosos y efímeros de la realidad policíaca, que no ven o no quieren reconocer una consciencia superior en el ser íntegro, tiene una lógica establecida; representa la propia antítesis o el anti sujeto, o el anti sistema o definitivamente el anti yo. Tienen una marcada y deliberada inclinación a menospreciar, y poner en un mismo plano de igualdad los merecimientos con oportunismos o especulaciones, y en esa vulgaridad del pensamiento básico y elemental, muestran sus miserias más detestables como la diatriba, el rumor malintencionado, el descrédito, la injuria, el infundio y toda clase de ataques arteros. No pueden permitir que haya funcionarios que trasciendan desde consignas diferentes, desde el reconocimiento de los demás, desde la honestidad intelectual o desde sus propios mandamientos morales. Interactúan en un contexto umbroso, sombrío, con apariencia de gentilhombres y no son más que copartícipes declarados o no con un fin determinado, el de seguir sosteniendo a cualquier precio la retórica sofística sin advertir que - en realidad - solo subsisten refugiados en la cueva de la contaminación, y en ella todos se parecen, pasan desapercibidos y se reconocen entre sí.

Ser así - reitero - obedece a una opción, a un modo de vida contra la que rebota cualquier iniciativa de cambio.

No están, ni estamos o estuvimos familiarizados con la práctica del respeto reverencial ante los paradigmas que enaltecen; la promiscuidad grupal quedó al descubierto con nuestros retiros o jubilaciones al asumirla y examinarla desde la distancia, o para ser más exacto desde afuera del sistema. En actividad formamos parte de ella, y cada vez que éstos raros atributos superiores se transformaban en la cualidad más saliente del sujeto al mismo tiempo se lo negaba, se lo censuraba, y se lo consideraba un pelotudo importante y peligroso. Bastarda y necia postura; la supina ignorancia de quienes nos sostuvimos y se sostienen en la imbecilidad del ego y el narcisismo. El merecimiento en el otro ciertamente conmueve, moviliza, de modo que uno se rinde solemnemente en primera instancia ante él , el merecimiento, y de manera transitiva ante las acciones del merecedor. Este y su conducta moral son el vehículo con el que se llega a ese estado superlativo, sin declamaciones ni enunciados. Pero no lo vemos o no lo queremos ver, o quizás éste estado no sea para nosotros.

Decía uno de mis maestros, “vivir dignamente en sociedad, cuesta muy caro”.

El hedonismo (placer) en la teoría ética rechaza el interés por lo moral. La teoría Epicúrea (filósofo -341 a -271) se basa en la percepción sensorial, es el fundamento de todo proceso de conocimiento para conocer la verdad. Para Epicúreo había un solo mundo, el material que se podía conocer a través de los sentidos. Es probable que jamás hayamos leído a éste pensador, sin embargo toda nuestra obra policial estuvo fundada en las urgencias utilitaristas y fundamentalmente materialistas en un contexto de superficialidad esnobista, tendiente a vendernos de cuerpo y alma al mejor postor.

A partir de éstas practicas tan elementales como fructíferas, en términos de atesoramiento y dominio de corto, mediano y largo plazo, fuimos perdiendo humanidad; la des humanización necesariamente es eso, la supresión de los dictados de la consciencia por la mediocridad, por la horizontalidad que nivela hacia abajo, por la conversión de la persona en sub persona, por la transformación de una consciencia moral en una consciencia libertina. De allí a universalizar todas nuestras acciones hubo un solo paso; el paso al vacío que nos depositó en éste presente de desencuentros, donde asistimos a la muerte ética y a la imposibilidad de trascender. Ya ni capacidad de prédica nos queda, también la hemos perdido; porque otra deuda importante que tenemos, es la de no haber construido nunca credibilidad. Como vemos, la promiscuidad individual y colectiva es incompatible con el crédito social.

No abrigo ninguna esperanza de que se produzca una reformulación de la dignidad, del honor o de nuestra propia obra pública, no hay voluntad de análisis retrospectivo que nos posibilite por caso, entender por qué somos como somos, como hemos sido y como seremos. No espero que nadie promueva el establecimiento de ningún debate, básicamente porque a nadie le interesa reivindicarse, porque no hay culpas asumidas. ¿De qué me tengo que reivindicar? o ¿de qué me tengo a arrepentir?, son soberbios supuestos de perfección, incorporados en el imaginario de la mayoría, tan firmemente concebidos que terminan siendo cuasi convicciones, incompatibles con otras que no sean consecuentes con ellas.

La indiferencia, es directamente proporcional al desprecio y a la desconfianza cada vez mayor. Solo podremos hablar de nuestro pasado policial en un contexto de aislamiento social entre quienes estamos en la misma situación, o entre los afectos del hábitat que nos ha visto vivir la vida desde chico, como son nuestros vecinos que cultivan un sentimiento diferente, casi por obligación o por educación. Fuera de esto, sentiremos vergüenza de decir que somos o fuimos policías, y los que nos escuchen se encargarán de que percibamos ese desprecio.

Me resisto a concluir que no fuimos, no somos ni seremos capaces de enriquecer la historia, de emanciparnos definitivamente, que no tenemos entidad ni identidad, como tampoco - por lo visto - autoridad.

En mi caso debo confesar una inmensa gratificación por un lado y una profunda tristeza por el otro; cada vez que escribo u opino en éste sentido lo hago desde mis propias experiencias, desde el proceso cognitivo que me dio conocimiento y verdad, una verdad relativa que está dispuesta a enfrentarse y debatir con otras verdades; no ya desde lo moral, o desde lo ético, o desde la simple mala costumbre de criticar, o del uso compulsivo del lenguaje por medio del cual nos comunicamos; lo hago desde el raciocinio argumental, desde el convencimiento pleno y consciente de haber sido antes un inmoral, un anti ético con sus consecuencias, que va de suyo, no significa haber alcanzado el clímax redentor que me induce a caer en la soberbia para decir lo que digo, ni a arrogarme una autoridad o una estatura que ciertamente no tengo; muy lejos estoy aún de ello, aunque me subyuga la idea de la búsqueda.

La pesadumbre que me provoca la indolencia la convierto en nimiedad con solo recrear el respeto a mi padre muerto que me inició en ésto; estaré siempre en contra de ésta inmovilidad o complacencia inaceptable, y procuraré en lo que esté a mi alcance que la policía, su gloriosa policía, vuelva a ser lo que fue para él y lo que tiene que ser para nosotros; motivo de alto honor, solo para elegidos. A los 15 años, cuando ingresé en la Escuela Juan Vucetich debí jurarle que iba a ser un buen policía; siento que lo logré a medias, me hubiera gustado tenerlo para acometer ésta empresa juntos. A lo mejor decidió morir antes para no ver éste sainete de estilo “Vaccareccista”; la más triste e inimaginable degradación, convencido de que la suya sería insuperable.

He llegado a la conclusión que la policía de hoy en Argentina reconvierte los productos en subproductos, los sujetos en sub sujetos, las culturas en sub culturas, a las personas en sub personas, o ciudadanos de primera en argentos de segunda, y a los agentes en delincuentes con uniforme. Nosotros, los que llegamos a ella con una moral en construcción, cuyos cimientos fueron obra de nuestros padres y del entorno en el hábitat de la región donde nacimos y crecimos, terminamos como nos muestra éste penoso presente; envilecidos, arruinados, despersonalizados. El ser trascendente, el valor y la virtud o una consciencia rectora del bien supremo fueron aspiraciones fallidas, incompatibles con la misión ordinaria y bastardeada del control social que - hay que decirlo - muchos rechazan por un lado, y otros reclaman por el otro. La sociedad, mayoritariamente con un concepto amplio de libertad, entiende la labor policial como un trabajo sucio, y razones no le falta. La muerte del agente es un crimen del que nadie se hace cargo y no puede ser revestida de entrega épica sino como consecuencia de una sub estimación del valor de la vida propia y ajena. En el mejor de los casos la registra como una consecuencia propia de la actividad, y en el peor como un ajuste de cuenta. La diáspora moral, la simplificación, la reducción del ser y del deber ser nos ha convertido en lo que somos, una cáscara vacía, un desecho, un resto miserable que solo provoca desconfianza en medio de una sociedad inquisidora y demandante.

Brillante definición de un camarada al reproducir el titular de un diario marplatense. En un evento cultural “había más policías que personas”. Ese es el nivel de consideración que la comunidad tiene de nosotros; esta aseveración constituye toda una definición, y al mismo tiempo, una verdad que a nadie parece avergonzar.

Días pasados, un camarada del interior con toda razón me decía que los policías somos indigentes en el conocimiento que nos hace auto suficientes. Estuve a punto de pedirle que no se subestimara, pero al fin de cuentas es una verdad de Perogrullo; yo le agregaría que es una característica propia de nosotros y de lo que representamos, el autoritarismo, la necedad, la soberbia, la desconfianza, la mentira, la violencia, la falsedad, el auto financiamiento ilegal, el enriquecimiento ilícito, la sociedad con el delito, el gatillo fácil, al represor, y todo lo más repudiable de una institución devastada.

Esto es el resultado de habernos detenido, adquirido, e internalizado conocimientos y prácticas fundadas en las subjetividades, en imágenes falsas de la realidad; de habernos alejado de las cuestiones centrales que dignifican al ser, de haber subestimado la virtud, de haber capitulado frente a las tentaciones y traicionar aquella advocación que alguna vez - aún impolutos - tuvimos. Es por eso además, que renunciamos a sostener enhiesta la bandera del bien propio y ajeno porque implica apego y sometimiento absoluto, lo que nos ha convertido en compañeros por un rato, amigos en la bonanza, y si el rédito lo justifica, en traidores de tiempo completo.

De aquel entonces a hoy, la misión policial se ha precarizado; el proceso de descomposición no se pudo detener y hablar de quienes fueron los responsables amerita otro análisis.

Lo cierto, irrefutable y desgraciado es que el agente público es una figura decorativa vegetando en las calles de las ciudades; un autómata, un robot a cuerda que solo responde a una pantalla que lo mantiene conectado al mundo, pero a un mundo ficticio, el mundo virtual que le impone normas diferentes de interacción. La alquimia y las urgencias de todo tipo llevaron a la mutación en los ideales de unos y otros; antes era la herencia familiar o el mandato vocacional que incidía de manera determinante en la voluntad del aspirante a policía, hoy solo es la necesidad de la salida laboral, fragmentada, auspiciada y manipulada por los caciques políticos de las distintas regiones de la provincia de Buenos Aires.

Como verán, en lo que a mi respecta estoy haciendo catarsis introspectiva al decir que me he arrepentido de muchas cosas, y he encomendado mi alma a quien tenga la autoridad de examinarme en el juicio final, aquí o en otro lugar; he pedido perdón por los graves errores cometidos y no lo digo en sentido religioso, lo digo en sentido literal. Creo haber pagado mis cuentas; he sufrido pérdidas irreparables y daños profundos; he dado más de lo que recibí. Pero todo eso me dio como resultado el saber de que se trata y de lo que estoy hablando.

Yo conocí al hombre obrero de su propia consciencia, y no fue solo uno felizmente, lamento no haber tenido en ese instante, en ese lugar único y ante ese ser irrepetible, la sabiduría para convertirme en discípulo, tomarlo de ejemplo y asimilar sus conductas morales. Nunca sabrán que dejaron huellas, aunque solo sea una; ésta que procuro recrear en mí.

Ellos nacieron en la función pública íntegros y como tal vivieron, naturalmente; en cambio yo los descubro luego de haber conocido las intrigas propias del ser leve y perfectible. “Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante”. Jorge Luis Borges.

Aspiro finalmente a no haber herido la susceptibilidad de nadie; véanme simplemente como quien esboza un pensamiento lateral con sentido de auto crítica, una auto crítica entre ciegos, sordos, y mudos, hasta ahora.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

15-05-17.

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Comentarios publicados en Facebook acerca de la nota de MIGUEL REYNOSO sobre la inacción del COR

 

Serafín Sobral ADHIERO, APOYO Y DIFUNDO, Y QUE A LOS DIRECTIVOS DE LA VERGÜENZA. DEL COR, SE LES CAIGA LA CARA POR INEPTOS, NO MERECEN EL CARGO QUE OCUPAN, SON UNA DECEPCIÓN PARA TODOS LOS ASOCIADOS.¡¡¡QUE RENUNCIEN YA!!! COMPARTO.

Daniel Adalberto Godoy Adhiero estos personajes a mi no me representan RENUNCIEN!!!

José Luis Belfiore Así jamás terminara la esclavitud hacia el personal POLICIAL.

Roberto Jorge Salomón Con mucha pena uno ve los pequeños baches que afectan a todos, y mas cuando esto se maneja solo en La Plata, porque además es una mera decisión de unos pocos... Y un error de concepto o un intencionalidad sin consensos lastima la unión que no aleja de los derechos........Muchos Subalternos, entre los que me incluyo, pensamos en el COR como uno de los lugares serios apuntando a representarnos, nadie niega los manejos hasta espurios de personajes que le hacen mal al conjunto con sus contubernios, si lo sabremos nosotros.......Representación o sindicato es el futuro aunque muchos lo nieguen pero debe madurar y en eso apoyo a los luchadores del proyecto, REYNOSO, para mi es una pieza fundamental. Siendo del interior no lo olvido visitando las Delegaciones por derechos y siguiendo esa línea me duele saber que habiendo hecho ese esfuerzo no esté en el consenso......Repito lastima, y espero recapacitemos pues hay que hacerse a la idea de que esta nueva administración debe cambiar algunas miradas, la anteriores nos dejaron la desidia en muchos aspectos pero en esta etapa los retirados podemos ayudar......Cuando hay personas que se comprometen habrá logros que celebrar, la Caja, Sociales y el Fondo de Ayuda financiera lo avalan, por eso a mi entender, debe cambiar la llegada y la mesa de tratamiento........POR FAVOR QUE NOS DEVOREN LOS DE AJUERA.......

Osvaldo Cea COMPARTO CONCEPTOS

Mario Roberto Deshusses Comparto totalmente la nota de Miguel Reynoso, a la que le agrego ante el olvido de las autoridades del COR CENTRAL, que en ambas Cámaras de Legisladores Nacionales, se presentaron proyectos de Sindicalización Policial, por parte de distintos bloques, inclusive uno firmado por la actual Ministro de Seguridad Nacional la Sra. PATRICIA BULRRICH.

Mario Roberto Deshusses EXPEDIENTE 2932-D-2012

El Senado y Cámara de Diputados... firmado por la Sra. Patricia Bulrrich, hay que buscar en GOOGLE...........

Roberto Jorge Salomón Bueno, a no desfallecer, es de creer que son las mas los que lo quieren.......

Osvaldo Virgilio Lofiego es una absoluta verdad

Néstor Lucca estos personajes a mi no me representan y a ustedes tampoco. QUE RENUNCIEN YA. QUE TANTAS VUELTAS AL ASUNTO.

Ricardo Jordán QUE ESPERAN DE LOS DINOSAURIOS QUE TOMEN EL TREN BALA?

08-05-16.

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Nota recibida

Adhesión al contenido de la última editorial de APROPOBA

 

Sr. MIGUEL ÁNGEL REYNOSO

SECRETARIO GENERAL DE APROPOBA:

 

Por la presente solicito se publique mi adhesión a su editorial del día 26/04/16 resaltando a los fundadores del COR que en su art. 1ro. del estatuto tiene una finalidad gremial que a pesar de grandes luchadores como Fernández y otros, hasta la fecha no se ha logrado nada, por las resistencias de nuestros propios camaradas, ya sea por formación o genuflexión, se entregan al poder de turno y no hacen reclamos y asesoramientos, sobre la problemática institucional y de la seguridad, nos conformamos con nada, nos vasta contener estatus de representación y en algunos casos puntuales alguna ventaja, esta anomia produce desanimo, desinterés y descreimiento en nuestras instituciones.

 

EDNIO JOSÉ LLORENS

Comisario General (ra)

27-04-16.

Nota original

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LOS POLICÍAS RESULTAMOS PERJUDICADOS POR LA ESTAFA AL IOMA, nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

LOS POLICÍAS RESULTAMOS PERJUDICADOS POR LA ESTAFA AL IOMA…

 

El Instituto de Obra Médico Asistencial,  más conocido por sus siglas IOMA no es la mejor obra social, pero tiene todas las condiciones para serlo. Sino la mejor, debería estar entre las primeras del país. Claro, si no fuera por ese grupo –que si siguen escarbando serán una multitud- de atorrantes y ladrones que se dedicaron siempre, como parásitos,  a chupar la sangre de los afiliados obligatorios, que somos todos los empleados de la administración pública provincial. Esos malvivientes durante años fueron ordeñando los aportes de los trabajadores en beneficio propio, mientras que el Instituto mermaba año tras año beneficios. Nos quitaron el médico a domicilio y otras prestaciones fueron acotadas. Ni hablar de la burocracia cada vez mayor, que según nos decían era para evitar fraudes. Cobros indebidos por parte de profesionales con la justificación de que IOMA les pagaba con mucha demora y siempre menos de lo correspondiente.   Y los afiliados siempre cargando sobre sus espaldas el costo de todas estas cuestiones.

Ahora se supo. Puertas adentro del Instituto estaban los delincuentes que poco a poco consumían nuestros aportes y nos perjudicaban. Cada vez menos descuentos, cada vez más medicamento sin cobertura, cada vez más genéricos de baja calidad. Abiertamente algunos médicos nos decían: “si queres curarte, no consumas este genérico que cubre IOMA…” 

En síntesis, es la bronca de muchos camaradas que en estas horas se comunican con APROPOBA y preguntan que se va a hacer en defensa y reparación de nuestros intereses agraviados. 

La pregunta que me hago ahora, tratando de interpretar el descontento y con toda la indignación del mundo, es: ¿Otra vez más nos vamos a quedar callados como pusilánimes, viendo como nos robaron, contemplando los enjuagues que van a hacer estos corruptos para salir airosos de la investigación judicial?

Mi propuesta o mejor dicho mi requerimiento, es que el Centro de Oficiales Retirados (COR), con profesionales propios o contratados, y conforme a las obligaciones emanadas del Estatuto –recientemente reformado- ( “Artículo 1º apartado b) El estudio, defensa y protección de los intereses y derechos profesionales, previsionales,  salariales y sociales de los retirados, jubilados, pensionados y en actividad  del Personal de las Policías de la Provincia de Buenos Aires, bregando además por la permanente exaltación de los valores éticos que acompañan al adecuado ejercicio de la profesión Policial…”) se presenten ante el Juzgado interviniente, sugeriría con amplia difusión de prensa, y en representación de todos los afiliados damnificados, intenten ser admitidos como parte querellante, y actuar en consecuencia.

De una buena vez el COR debe hacerse visible. No lo hemos visto en estos días gestionando en gobierno por nuestros haberes a pesar de que ahora se puede, y según lo publicado por el camarada Vacarezza difícilmente lo hagan. Apenas una acción por el Impuesto a las Ganancias, que solo perjudica al segmento superior de la fuerza;  loable intención por cierto, pero a mi criterio insuficiente.

Personalmente no tengo ninguna duda sobre la honestidad y capacidad de la CD, por lo tanto sería bueno una adecuada reacción. Creo que si no comenzamos a defendernos de verdad, actuando corporativamente, seguiremos padeciendo injusticias y toda clase de atropellos. Debemos hacer valer nuestros derechos.

Abril 11 de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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Y SEGUIMOS ESPERANDO EL CAMBIO EN NUESTRA PROVINCIA, Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

Y SEGUIMOS ESPERANDO EL CAMBIO EN NUESTRA PROVINCIA…

 

Gran incertidumbre y hasta sorpresa se vive en estos días en el seno de la policía de la provincia de Bs As; incertidumbre que con el correr de las horas y en base a contradictorias informaciones oficiales, se va transformando en decepción y en angustia. Toda la familia policial teníamos –y tenemos- esperanzas  de que, a juzgar por los discursos oficiales, finalmente, las bondades del cambio tan propalado  y esperado, también serían derramadas sobre los azules.

Tal posibilidad parece alejarse, al verificarse que las autoridades políticas del Ministerio de Seguridad han encarado la solución de los problemas de la peor manera. Invirtieron el orden de las prioridades. No supieron distinguir lo urgente de lo importante. Por empezar a abordar la problemática de la inseguridad reinante, se debió partir de un par de premisas de hierro:

1.-No se puede pretender una policía eficiente y que cueste poco. La seguridad pública es el servicio más costoso de la administración estatal; y

2.- El hombre/mujer policía es el encargado de hacer cumplir la ley, en ocasiones mediante la fuerza; fue armado por la sociedad del primer estado argentino para que la defienda, aún a riesgo de su propia vida. Su trabajo está considerado por la OMS entre los de mayor riesgo y estrés; la interminable lista de policías caídos en el cumplimiento del deber es prueba irrefutable.

En base a ello es que la sociedad-estado, mayor aportante al presupuesto nacional, debería considerar la retribución salarial a su policía, acorde a su eminente función social, insalubre y de alto riesgo; es decir entre los más altos de la administración pública. Asimismo crear, en forma permanente, una línea de crédito del Banco de la Provincia de Bs As accesible para todo el personal policial, destinado a la adquisición de vivienda única. No se puede seguir con policías con sus familias instalados en las villas de emergencia. Es inadmisible.

Dijimos que las autoridades han encarado la solución de los problemas de la peor manera, porque abordaron el tema invirtiendo el orden de las prioridades. Comenzaron por el final. El equipamiento que realmente es muy importante; la fuerza policial tenía –y aún tiene- una carencia enorme de medios que son esenciales para la función policial, no obstante no era prioritario ni urgente. Y dejaron lo primero para el final: Las necesidades del personal policial, que, además de importante, si son urgentes. Los hombres y mujeres de carne y hueso, los que todos los días y todas las noches se enfundan en su uniforme y salen a la calle a lidiar con lo peor de la sociedad, a ellos los dejaron pagando, como se dice en la calle. Erróneamente intentaron aportarles un paliativo a la angustia económica, aumentado la tasa de las horas de policía adicional (que pagan los contratantes). Es decir, el personal debe procurarse su propio “aumento salarial” trabajando en días de franco, resignando el descanso y la atención familiar, para hacer servicios adicionales que le permitan completar la canasta familiar. No tuvieron en cuenta el riesgo exponencial para el propio personal y la comunidad, que significará los policías en la calle con sueño, extenuados,  estresados y consecuentemente desganados.

Hace seis años en el cruce de las rutas provincial  46 y Nacional 5, subí a mi automóvil un policía uniformado que hacía dedo. Tenía 25 años de antigüedad. Prestaba servicios en Junín, había viajado 100 km al sur, hasta Bragado donde vive y tiene su familia, y en ese momento estaba viajando hacia el Nor-este, más de 200 Km hasta Tigre, a cubrir servicio de Policía Adicional en el Casino. Al día siguiente retornaría por ruta Nacional 7 hasta Junín, a su servicio habitual. Le pregunté cuando dormía. “Un poco en la Comisaría y algo en el patrullero” me contestó.

La semana pasada (marzo de 2016), seis años después, sobre ruta Nacional 5, transporté a otro policía que viajaba a dedo. Una mujer. Se domicilia en el partido de Alberti, presta servicios cerca de Mercedes a 100 km al este y viajaba a cubrir servicio de policía adicional en un pueblo distante a 80Km al sur-este de su domicilio. Como se podrá apreciar, desde hace seis años al día de hoy, algunas cosas siguen igual.

“Tenemos que cuidar a quienes nos cuidan...” El estado no debería permitir que sus policías padezcan este sacrificio adicional e innecesario, de tener que viajar permanentemente restando tiempo al descanso y a la familia, para ganar un peso más que les permita llegar a fin de mes. En principio desde el Ministerio se debería verificar que este manejo inhumano del personal no ocurra nunca. Y si ocurre, los responsables deberían ser sancionados y relevados de sus cargos. Una de las tantas obligaciones de quiénes conducen personal, es velar por el bienestar de sus conducidos, interiorizarse de sus problemas y procurarles soluciones. Estas dos situaciones comprobadas a seis años de diferencia, muestra el estado de orfandad en que está el personal subalterno.

Hay corrupción en la policía provincial. Siempre hubo. Pero lo que antes era excepciones que escapaban a los controles que existían, hoy es causa de mucha preocupación, en los policías más veteranos, la evidente falta de control y falta de disciplina que termina favoreciendo el crecimiento de la corrupción. Todos los bonaerenses, comenzando por los propios policías, necesitamos una institución transparente, donde se haga un culto de la decencia, de la rectitud, del mérito, del cumplimiento de la misión. El gobierno y los policías deben ser implacable con los corruptos de toda clase y cualquiera sea la repartición a que pertenezca el mal funcionario, sea o no policía. Para ello se deberá contar con la fundamental y decisiva acción de los buenos policías. Pero si estos ni siquiera pueden pagar los servicios esenciales, ni abastecer a su familia de la indispensable alimentación y vestimenta; si tienen que  reemplazar su descanso y esparcimiento por servicios adicionales, para no descender a la indigencia; si sus camaradas heridos sufren merma en sus haberes de bolsillo y no les pagan lo que les corresponden, entonces no será fácil consustanciarlos con la consigna. Es imprescindible y urgente modificar esta realidad, también heredada de sucesivos gobiernos anteriores. El estado provincial tendría que compensar el trabajo de los uniformados con una escala salarial absolutamente remunerativa, sin mezquindades ni odiosas chicanas, partiendo de un básico suficiente para que el efectivo pueda  vivir dignamente y, lo más importante, que pueda avizorar un retiro decoroso. El servicio de policía adicional (Pol.Ad) es legalmente voluntario, por tanto debe ser una opción y no una obligación por su pobreza. El enorme esfuerzo inhumano de los policías, uniformados, viajando cientos de kilómetros para poder llevar la comida a su casa, está en contra del espíritu de toda norma laboral. En estas condiciones cualquier proyecto estará irremediablemente destinado al fracaso, como lo fue durante muchos años, hasta ahora. 

La Asociación Profesional de Policías de la Provincia de Bs As (APROPOBA) como las demás organizaciones que representan a la familia policial, intentando interpretar el sentir de la mayoría, hemos celebrado la asunción del actual gobierno. Y  a pesar de las operaciones de prensa que pretenden instalar la idea de que la fuerza policial conspira con reclamos desestabilizadores, en estas horas desde APROPOBA estamos exhortando a todos nuestros camaradas a acompañar la gestión de las flamantes autoridades, como lo hemos hecho con todos los gobiernos, conscientes de la difícil situación económica y financiera de nuestra provincia; a no perjudicar a la población –que nos necesita más que nunca- con interrupción de los servicios. Estamos convencidos que solo trabajando mucho y bien se logrará vencer a nuestros detractores de siempre y podremos recuperar el prestigio que supo tener nuestra centenaria policía.

Nuestra esperanza ahora está dada por las personas que conforman el actual gobierno, que hacen gala de una gran vocación democrática y de construir a partir del dialogo plural. De ellos esperamos un trato decoroso, en igualdad con el resto de los trabajadores de la provincia.

Abril 10 de 2016

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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PASADO, PRESENTE Y FUTURO, nota de opinión de HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

LA POLICÍA PROFUNDA

 

Escribía allá por el año 2008.

Convivimos en una sociedad que asimila con llamativa facilidad e indiferencia todo lo malo que se contrapone a la cultura social, y en menor medida todo lo bueno que mejora la interacción. El esnobismo supera al ingenio y la creatividad. Una sociedad estigmatizada por sus propias contradicciones; la historia es rica en ejemplos. Consumimos con una voracidad salvaje diarios y noticieros ávidos de información, en muchos casos solo para alimentar la arrogancia y la vanidad que llevamos adentro, derivada de un individualismo impío donde el alrededor no existe, y en otros para entretener la desdicha de saber que estamos cada vez peor aunque con renovadas esperanzas. Podríamos extendernos en el análisis de “lo que es bueno y lo que es malo”, aunque lo dejaremos para otra oportunidad, mientras tanto cada uno puede hacer su propio análisis.

Asistimos a la ignominia de las tragedias cotidianas, como a los decomisos de drogas por la influencia del narcotráfico firmemente instalado, a accidentes de todo tipo, viales y domésticos, a violaciones y toda clase de ultrajes al pudor, a la violencia de género, al secuestro de personas, al despojo violento de la propiedad, al asesinato, a la pedofilia, a docentes pederastas, a la pornografía infantil y a tantas otras calamidades. El respeto por los derechos humanos del otro no es más que una utopía; se hace referencia a ellos demagógicamente según la génesis de la ideología o el sentido del oportunismo. Todos somos humanos, pero algunos tienen más derechos que otros en esa escala jerárquica no escrita. Ergo; algunos son humanos de primera, y otros humanos de segunda.

Unas veces clamamos piqueteando ruidosamente por justicia, otras nos invade la indiferencia, y al final inexorablemente nos olvidamos de todo hasta que otro hecho mediático vuelve a mostrar nuestra cara más hipócrita. Cualquier discurso – especialmente el político – meticulosamente construido y destinado a transmitir lo que queremos escuchar endulza nuestros oídos y nos envalentona el ego, porque en principio pensamos que es quien más se parece a nosotros; piensa igual, y entonces nos convertimos en acérrimos defensores –más que de su ideología – de su persona siguiendo aquella constante del ser argentino en función de la cual sigue más a las personas que a los programas de gobierno. ¿Por qué no adherir al mismo, acompañarlo y convertirlo en aspirante destacado de la política, y en un potencial dirigente que promete tenernos en cuenta y cumplir todos nuestros sueños?. Esta fórmula oportunista de uno y otro lado acaba siempre legitimando mandatos populares en la representación parlamentaria o en otros estamentos y en los espacios de la élite política. Traición a la naturaleza del mandato y decepción de los seguidores es un final anunciado; las deudas nunca las pagará; ya llegó.

Una sociedad marcada por la permisibilidad que engendra violencia y criminalización, que abusa de la libertad tomándola como una mascota de la modernización o del progreso.

La misma sociedad – como sostiene el catedrático español Dr. Manuel López-Rey y Arrojo en su libro Opresión, Violencia y Permisibilidad – en la que los padres se conducen  como los hijos, quienes a su vez no les respetan ni temen y tal actitud significa libertad; los maestros temen a sus discípulos y se doblegan ante éstos, quienes por su parte les desprecian; los jóvenes se conducen como los mayores y desafían a éstos tanto de palabra como de hecho, y los viejos ceden ante los jóvenes y se conducen respecto a ellos en forma familiar y con tolerancia. El muchacho malo del pasado que huía de la casa, hoy se mantiene en ésta e intimida a sus padres; el creciente interés por lograr lo que se estima felicidad o satisfacción personal, la repulsa a la castidad, el abandono temprano de la escuela por que le deja un sentimiento de independencia, la decadencia del respeto religioso, el auge de lo científico, de la multitud de teorías psicológicas y sociológicas con efectos exculpatorios, del deficiente papel de la educación, del excesivo tiempo libre, la tendencia a trabajar menos adhiriendo a la ley del menor esfuerzo, la reducción del sentido de la responsabilidad, etc. etc. etc.

No es ésta la oportunidad, ni soy yo el más indicado para profundizar y examinar las causas que nos llevaron a éste presente, aunque las intuyo.

En ésta idea me pregunto si vale la pena reflexionar sobre el pasado, sobre las cuestiones del conocimiento empírico, o sencillamente si exteriorizar un pensamiento no implica asumir el riesgo de aparecer frente a la complejidad del momento como un arrepentido extemporáneo o un moralista redimido. A lo mejor, como sostiene su autor, “mejor que escribir un libro de memorias es escribir un libro de olvidos”.

De todas maneras ya lo estoy haciendo, por lo que seguiré adelante y trataré de ser particularmente preciso respecto de quienes, entiendo, han tenido una cuota de complacencia en subsidiaridad con el proceso de desarraigo institucional cuyas causas trataremos de analizar, y especialmente puntual con relación  a  quienes tuvimos la mayor responsabilidad, y al mismo tiempo la inmensa satisfacción de haber sido policías en la Provincia de Buenos Aires.

En éste sentido debo dejar en claro que ejercito la autocrítica desde lo personal y que las expresiones u opiniones vertidas, no necesariamente representan el sentir o la opinión de mis camaradas.

Si uno no decide alguna vez en la vida la elaboración de una autocrítica retrospectiva, olvidará sus orígenes, no entenderá el presente y perderá de vista el futuro. ¿Por qué?.

Porque solo el soberbio o el necio se resisten a esa especie de examen de consciencia; la soberbia es la necedad de asumirse como el mejor, como el perfecto, el infalible; la que siempre niega u olvida el estatus inmediatamente anterior; el presente es lo que quiere que sea, es él frente al espejo, y el futuro ya lo ha resuelto, es él viviendo hoy. Según su concepto, son los otros los que tienen que forjarse un futuro para parecerse a él que ha sabido ascender por los escalones del materialismo. La espiritualidad y el sentido humanístico es la antítesis de éste sujeto.   

Decimos insistentemente que todo tiempo pasado fue mejor, yo no estoy tan seguro de ello, de lo que sí estoy seguro, es que fue diferente.

Distinto; eso es exactamente lo que nos ocurrió en un tiempo no tan lejano a quienes como yo, hemos superado la barrera de los 65 años de edad, con más de 33 años ininterrumpidos de servicio activo en la corporación, y hoy nos encontramos en situación de retiro. El momento del alejamiento hacia la pasividad conlleva una gran carga emotiva imposible de describir con palabras en aquellos casos de profundos y apropiados sentimientos de pertenencia; es una unidad monolítica, el hombre sin la impronta institucional nada hubiera sido y ésta sin ese guardián íntegro y de fidelidad altruista, tampoco. El uno para el otro han ido de la mano por el largo camino de la vida azul, plagado de trampas y baches, por ese sendero imposible de prever, por ese túnel del tiempo en medio de la obscuridad de la ceguera social, y en una curva violenta, imprevistamente, el hombre puede quedar inmóvil, impedido de seguir transitando el suelo cenagoso de la jungla para emprender el vuelo eterno. A partir de ese instante  habrá que iniciar un proceso de reciclado para integrarse a la sociedad civil, de la que es más lo que desconocemos que lo que sabemos. Es todo un curso acelerado de búsqueda para encontrar el lugar, a veces lleva años y otras veces nunca se encuentra.

¿Saben por qué?.

Porque para un policía no existe otro entorno que no sea el de los camaradas uniformados, el de los compañeros presos, muertos o mutilados en cumplimiento del deber, el de los sacrificios, el de los renunciamientos, el de la abnegación, el de la humildad, el de la disciplina, el de las necesidades insatisfechas y el de la solidaridad social. Ese es el único mundo que conoce y al que le ha entregado los mejores años de su vida. Es muy acotado, allí ha desarrollado su vida profesional, en ese escenario exigente y si se quiere absolutamente excluyente. Esto es lo bueno, aunque no hay proporcionalidad entre costo y beneficio.

Lo malo – visto desde una concepción universalista - comienza en la relación cotidiana con lo marginal por un lado y el sometimiento a la discrecionalidad del superior político, policial o judicial por el otro, lo va endureciendo, forjando un sentimiento de refugio exclusivo, y además asimilando un principio de auto suficiencia y autoridad ficticia que lo hace ver al civil transgresor como el descarriado que hay que disciplinar, y esa es su obligación. Entiende su misión desde una perspectiva peyorativa y autoritaria hacia los demás, se vanagloria como si tuviera a su alcance la facultad de resolver los problemas de drogadicción, de asaltos, de violaciones, de violencia de género, etc.etc.etc.,y solo con la policía actuando libremente, con límites elásticos, proclive a la propia exculpación y a la justificación de los demás. Se victimiza a manos de la sociedad que dice no entenderlo y exige respaldo ciego de la institución y de los jueces. Es una cuestión cultural la de entender la problemática social y la de caer fácilmente en la simplificación. Se siente imprescindible y en cierta medida lo es, porque la tarea policíaca no puede ser delegada. Excede con frecuencia los límites analíticos de las cuestiones criminológicas reduciendo todo a una falacia en la que no repara, no advierte o directamente ignora. Se muestra irrespetuoso, escaso de palabras pretendiendo reafirmar esa tan cuestionada autoridad con ademanes y actitudes pretendidamente firmes o gestos adustos como buscando que el otro se amilane y termine dándole la razón, una razón que pocas veces lo asiste. Recibe la crítica racional del ciudadano como un ataque a su persona y no como la posibilidad de discusión.  Recela de los derechos o de los límites de éstos, cuestiona – aunque en soledad – que los delincuentes tengan más derechos que él, de la teoría garantista, pasando por alto  que la naturaleza del garantismo es nada más ni nada menos que garantizar el goce de todos los derechos y garantías, incluidos los de él, claro. Duda habitualmente en la resolución de conflictos en la vía pública, no está seguro de su propia actuación, en consecuencia trata de evitarlos para no correr riesgos de ser objeto de reproche administrativo o judicial. Vive conectado al mundo exterior por medio de su celular sin reparar que acontece a su alrededor. Asume un mundo propio, un mundo irreal que por cierto lo irá apartando cada vez más del mundo real, porque – vale recordarlo – el cumplimiento del deber en la policía requiere darlo todo, desde la propia vida – que no justifico bajo ninguna excusa - hasta los escasos momentos de descanso en el seno de la familia. El policía convierte a su compañera de vida en madre y padre a la vez; en su confesora, en su administradora, en la jefa del hogar, en la maestra que enseña y disimula frente a los hijos sus largas y ausencias, en la enfermera que cura sus heridas, en amiga, amante, esposa y en cierta medida en una simple empleada doméstica complaciente. Concibe al otro, al civil que ha debido compeler dentro de los límites del control social, como el que nunca lo tuvo en cuenta; el que lo arremete, el que lo desacredita, y el que lo estigmatiza con indisimulable desprecio. ¿Y qué quieres? ¡¡¡Es un policía!!!¿Qué podemos esperar de él?. Jamás se preguntará cuánto tiene él de culpa.

Al tomar distancia de la actividad se adquiere una perspectiva del todo y no solo de una parte, circunstancia por la cual es posible plantear un análisis lógico, reflexivo, libre de presiones propias o exógenas que nos aproxime a la verdad, una verdad que quizás sin querer estemos buscando por primera vez, para saber cómo hemos sido o como debimos ser. Es necesario dar el paso previo de armonizarse uno mismo antes que procurar armonizar con los demás; que significa desnudarse de cuerpo y alma para empezar nuevamente a vestirse con las prendas de las verdades que va descubriendo, para bien o para mal, pero con absoluta honestidad de consciencia. Nadie puede mentirse a sí mismo en un proceso de arrepentimientos y revelaciones porque como respuesta a esas presunciones del ideal, no nos responde la inteligencia con una sabia sentencia, nos responde la voz profunda de la consciencia moral que nos gratifica o nos avergüenza.

Va de suyo que éste ejercicio será la consecuencia de una decisión personalísima, fundada en los propios cuestionamientos de las cosas que como inherentes al ser humano nos ha tocado vivir, o más precisamente como partes fundamentales de una vida policial. 

Desde lo institucional, la autocrítica es una asignatura pendiente.

Pero vayamos por parte:

Corría el año 1965, escuela de Policía Juan Vucetich, todos aspirantes provenientes de familias de clase media, todos, o la mayoría, adolescentes que seguían la tradición familiar o simplemente buscaban encontrar en esa misión un espacio para hacer realidad su vocación de servicio; todos con pautas culturales diferentes según el lugar de donde geográficamente proviniera, en mi caso, del interior de la Provincia de Buenos Aires. Vocación?; quizás. No teníamos muy en claro el alcance ni significado de ése valor. Sabíamos que no podíamos volver derrotados al seno de la familia que tanto se había sacrificado para que nosotros estuviéramos ahí, frente al gran desafío de lo desconocido pero al mismo tiempo subyugante, atrayente; por lo menos ese fue mi caso. Era la primera vez que estaba frente a la posibilidad cierta de aprender a construir autoridad, pero no cualquier autoridad sino aquella de los hombres éticos que mis abuelos y mis padres me habían internalizado en las charlas campesinas de sobremesas familiares. No era la autoridad del autoritario la que yo aspiraba, era la autoridad ética de los humildes servidores, y consagrarme a ella estaba allí nomás, a unos pasos hacia delante de mi vista alzada, del otro lado del puesto 1; allí, debajo del arco, donde los viejos cadetes de guardia nos decían que teníamos que dejar colgados los huevos que recuperaríamos cuando volviéramos a traspasarlo con el diploma bajo el brazo rumbo a la vida eterna, porque desde ese momento glorioso e irrepetible, moriríamos siendo policías y los policías no mueren nunca, sobre todo si han dejado huellas indelebles de entrega y sacrificio póstumo. Por entonces lo único que podía dejar un policía honesto, íntegro como herencia, era solo las enseñanzas de valores y virtudes fundadas en principios irrenunciables y ejemplos de austeridad; una austeridad compulsiva, una austeridad auto impuesta como consecuencia de una paga insuficiente que nunca reprochaba; una especie de mendicidad encubierta en la que nadie reparaba. Pero ¿quieren que les diga una cosa?, nadie pensado en eso, yo tampoco.

No me importó, creo que siempre tuve una natural inclinación hacia las conquistas personales, o mejor dicho hacia las cosas que me hacen sentir pleno, auténtico, en paz con el espíritu y el alma; supe luego que esas cosas se denominaban actos de dignidad.

Tres años de pupilaje alcanzaron a nuestros maestros para terminar de moldear nuestro carácter e inculcarnos valores y virtudes como la moral, inherente al fuero interno de cada uno de nosotros y al respeto humano; la ética, aplicada a todas nuestras obligaciones; la dignidad, para ocupar los cargos y ejercer la autoridad; el valor, como cualidad del alma que impulsa a acometer grandes empresas y a afrontar sin temor los peligros; el deber, al que nos somete la moral y el derecho; la autoridad, que deviene del poder para ser ejercitada con justicia y humildad; el mérito, para hacerse merecedor de premios; el prestigio, para ganar autoridad, y el respeto representado por la consideración y el miramiento hacia los demás.

Internalizamos las enseñanzas, y con un profundo sentido de pertenencia institucional, nos largamos a la aventura de recorrer el camino de la consagración.

Impolutos y con el despacho como carta de presentación, nos destinaron a cumplir con el mandato, a los lugares más disímiles de nuestro territorio bonaerense.

Allí comenzamos otra etapa nueva y desconocida, veamos:

Nos encontramos con dependencias policiales que funcionaban en la más absoluta precariedad, edificios destruidos por la acción del tiempo y la despreocupación de quienes debían mantenerlo, algunos viejas viviendas de otrora, clubes que prestaban sus instalaciones, anexos de escuelas, casas particulares alquiladas con años de deudas de alquiler, las más confortables estaban en los pueblos del interior con las tradicionales fachadas de dependencias oficiales generalmente ubicadas frente a la plaza principal. También con un serio problema de alcoholismo y analfabetismo entre el personal, que alcanzaba a todas las escalas y desnaturalizaba el sentido de la jerarquía, de la disciplina y el deber de obediencia, pues oficial y agente bebían juntos, en servicio o fuera de él.

El juego de azar clandestino del “pase inglés” en la cuadra de las dependencias los días de cobro de sueldos era impostergable, una norma no escrita. Cena en la larga mesa y luego una manta sobre ésta para neutralizar el ruido de los dados que se desplazan impulsados por un cubilete rumbo a la suerte o la ruina. Recuerdo a muchos que esas tardes, noches o madrugadas terminaron perdiendo el sueldo íntegro, y entre todos hacíamos una colecta para que pudiera llevar algo a su casa, a su familia. Al otro día seguramente iba a pedir un adelanto de sueldo a la cooperadora policial o al comisario; a nadie se le ocurría conseguir dinero por otros medios. ¿Inconscientes? Sí. Pero ser policía implicaba ser adicto a algunos vicios que formaban parte de ese folclore fascinante. El cabaret era otro de estos pasatiempos; en cada uno de ellos había una medio novia y medio mina que cuando el efectivo llegaba, se dedicaba a él exclusivamente y hasta pagaba las copas entre arrumacos y mimos.  En la noche ruidosa de luces multicolores, de risas, de música y el tintinear de las copas, entre las prolongadas penumbras se entrecruzaban policías, ladrones, explotadores 840, capitalistas de juegos y todo el abanico de los que caminan al filo de la ley. Estas chicas ligeras de ropas asentían a una fidelidad sin límites con su macho azul y lo abastecían de información criminal para que se destacara en un potencial y gran procedimiento policial, a raíz del cual seguramente ascendería para orgullo de ambos. Ella nunca aparecería como la soplona o como se la llamaba “buchona”; se la cuidaba, se le daba algún peso y se la esperaba a que terminara su turno y juntos partían rumbo al frenesí temporario con un turno en el hotel de mala muerte, el más barato, o en la precaria residencia de ocasión. Muchas de éstas relaciones terminaron en matrimonios ejemplares y excelsas familias.

Predominantemente el analfabetismo estaba instalado en la franja de suboficiales y tropa, no pocos apenas garabateaban lo que pretendía ser una firma que se fue subsanando progresivamente mediante oportunas iniciativas del gobierno por las cuales maestros o maestras, hijos de policías en muchos casos, daban clases en las propias cuadras del personal en las dependencias, y los instruían básicamente hasta poder desenvolverse por sí mismos en la lectura y en la escritura, con eso bastaba para la época.

Recuerdo especialmente a un agente conocido como “el negrito Ayala” que cuando tenía que firmar pedía poner el dedo; un paisano correntino, morocho, de baja estatura pero habilísimo con el cuchillo, siempre andaba visteando en la cuadra con algún otro vigilante que remedaba los lances entre “el zorro” y el sargento García que terminaba ridiculizado. Recorría solo y a caballo por los inmensos suburbios de tierra del oeste bonaerense acompañado únicamente de su facón, el rebenque y su revólver Orbea 38 largo; nunca tuvo necesidad de usarlo, con el fierro – como él lo llamaba – le alcanzaba.

Se jactaba a viva voz “Mi comisario, si en lugar del sargento Chirino hubiera estado yo, Juan Moreira no habría muerto clavado por la espalda; yo lo hubiera hecho arrodillar a planazos limpios para enseñarle a respetar a la autoridad”.

Una noche, estando yo de servicio denuncian que en la zona del cuartel V, unos kilómetros al norte, había un borracho en la puerta del rancho agrediendo de palabras y de hecho a los parroquianos que pasaban por el lugar; sabía por los antecedentes que en compañía de sus hermanos era peligroso, llamo al inconfundible negrito y le digo: “Traeme a ese borracho que está haciendo lío, vas a tener que ir solo porque no tengo más personal, pero tené cuidado, si están los hermanos pegá la vuelta y vemos lo que hacemos”. Salió al galope tendido como si fuera a pasear; pasaban las horas y me empecé a preocupar por lo que le podría haber ocurrido. Como a las 9 de la mañana, habían pasado como 11 horas, llegó a la comisaría con los 4 hermanos caminando, casi arrastrando, atados entre sí con una soga asegurada a la cincha. Sin siquiera apearse, desde la calle gritaba “¡¡¡Acá los tiene, mi comisario!!!”, observo por el gran ventanal y no lo podía creer, uno en calzoncillos, otro descalzo, y los otros dos con algunos raspones y sangre en la cara y la escasa ropa hecha harapos. ¿Qué hiciste negrito?, ¡nada mi comisario, tuve que hacer un poco de fuerza porque estaban desacatados!!!Único e irrepetible. Lo de mi entrevista con el Juez de Paz tratando de explicar que Ayala había usado la fuerza necesaria para reducirlos, es otro capítulo, pero no me olvido de la pregunta a boca de jarro ¿cómo lo hizo solo?. Solo respondí “no sé, es Ayala…”. Me miró fijamente con una sonrisa bonachona, se levantó tras el escritorio y me tendió su mano sin decirme nada. Ese hombre no tenía título de abogado pero llegué a admirarlo profundamente por su inagotable sabiduría. Resultó ser más paisano que Ayala; su apellido comenzaba con la letra T y terminaba con A. QEPD.

El alcoholismo siguió siendo un problema por años, jamás fue neutralizado por completo.

Presos de confianza que hacían la limpieza del organismo, los mandados o le cebaban mate al comisario que vivía aislado, encerrado en su despacho, y al que por semanas enteras ni veíamos, mucho menos podíamos consultarle alguna cuestión, el mismo al que habíamos imaginado como maestro rector de nuestro perfeccionamiento. Seguramente tenía que ver con su pretendida omnipotencia, derivada de la propia ley, pues tenía las mismas atribuciones y prerrogativas que un juez, excepto dos o tres disposiciones que se referían a las garantías individuales y derechos consagrados por la C.N. como el allanamiento de domicilio o la prisión preventiva.

Viejos policías que nos miraban con la desconfianza de aquél que teme ser descubierto, como por ejemplo que habían llegado a oficial “a dedo”, como llamábamos a aquellos superiores que no eran de carrera, al haber sido designados por algún caudillo político, muchos años antes. Muchos impresentables, otros brillantes.

Oficiales que se peleaban por atender determinados casos, quizás por alguna dádiva. De otros temas cotidianos nadie quería hacerse cargo. El policía hacía de Juez de Paz cada vez que uno de los dos en la pareja hacía abandono del hogar; de médico o curandero cuando curaba con palabras heridas de amor, o de cura cuando unía o volvía a unir a la pareja disuelta. 

Aquellos que con fama de mujeriegos se paseaban todos los días con una dama diferente o se tiraban un lance con la atractiva mujer que había ido a hacer una exposición.  

Y estaban los que todas las semanas cambiaban su vestuario civil para estar a tono con la moda perfumados hasta los talones, o los otros que de buenas a primeras aparecían con un auto y a los pocos meses lo entregaban en parte de pago por uno nuevo.

¡Che pibe, un día de estos te enseño como te podes ganar unos manguitos!,

nos dijo alguna vez, como al pasar y mientras nos guiñaba un ojo, el maduro y pulcro oficial con aires de leguleyo.

Todo se iba tornando demasiado promiscuo pero ese hábitat nos daba un placer desconocido, una sensación de aceptación y rechazo. al mismo tiempo ¿Cómo era que la policía era esto y no lo que nos habían enseñado?, ¿cuál era la policía real; nos habían mentido?. Esta y otras respuestas había que buscarlas  en el tiempo, llegarían solas, sin preguntar.

También existían los buenos misericordiosos que se compadecían de nuestro desconcierto y nos ayudaban a comprender este ajedrez policial con la suficiencia de un padre que aconseja a su hijo. Interminables charlas con los ayudantes de guardia en las noches de desvelo y avidez de saber más; caracterizados suboficiales con generosidad nos iban progresivamente poniendo los pies sobre la tierra en ésta policía real lejos de la policía ideal – que insisto – solo existía en los límites internos de la Escuela Juan Vucetich.

Era natural el impacto y que nuestra formación colisionara contra ese escenario tan distante y socialmente aceptado, una metodología que imponía un sistema de coacción moral difícil de sobrellevar con 18 o 20 años de edad. Éramos noveles oficiales ansiosos por aplicar y hacer cumplir la ley, pero también por descubrir – y porque no, pertenecer o compartir – las bondades de esa misteriosa y contradictoria realidad.

No había demasiadas opciones, o se aceptaban estas reglas de juego o se solicitaba la baja, para lo cual, si no habían pasado más de tres años desde el egreso como Oficial, se debía indemnizar al estado por todo lo que éste había invertido en la formación y capacitación. La remuneración era escasa y ninguna de nuestras familias estaba en condiciones de asumir semejante erogación, así que no quedaba otra salida que la de ser complacientes y seguir adelante.

Lenta y progresivamente el tiempo nos iba proyectando en ese universo conflictivo, cada vez más complicado. De pronto nos encontramos cumpliendo ordenes emanadas del poder político-policial con operativos institucionales tan insólitos como provocadores, recordemos algunos: el operativo anticomunista por el cual hubo que identificar compulsivamente a todas las personas sindicadas como tales, en las distintas jurisdicciones de la provincia; el operativo antirrábico destinado a censar todos los perros vagabundos que deambulaban por la vía pública, dado a que se había incrementado la mordedura de éstos; el operativo aurora, que consistía en detener preventivamente a todo alumno con guardapolvo blanco que en horario de clase anduviera por ahí; el operativo imagen, cuya única finalidad era esa, la de proyectar en la comunidad la falsa idea de que la policía estaba activa, cuando las críticas arreciaban. Recuerdo paradójicamente, que más de un policía fue sancionado por ser negligente en el cumplimiento de éste servicio; dicho de otra manera, se castigaba con arresto la imperfección de una falsedad; el operativo moralidad, que apuntaba a preservar la moral y las buenas costumbres, el de minoridad, que implicaba la detención de aquellos menores mendigos o mal entretenidos y el operativo juegos prohibidos, prolijo y matemáticamente establecido, solo para mantener la frecuencia en la detención programada de personas conocidas y una estadística mentirosa con características de pantalla.

Así fueron pasando los años como omnipresentes fiscales de las conductas ajenas, alcanzando jerarquías, poder, y placeres efímeros, y al mismo tiempo un compromiso creciente con un sistema perverso y contaminante, estresante e inapropiado, que fueron colonizando  progresivamente aquellos valores y virtudes que guiaron nuestros primeros pasos. La avaricia y la mezquindad nos tentó primero y nos atrapó después. No fue culpa de nuestros inocentes y dignos maestros ni de las tentaciones, sino de nuestra propia debilidad para resistir el quiebre.

Luego vino una sostenida influencia militar en la sociedad y en las instituciones, derivada de los gobiernos de facto que aportó lo suyo dejando heridas abiertas que aún no han cicatrizado. Ese intervencionismo dictatorial encerraba en sí mismo, objetivos de poder y de fuerza; poder para modificar nuestra propia estructura y llevar a cabo un plan, y fuerza para establecer una situación de sumisión fundada en la amenaza. La imposición de ésta violencia, acabó desnaturalizando la misión específica de la policía, ahondando el proceso de descomposición. Fuimos usados y despersonalizados, individual y colectivamente.

Cuando en el año 1983 recuperamos el estado de derecho para todos los argentinos, en muchos sectores policiales celebramos y comenzamos a soñar con una reivindicación en lo personal y en lo colectivo, pero sucedió que habíamos pasado muchos años conviviendo con prácticas cuasi inmorales, por lo tanto las conductas tan fuertemente arraigadas, no se modificaron ni los dirigentes políticos se ocuparon de ellas. El sueño se frustró.

No es menos cierto que en medio de una democracia incipiente, el segmento político también dejó lo suyo. Despertaron del letargo compulsivo con sed de recuperar el protagonismo perdido y tan largamente postergado. Necesitaron de la fuerza policial para la reconstrucción del poder territorial. Fue un proceso de acercamiento mutuo y creciente. Desde encumbrados dirigentes hasta simples punteros que asumían el padrinazgo de determinados policías tratando de influenciar en sus ascensos o destinos de privilegio, objetivos que generalmente alcanzaban. Quienes no teníamos – como cita el Martín Fierro – “palenque donde rascarse” tratábamos de imitarlos buscando un operador a la medida de nuestras ambiciones. Estas relaciones convenidas, acababan siendo sociedades encubiertas, donde cada uno ganaba lo suyo. La descomposición política y policial se perfeccionaba.

A nadie nos importó enaltecer la historia institucional, sencillamente abusamos de ella para edificar nuestra propia historia. Nos olvidamos de nuestros hombres más valiosos, los agentes y suboficiales que sin solución de continuidad caían honrosamente en cumplimiento del deber, pero eso sí, concurríamos a sus exequias para entregar ceremoniosamente a la viuda, una bandera y una prenda del uniforme que su esposo había vestido por última vez, con eso habíamos cumplido; ¡cuánta la debilidad junta !, luego nuevamente la indiferencia hasta la próxima víctima, y el motivo de encuentros forzosos; el velatorio al que muchos asistían solo para evitar una sanción disciplinaria, por no cumplir con la orden de asistencia del jefe de turno.

La soberbia nos embriagó y mostrar el costado más oscuro de cada uno de nosotros se hizo cotidiano; la competencia,  la envidia, la ambición, la desconfianza y la indolencia por los demás estaban presentes en cualquier rincón de la organización. Las relaciones interpersonales como factor de cohesión y crecimiento desaparecieron, para dar paso a la construcción del poder individual basado en el materialismo más puro, en lugar del poder institucional trascendente. La predominante adhesión al principio maquiavélico de que “el fin justifica los medios” hizo el resto.

Íntimamente éramos consecuentes con toda la política institucional que se diseñaba en la cúspide de la pirámide, es decir la jefatura de policía, y que estaba específicamente destinada a mantener los privilegios de unos pocos en detrimento de muchos. Esta práctica favorecía las divisiones internas con la conformación de grupos que respondían a tal o cual jefe, los que tarde o temprano terminaban confrontando por los espacios de poder. Aquellos que resultaban vencedores imponían a su parcialidad en los destinos más relevantes, mejor subvencionados y en la cabeza de las listas para el ascenso al grado inmediatamente superior independientemente de la idoneidad, que pasaba a ser solo un detalle, un pequeño detalle. Era ni más ni menos que el pago a una muy conveniente fidelidad, con un marcado sentido mercantilista. Esta vil metodología también facilitaba la conformación de pactos o sociedades encubiertas entre superiores y subalternos.   

Ya se escuchaban por allí voces desde diversos sectores demandando por mayor seguridad y transparencia, criticando la relación de la policía con la comunidad, especialmente los actos de corrupción perpetrados por algunos de sus integrantes. Ni siquiera el oprobio generalizado que siguió, fue suficiente para hacernos ver que era impostergable una autocrítica a partir de la cual se crearan las bases de una profunda reformulación integral tendiente a recuperar el prestigio y la credibilidad que alguna vez tuvimos. Debimos comprender que una policía de excelencia en sus acciones y en sus cuadros permite el sostenimiento de algunas ventajas y privilegios internos, a partir de lo más importante que le puede pasar a una organización estatal; el reconocimiento social. Por oposición, una policía desmadrada, sin objetivos, sin planificación ni autoridad se convierte en una organización con características mafiosas.

Dado el acoso delictivo y la inoperancia policial, no faltaron sectores o grupos sociales que criticaban la mayor permisibilidad y aumento de la criminalidad en el marco de una naciente democracia, añorando el régimen dictatorial ido; era común escuchar, “cuando estaban los militares esto no ocurría”. Voy a detenerme un instante en ésta circunstancia para hacer algunas consideraciones que me asisten como a cualquier ciudadano.

Era entendible aunque injustificada ésta bonanza ficticia. Las tropas militares en operaciones policíacas, provocaban en la sociedad – específicamente en las clases más pudientes, la media y la alta – una sensación de falso proteccionismo frente a las organizaciones delictivas, justificando, ignorando, o lo que es peor, eludiendo sistemáticamente involucrarse en la crítica de jerarquía superior por el crimen más aberrante que se pueda cometer; el golpe de estado del que todos fuimos víctimas  frente a la supresión de los derechos y garantías individuales. La hipocresía en su máxima expresión, a cambio de mantener sus privilegios y posesiones particulares, les  importaba un rábano la dictadura y sus crímenes, que de hecho les aseguraba mejor futuro y más atesoramiento individual o corporativo.

Esa imparcial visión de mayor permisibilidad, no era más que el resultado de la debida observancia por el derecho ajeno y la vigencia de las garantías consagradas en nuestra Carta Magna; el hombre libre en un sistema democrático recién nacido, creciendo y fortaleciéndose progresivamente.

La baja en las evidencias delictivas no quería decir que el dictador no tuviera criminalidad, lo que ocurrió es que por el terror y la sumisión estaba transitoria y forzadamente contenida, pero potencialmente activa esperando el momento para resurgir.

Las bondades de un sistema democrático perfectible, en nuestro caso no se pueden apreciar ni comprender en su magnitud; lo estamos edificando aún por lo que es muy joven en un país sometido durante decenios a sistemáticos golpes de estado, debe crecer y fortalecerse con las acciones de todos los días.

Es cierto, alcanzar la democracia plena no es tarea sencilla, requiere de un proceso de construcción permanente como decíamos, en el que todos sin excepción seamos parte, y de un proyecto de país previamente consensuado. Una democracia imperfecta puede devenir anarquía, lo cual es tan indeseable y proclive al autoritarismo como un régimen de facto.

Para entender esto debemos asimilar toda nuestra capacidad cívica, mantener alto el umbral de la auto estima y de manera irrenunciable proclamar que seremos lo que nos propongamos ser, ciudadanos de primera con derechos absolutos derechos; o lo otro, ciudadanos de segunda con derechos relativos.

No puedo resistir la tentación de preguntarme si a 33 años de haber recuperado el estado de derecho ¿hemos culminado el proceso de construcción democrática? y en su caso ¿cómo estamos?; ¿somos o parecemos ser?; ¿o es que todavía, pese a ésta obra mancomunada y a la globalización de la post modernidad, solo subsistimos atrapados por las viejas antinomias que no nos permiten vislumbrar una sociedad de bienestar y progreso?. Quizás algún día me responda.

Pero volvamos a la esencia de nuestro propósito.

Pregunto, nada más.

¿Era por entonces racionalmente imaginable una policía ideal, comprometida con la sociedad en la defensa de sus intereses, o éramos nada más que una expresión más de la decadencia generalizada?; y en todo caso ¿qué pretendía la sociedad complaciente con nuestras conductas, que no fuera una policía encapsulada, marcadamente represiva, autoritaria e inmoral?. Básicamente era lo que había, una policía acorde con los merecimientos de la sociedad.

Pero además; ¿realmente la sociedad quería y necesitaba la construcción de una policía absolutamente despolitizada, prestigiosa, de excelencia, aséptica, tecnificada, con capacidad de inteligencia y análisis, honesta y creíble en sus acciones?; ¿iba a colaborar y a someterse a las consecuencias?, ¿a quién le convenía una policía con éstas características?; incorruptible, capaz de autodepurarse, de investigar y poner al descubierto asociaciones criminales, con intereses corporativos en los ámbitos políticos, religiosos, económicos, sociales o culturales?, ¿no sería demasiado peligrosa?. Si nos preguntáramos ¿a quién o quienes no le convenía una policía con éstas características?, seguramente encontraremos las respuestas a muchas de nuestras dudas; el abanico de interesados se acota.

En el mismo sentido y para ampliar el concepto, ¿era la seguridad, responsabilidad exclusiva y excluyente de la policía?. Siempre creímos que no, porque los comportamientos humanos des valiosos son de naturaleza cultural o sub cultural, económica, social, ideológica o religiosa. Cuando el delito crece significa que han fracasado las políticas de estado o las improvisaciones de éste, en cuyos diseños la  institución no interviene, es sistemáticamente ignorada. Descargar las culpas solo en la policía es un facilismo inaceptable y el refugio exculpatorio de los ineptos.

De todos modos el tiempo se había agotado, por lo que institucionalmente debíamos tomar decisiones trascendentes y enviar un mensaje de esperanza a la sociedad, producir un crack, un antes y un después, pero en ésta lucha intestina por subsistir, la vertiginosidad de la carrera por llegar primero y la ambición personal, derivada de una concepción donde el interés general se subordinaba al individual, ¿quién estaba en condiciones de “arrojar la primera piedra”?, ¿con que autoridad moral?, ¿quiénes y cuántos acompañarían?, ¿valía la pena el intento?. Hoy, con mis reproches a cuesta creo que sí.

Muchos interrogantes que aún no hemos develado.

La obstinación como una forma de la ignorancia, una mentalidad pedantesca, la falta de iniciativas estratégicamente activas, y la ausencia de una visión prospectiva en los sectores con mando y poder de decisión, nos condujo a un estado de anarquía terminal. Toda la política institucional se diseñaba bajo la influencia de una figura caudillesca; el Jefe de Policía cuyas verdades eran absolutas. Hubo un acompañamiento cómplice cuanto menos indiferente del poder político de entonces, tal vez por aquello de las sociedades encubiertas. No podía ser de otra manera, como oficiales superiores definitivamente claudicamos, y resignamos roles que eran indelegables, como el de ser formadores de nuevas generaciones de policías para el futuro, en el marco de aquellos valores y virtudes que otrora guiaran nuestros primeros pasos. 

Como en todas las reglas, existieron las excepciones, policías probos, íntegros, inteligentes, capaces, y por sobre todas las cosas infinitamente honestos, pero no accedían a los más altos niveles de decisión ni de conducción porque en sí mismos representaban una potencial amenaza, la amenaza de cambiar las reglas de juego de la corporación afectando intereses bien delimitados. Por lo tanto, sus promociones y destinos estaban sujetos a planificadas manipulaciones. La manipulación, repudiable recurso empeñosamente practicado, no solo en nuestra organización. Fueron entonces, una selecta minoría que por tal, carecieron de la fuerza y el acompañamiento necesario para imponer sus convicciones por sobre un sistema corrupto, políticamente correcto. Una vil opción: se era un honesto policía con necesidades en el fracaso, o un deshonesto y  corrupto policía capitalista ganador y sin mayores apremios. En la batalla épica entre el poder ético contra el poder inmoral siempre se impuso éste último.

Exacerbar los logros es como vanagloriarnos por haber cumplido con el deber. Por otro lado, la entidad y contundencia de una autocrítica debe estar fundada principalmente en los desaciertos, nunca en los aciertos que inducen a la soberbia y a la falacia.  

El tiempo implacable, nos fue acercando cada vez más al retiro de la actividad; varias generaciones de jefes y oficiales deambulamos por la vida o lo que nos queda de ella, convencidos de haber vivido un tiempo mejor, para mí como ya expresara, diferente.

Salvo honrosas excepciones, muy pocos solicitábamos el pase a retiro, al cumplir 30 años de servicios como establecía la ley, todos ignorábamos sistemáticamente esa norma y seguíamos estando, algunos para mantener el status, otros especulando con algún golpe de suerte, hasta que nos sorprendía el retiro obligatorio dispuesto por el nuevo jefe que no nos tenía en sus planes. Ese jefe que había llegado a la máxima conducción de la fuerza con los condicionamientos políticos del gobierno que lo había encumbrado, esgrimía la fórmula de la crítica destructiva a la gestión antecesora como si él no hubiera pertenecido a ella. No importaba si el jefe depuesto había renunciado de “motu propio” por defender los altos intereses institucionales, siempre existía alguien dispuesto a sucederlo y aún, a descalificar ésta defensa. Ergo, la ética y la moral bastardeadas, vencidas una vez más.

En tanto desde el gobierno, seriamente cuestionado por los actos de corrupción institucional que siguieron siendo noticias y el alarmante incremento de la actividad criminal, so-riesgo de pagar un costo político incalculable, se vio forzado a ensayar respuestas mediáticas para calmar el humor social. Las explicaciones oficiales fueron – a mi entender – simplistas; todo estaba originado en la corrupción policial, pero con ello no alcanzaba, era necesario tomar la iniciativa política e implementar una transformación estructural en la Policía de la provincia de Buenos Aires.

No voy a abundar en detalles, pues todos sabemos como terminó. Los experimentos e improvisaciones en materia de seguridad pública se llevaron los bienes y la vida de miles de hermanos; la prescindibilidad e inestabilidad laboral a la que fueron sometidos los trabajadores policiales fue la peor herejía jamás imaginada. Nosotros – especialmente mi generación - tuvimos la oportunidad histórica de evitarlo estando en actividad y no quisimos, no pudimos, o no supimos como hacerlo.

Desde los sectores organizacionales con veleidades de firme y continuada representación se deben construir los cimientos de una nueva corriente de pensamiento crítico, asentado en la teoría del disenso para alcanzar un consenso genuino, fuertemente sostenido y orientado al establecimiento de nuevas pautas en la relación policía-comunidad. Es necesario terminar con las estructuras prefijadas y empezar a cuestionarnos las creencias, los dogmas, los mitos, las virtudes y hasta nuestras miserias para definir con certeza, qué y cómo queremos ser hacia delante. Debemos plantearnos la despolitización partidaria de una vez y para siempre, cuyos efectos en términos institucionales, han sido devastadores.

El poder político no debe tener una visión individualista del problema, porque no acierta en el diagnóstico y mucho menos en el remedio. Debe tener en claro que cualquier transformación hay que hacerla con la policía y no contra la policía, a partir del individuo como el centro de una espiral para facilitar y estimular la aparición – en el seno de ella – de nuevos modelos. El declamado esfuerzo por la reivindicación institucional se convierte en abstracto si en ese esfuerzo no se incluye al individuo como el hacedor de un destino de grandeza. Sentimos la necesidad de revalorizar el sentido de pertenencia para oponerlo al de la vergüenza. Reivindicamos el rol de una policía proactiva y no reactiva, al hombre comprometido y no al empleado asalariado disfrazado de policía.

Los pilares fundamentales de una nación que se pretenda libre, justa y soberana, son sus instituciones, a las que hay que preservar tanto como a los hombres. Es por ello que no se puede hablar de refundación institucional que con tanta ligereza se expresan funcionarios del gobierno, porque nunca se extinguieron y porque sería negar la historia y descalificar a quienes con su aporte patriótico la construyeron. Se podrá enriquecer con la inclusión de nuevos descubrimientos o aportes, pero jamás negarla. Los hombres pasan, las instituciones persisten. Atacarla para debilitarla, y en el peor de los casos extinguirla, es como atacar la institución fundamental en una sociedad organizada: la familia, para evitar y extinguir sus descendientes. 

¿Se puede resolver la inseguridad ciudadana, pensando solo en la reforma estructural del cuerpo policial?. Es seguro que no, aceptarlo sería otro reduccionismo. Para resolverla es necesario tomar a la seguridad como una cuestión de estado, comprometiendo recursos económicos al servicio de un trabajo inter y multidisciplinario, con roles bien definidos e instituciones preparadas para la consecución de los objetivos de corto, mediano y largo plazo. La prevención no es solo tener a la policía en la calle, es además, la posibilidad de integrar a los sectores más postergados facilitándoles el acceso a una mejor calidad de vida, por medio de ofertas convincentes para lograr que emigren de aquellos ambientes sub culturales o contra culturales que los llevaron a la criminalidad. El compromiso interministerial entonces, será determinante.

Expresiones como policía de Buenos Aires II, comunal, distrital, departamental, de seguridad vial, cientìfica, de investigaciones, residual, etc. no son más que simples denominaciones que inducen al error de interpretación; la única verdad es que son todos policías en el ámbito de la provincia de Buenos Aires. Nosotros, los retirados, también.

Hoy, como ayer, hemos hecho de nuestro centro de oficiales retirados un ámbito de estrechez espiritual, melancólico y fosilizado donde predominan las  trivialidades, las disputas internas, o el tedioso recital de anécdotas pasadas con que alimentamos el ego, ámbito donde hipócritamente reivindicamos el pasado que solo tiene que ver con nuestras generaciones, en suma; con nosotros, únicos y excluyentes. Un almuerzo bien regado y una larga sobremesa no alcanza para disimular las necesidades de una conducción ejecutiva, expeditiva y sobre todo comprometida en la defensa de los intereses de los asociados, más aún desde la última modificación del estatuto a partir de la cual tiene facultades cuasi sindicales. No conozco la excusa o manipulación por la cual no se ha hecho la presentación formal ante los organismos pertinentes para que la facultad no devenga abstracta.

Seguimos dando muestras de un personalismo anacrónico que nos dispersa, con lo cual la cohesión es una utopía. Si fuera posible cada uno de nosotros edificaría su propia organización, desde la cual – independientemente de los fines solidarios que se puedan argüir – alimentar la ambición y construir poder.

Hoy vale decirlo, además del centro de retirados, contamos con el consejo permanente de comisarios generales, el círculo de jefes y oficiales, el círculo de suboficiales y tropa, la asociación profesional de policías de Buenos Aires (APROPOBA), el centro mutualista de retirados policiales (CEMURPO) y un pretendido sindicato, SIPOBA.  Es hora de pensar en sumar y no en dividir. Particularmente defiendo la idea de una organización única colegiada, al mejor estilo de los países desarrollados, que nos contenga a todos y donde sea posible el ejercicio democrático del debate de las mejores propuestas. Terminar con los burócratas y con el gatopardismo.

Tenemos que asumir los desafíos de la hora actual con inteligencia y acabar con la crítica reiterativa, endeble y exasperante buscando culpables en los demás. Toda pretendida intromisión encontrará un límite; el que nosotros podamos marcar si somos capaces de reconocernos como aptos para emprender el desafío de unir la fuerza moral, manejar el sentido de la oportunidad, y sobre todo demostrar que no somos más de lo mismo, que hemos construido una organización fuerte, pluralista, ágil, solvente y cohesionada, irreprochable, con marcada tendencia a los pronunciamientos corporativos más que a las declamaciones esporádicas e intrascendentes. Quien hizo mejor lectura del futuro fue sin dudas APROPOBA, ejemplo de democracia participativa intra institucional. Ha comenzado – hace años - a recorrer el largo camino de la sindicalización policial, objetivo superior que tarde o temprano alcanzará. Nadie nos reivindicará si no estamos dispuestos a reivindicarnos a si mismos. El secreto está en encauzar de la mejor manera toda nuestra energía positiva para encaminarla hacia la conquista y reafirmación de derechos que hasta ahora se nos niegan. Es una tarea de todos, de nadie en particular.

Será difícil, por no decir imposible, instalar el debate acerca de una autocrítica pública de carácter institucional, sería un acto de grandeza al que no estamos acostumbrados, de todas maneras nos la debemos y se la debemos a la sociedad; por ello, tarde o temprano se tendrá que hacer para lo cual deberemos vencer nuestra natural tendencia a la negación de todo aquello que se parezca a un examen de conciencia. Admitir que esta actitud puede ser enriquecedora, pero por sobre todas las cosas reparadora en términos de contribuir al futuro, es también un gesto de humildad.

No hacerlo, definitivamente implicará perder una nueva oportunidad histórica que nos aleja más de la tan ansiada reconciliación socio-policial; no debemos ni podemos ignorar  que fuimos en gran parte los artífices de las vicisitudes que debió soportar la institución, y ésta verdad aunque relativa, no admite excusas y mucho menos exculpación. Mal que nos pese, fuimos gerenciadores y administradores de la vieja policía con todas sus prácticas viciosas y también con sus virtudes. Hay que asumir la responsabilidad si es que todavía nos queda un ápice de integridad, pues la historia se hace entre todos. En ésta línea de pensamiento sostengo y reafirmo que esclarecer el pasado asumiendo las culpas, sería el mayor aporte que podamos hacer para las actuales y venideras generaciones de policías. No podemos ni debemos mirar para otro lado, ellos también comenzaron como nosotros, hagamos votos para que no terminen igual.

Algunos de quienes hoy ocupan la titularidad de los organismos en ésta nueva policía, fueron nuestros oficiales subalternos que han dado muestras de entereza profesional; asimilaron el pasado, se comprometieron con el presente y están construyendo el futuro, el mismo futuro que a nosotros – los retirados – poco nos importa. Es una obligación de jerarquía superior pensar y no olvidarse de ellos. No fueron responsables de la vieja policía, ni de su desprestigio, pero estuvieron en ella cumpliendo nuestras ordenes. Soportaron estoicamente el proceso de transformación que los obligó a reciclarse y están poniendo lo mejor de sí al servicio del interés general, incluso del nuestro. Hoy están estigmatizados, pero el éxito de ellos producirá efectos reconfortantes para todos. El resto descartable, corrupto, delictual, se irá solo; a su casa en el mejor de los casos, o a la cárcel en el peor. Policías de verdad, quedan muy pocos, ¡hay que cuidarlos!!!

Me consta que todo esto no les ha resultado sencillo, sus dudas con lo desconocido, el sentimiento de inseguridad e inestabilidad que genera toda iniciativa de cambio y el temor a convertirse en residuos contaminantes, no alcanzaron para doblegarlos por el contrario, les sirvió para revalorizar mandatos de la virtud y los valores, y sobreponerse definitivamente a éstas contrariedades. Han hecho gala de un prudente silencio, el de la reflexión.

Nunca como ahora, el pasado es también presente y futuro.

Nos enseñaron y enseñamos a volar pero no a mantener el vuelo, un vuelo corto que siempre termina chocando contra lo más bajo del espectro. Ese fue sin saberlo nuestro mayor desafío, el de convivir por largos años en la vulgaridad anti humanística  sin que ésta se llevara puesta nuestra dignidad. Convivimos con ella, la aceptamos como hábitos de vida y al final claudicamos; no lo logramos, fuimos ampliamente vencidos por ella. La dignidad, los principios y las convicciones de duelo, quién sabe en qué obscuro intersticio de nuestro costado más miserable.

El marco teórico en la formación del hombre es nada más que un recurso intelectual, el marco moral la esencia de ese mismo ser.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

19-03-16.

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SERÁ CAMBIO O SOLAMENTE JARABE DE PICO…?, Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

SERÁ CAMBIO O SOLAMENTE JARABE DE PICO…?

 

Cada vez que los políticos hablan de recuperar la seguridad, la población se ilusiona y los policías temblamos. Hace mucho que los políticos, especialmente los candidatos, hablan de seguridad, prometen y una vez ungidos hacen todo lo contrario. Por lo menos 15 años de mentiras. La irrupción en la vida política del PRO integrando la alianza “Cambiemos” pareció ser distinto y nos ilusionó a todos. A civiles y a policías. Seguramente el antecedente del PRO en la ciudad Autónoma de Bs As con la formación de una nueva policía, bien entrenada, bien paga y por sobre todas las cosas bien tratada, nos convenció que esta vez sí se produciría el ansiado cambio en materia de seguridad, ya que estas tres condiciones son indispensables y previas a cualquier plan o política de seguridad que se pretenda implementar.

Durante más de una década sucesivos gobiernos peronistas/kirchneristas se dedicaron pertinazmente a destruir la organización policial con la excusa de supuestas reformas, y a modificar la ley procesal, convirtiendo el aceptable nivel de seguridad de fines de los años `90 en una verdadera batalla campal entre delincuentes, vecinos y policías. Hasta hoy siempre ganaron los delincuentes. No podía ser de otra manera. Legisladores peronistas, radicales, del GEN, de la CC, etc., todos unidos, levantaban la mano en la legislatura para aprobar cuanta ley se proponía para recortar atribuciones a los policías, para restarles derechos cívicos y a la vez para ampliar beneficios a los delincuentes, cada vez más, como siempre lo hemos advertido desde APROPOBA. Se olvidaron que los policías de carne y hueso eran los encargados de hacer cumplir la ley, y que los delincuentes eran aquellos a los que los policías debían someter al imperio de la ley, para que los ciudadanos puedan vivir y desarrollarse en paz, con seguridad. La policía fue vencida por la delincuencia sobreprotegida por el propio estado.

La provincia de Bs As tiene la fuerza policial más grande, numerosa y más compleja, con la misión de brindar seguridad al territorio más extenso, con alta densidad demográfica y el más alto nivel de conflictividad social. En el medio de esta enorme guiso hirviendo están los policías, tratando de contener el rebalse que puede motivar uno de los principales condimentos, la seguridad. Quién no entienda que en estas condiciones siempre va a existir algún conflicto o algún hecho negativo que involucre a policías, respetuosamente opinamos que tendría que ir pensando, seriamente, en dedicarse a otra cosa. Y si no enfrentan responsablemente a cierto gataflorismo periodístico, que eternamente están en contra de las fuerzas policiales –tiro por elevación al gobierno-, más vale que se resignen a administrar la crisis.

El gobierno debe estar sereno y esperar siempre casos de corrupción en la fuerza. Pero debe ser implacable ante el menor hecho que se verifique. Los jefes deben volver a tener autoridad moral, requisito indispensable para conducir; es más, todos deberían ser calificados y seleccionados para el ascenso, y eventualmente premiados con dinero, según su desempeño en la erradicación de este flagelo.

¡Doce años mintiendo al pueblo!

El último gobernador, Daniel Scioli, al asumir prometió públicamente un “abordaje integral” de la problemática de seguridad. Que iba a premiar y apoyar a los buenos policías y a castigar a los malos. No cumplió nada. Mintió a todos todo el tiempo.

La flamante gobernadora Sra. María Eugenia Vidal, a quién le hemos dado un voto de confianza esperanzados en un cambio verdadero, tiene la oportunidad de aglutinar detrás suyo a toda la fuerza policial, incluidos los retirados de quienes todavía no se advierte ni valora el rol importante que pueden tener en futuros planes de seguridad serios, que devuelvan la tranquilidad al pueblo bonaerense. Pero primero lo primero:

¿Cómo se puede decir al pueblo que les preocupa la inseguridad cuando los encargados de velar por la vida, bienes, honra y derechos de los vecinos tienen el sueldo más bajo de la administración provincial, y además, en una actitud inexplicable de soberbia, ni siquiera se los escucha? Ni hablar que a los retirados se nos robó parte del sueldo violándose la ley de la Caja de Retiros. ¿No se dan cuenta que si empobrecen al policía retirado, muchos de los que están en actividad tratarán de asegurarse su bien estar por otros medios?

El nuevo gobierno primero debería sacudirse de encima los parásitos y los vividores que a todo le ponen ideología. La seguridad, como la salud, la justicia y la educación no tiene ideología. Y hay varios que habiendo perdido las elecciones, ahora pretenden imponer programas a cambio de apoyo legislativo. Programas vetustos, impregnados de ideología barata, que pretenden sembrar incertidumbre y miedo, presentando a los uniformados como los culpables de todos los males. Es el pensamiento arslaniano que llega por interpósitas personas, como Felipe Solá, pretendiendo doblegar a quienes deben decidir el futuro de la fuerza policial más importante y más antigua del país.

Tratar los salarios policiales en un pie de igualdad con los restantes gremios y ubicar al sueldo del policía entre los más altos de la administración. Y pagarle todo lo que se les debe a los uniformados, en actividad y retirados. No es ético ofrecerles como mejora, el aumento de los adicionales; Eso es mandarlos a trabajar en horas de descanso. Una falta de respeto!!!

Si verdaderamente pretendemos recuperar la seguridad perdida ya hace 20 años debemos sincerarnos y modificar la realidad de hoy. En nuestra provincia la policía tiene prohibido realizar tareas que son esenciales para la prevención y detectar delincuentes en la etapa pre-delictual.

Por ejemplo pedir documentos a un sospechoso. La policía no lo puede hacer. ¿Cómo es posible que el policía no deba conocer la identidad de un sospechoso? Tampoco puede interrogar a un delincuente. ¡Solo en este país puede ocurrir semejante despropósito!

El policía para verificar el interior de un baúl de un vehículo sospechoso que puede llevar armas, drogas, un secuestrado, un cadáver, etc., debe requerir previamente autorización judicial. Una ridiculez sin parangón. Semejante disparate es parte de las “importantes” reformas de los 12 años de gobiernos previos. Y si no se comienza por pulverizar estas medidas supuestamente “garantistas” que solo garantizan el libre e impune accionar de la delincuencia, seguiremos teniendo una policía hemipléjica. Y si no se da una solución definitiva en materia salarial que incluya a los retirados, que son el espejo donde los activos miran su futuro, la ética policial, la decencia, la vocación de servir, los ideales, todo en forma progresiva se lo terminará devorando la corrupción. La corrupción seguirá existiendo porque está instalada en el poder, en la política, que es donde más segura se siente, pero con una policía sana la justicia podrá combatirla, como en otras partes del mundo. Como lo acabamos de ver en Brasil.

Otro asunto a considerar seriamente debería ser el ingreso a la fuerza. En los tiempos en que, según la prensa y algún sector político ya conocido, la policía era mala, se privilegiaba la vocación de los postulantes, los ideales, los valores y todo ello se exaltaba en los institutos de formación. La policía tenía prestigio y sus integrantes eran personas que gozaban de la confianza de la población, a pesar que eran pocos los que tenían estudios secundarios. La policía no fue nunca ni debe ser una fuente de trabajo. La policía debe discriminar a sus aspirantes. Debe seleccionar siempre a los mejores. No se debe permitir que la politiquería demagógica la utilice para necesidades electoralistas, como se vino haciendo hasta estos días. Como lo ha hecho descaradamente el ex gobernador Daniel Scioli.

Los policías de la provincia apoyamos a nuestra gobernadora. El grueso de la fuerza, consciente de la gravísima situación económica y financiera de la provincia, de lo que todos estamos bien informados, sabemos de lo difícil de la situación y en general estamos dispuestos  a esperar pero en igualdad de condiciones al resto de la administración. Y reclamamos que “el cambio” para bien, también llegue de una vez al componente humano de la fuerza, a toda la familia policial. En primer término, la convocatoria a reunión a la dirigencia de nuestra Asociación Profesional de Policías de la Pcia de Bs As (APROPOBA).

Marzo 13 de 2016

 

JESUS EVARISTO SCANAVINO

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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El narcotráfico… de cara a 2016, nota del Crio. General (ra) NORBERTO LÓPEZ CAMELO

 

El narcotráfico entre los temas más preocupantes de cara a 2016

 

El mayor pecado de la década, es haber entregado la calle al delito y a la droga, para que el narcotráfico se haya paseado por el país.

Si la lucha contra la droga no la hemos ganado en tantos años, es porque las herramientas que hemos utilizado han sido insuficientes y los diagnósticos, si los hubo, han sido equivocados.

El nuevo paradigma para la investigación del delito de narcotráfico, debe coordinar esfuerzos para dejar de estar detrás del delito. Además de sancionar debe ser importante prevenir y juzgar en breve plazo. Ir tras los pasos de la drogas, es estar siempre a la retaguardia del problema. Por  eso se impone utilizar la creatividad para abordar otros aspectos que puedan dificultar el accionar de los grupos del crimen organizado.

Investigar y observar las actividades de lavado de activos, narcolavado y el financiamiento del crimen organizado, es una herramienta indispensable para el nuevo paradigma de tomar al narcotráfico como delito transnacional.

Argentina es vista como un país que, por sus características económicas y sociales, resulta atractivo para el ocultamiento y la inversión de dinero procedente de actividades criminales.

El estudio de la prevención del lavado de activos, narcotráfico, narcolavado y financiamiento del crimen organizado; comprender correctamente los efectos y causas que creen incentivos destinados a repeler y proteger las actividades económicas, que por su naturaleza pueden ser canales de transferencia de activos,  es tema de investigación ineludible.

Es indispensable el uso de la tecnología al servicio de la lucha contra el narcotráfico. Las tareas preventivas y operativas requieren de radares, drones y demás elementos que optimicen la tarea, pero también la tecnología informática para la conexión e interrelación de datos de utilidad del Poder Judicial en la vinculación de las investigaciones que se sustancien.

La característica de globalidad que tiene el delito de narcotráfico, exige una interrelacionalidad con organismos de países de la región, varios de los cuales son grandes productores de drogas. El intercambio de información es fundamental para adoptar políticas conjuntas.

Por otra parte, la concurrencia a eventos internacionales  como la convenciones de la ONU en Viena, o la Honlea para Jefes de lucha contra el narcotráfico en América y el Caribe,  están ausentes hace tiempo de la agenda nacional.

Las nuevas propuestas epistémicas se enfrentan al paradigma de la fragmentación informativa interfuerzas.  Se impone la creación de una agencia nacional contra el crimen organizado, con esquema sustentado por la unión de las áreas de investigaciones de las fuerzas de seguridad bajo un comando centralizado.

Tengamos conciencia que el trabajo debe ser mancomunado; una responsabilidad compartida de todos los actores sociales. Hasta el momento, los organismos de prevención y  asistencia a las adicciones, han fracasado. Su apoyo debe ser central porque está en juego ni más ni menos que la vida y la salud de miles compatriotas.

El tráfico de drogas en Argentina parece funcionar sobre una base de dos niveles, con apariencia de  superposición entre los grupos transnacionales y las organizaciones locales. En realidad una es consecuencia de la otra.  A mayor ingreso y tránsito internacional de drogas, mayor será la actividad  local  en la distribución y en el  crecimiento del consumo

interno.

La lucha contra el narcotráfico tiene que ser integral. Desde las grandes organizaciones, hasta el menudeo que hace llegar la droga a nuestros jóvenes, y siembra violencia extrema. Desde los poderosos estrados judiciales Federales, hasta las fiscalías descentralizadas. Desde simples disposiciones, hasta una revisión a la Ley 23737 que rige desde hace más de 25 años.

El narcotráfico, desde hace unos 10 años fue mutando de una típica amenaza a la seguridad pública a otra de seguridad nacional, y es necesario enfocar 2016 con otro potencial y firme decisión.

15-12-15.

 

Norberto López Camelo

Comisario General (RE)

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¿EL TRABAJO DIGNIFICA?

Nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA, Secretario de Relaciones Laborales de APROPOBA

 

¿EL TRABAJO, DIGNIFICA?

 

Poner en duda ésta verdad de Perogrullo ofendería a más de un peronista ortodoxo o de paladar negro como ellos mismos se auto definen, en términos de obediencia y disciplina partidaria.

Esta vieja creencia convertida en axioma hoy está en duda, su vigencia es potencialmente negada y no por sectores gorilas u opositores, sino por la misma acción de quienes se dicen defensores de los más elevados postulados peronistas; uno de los más básicos y elementales derechos del ser humano, es el derecho al trabajo sin embargo no siempre dignifica al trabajador. Cuando éste derecho se convierte en vector de demagógicas manipulaciones, se esfuma la dignidad, o cuando no se merece, o peor aún, cuando no se lo honra desde el convencimiento vocacional o se lo califica desde el vilipendio vulgar como una sencilla salida laboral, una oportunidad única en la que se tiene asegurado el padrinazgo politico mientras se cursan esos escasos 6 meses  

Estas policías locales que el gobernador Scioli se empeña en propagar con tozudo empecinamiento, no son más que una puesta en escena, un circo destinado a mostrar gestión, iniciativa sin reparar en nada ni en nadie. Estos jóvenes casi adolescentes fueron cautivos de un discurso y de esa misma ornamentación, fueron inducidos a entrar en un jueguito donde el malo siempre pierde sin saber que se van a enfrentar nada menos que con los cazadores furtivos de vidas humanas donde ellos mismos serán las presas en una jungla de cemento donde los habitantes luchan por subsistir. Los resultados no importan por ahora, porque el futuro está lejos, las urgencias son de hoy, de ahora o mejor dicho con vencimiento el 25 de octubre del corriente año.

Muchos de ellos quedarán en el camino muertos, disminuidos o presos y cuando llegue ese momento no se si estará Scioli y todo su séquito para dar la cara frente a las demandas de los deudos o descendientes o simplemente para enfrentar el fracaso y el humor social, porque cuando se parte de una premisa falsa, el resultado no puede ser otro que una falacia.

Solo importa hoy, el conocimiento por ósmosis entre un kirchnerismo formalmente en retirada y un peronismo que procura el establecimiento de Scioli, y de algo estoy seguro, de triunfar todo el arco con disidencias internas, estará con él.

Decía, que lo que importa son las imágenes cuidadosa y prolijamente construidas, profusa distribución por los medios afines porque al fin de cuentas lo que se busca es mostrar iniciativas y resultados, votos de indecisos y ganar en las próximas elecciones. Si las novedosas policías locales son exitosas o no, hoy por hoy, no interesa.

A veces el trabajo no solo no dignifica sino que sirve a los intereses de una facción en un reduccionismo propio de los señores feudales.

28-09-15.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

Secretario de Relaciones Laborales de APROPOBA

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NO HACEN FALTA DOS ESTADOS ENFRENTADOS, nota de CARLOS ROBERTO MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

SEÑORES DIRIGENTES CUMPLAN CON SUS OBLIGACIONES!

 

No hacen falta dos estados enfrentados, ni un fanatismo religioso desenfrenado para declarar una guerra. Tampoco hacen faltan elementos ideológicos. Suficiente con la subversión de las reglas que rigen una sociedad.

Avalar al extremo las garantías sin fundamentos sustentables en la recuperación de valores, son más que suficiente para sumir a un país organizado, en las peor de las desgraciadas guerras.

El descuido adrede de sus jóvenes, la propaganda a la que son sometidos, las prebendas del Estado, apoyando conductas destructivas de valores tales como la familia y el sentido de pertenencia y el desconocimiento de los valores republicanos, nos han arrojado a una violencia cruel sin sentido. Producto de haber criminalizado la justicia y la prevención de los delitos y faltas que en su momento hicieron a la seguridad ciudadana.

La situación que se vive en todo el país, se ha visto agravada por el avance indiscriminado del narcotráfico el que, indudablemente, cuenta con una determinada protección política ya imposible de disimular. La presencia de gendarmes y prefectos en las grandes urbes, fuera de sus lugares, ocupados en menesteres ajenos para lo que fueron creados y la negación a la radarización de las fronteras, es más que suficiente facilidad para la instalación del cartel de las drogas.

La delincuencia juvenil encarnada en jóvenes que van de los 19 a los 35 años, se caracteriza por su tremenda crueldad, impensada hace veinte años atrás. Es moneda corriente la muerte violenta de ancianos y ciudadanos decorosos. De nuestras vidas se adueñó el delincuente.

La audacia con la que se mueven estos asesinos, su impunidad, nos dicen a las claras que ante la falta de decisión política de este gobierno, debemos los ciudadanos reclamar enérgicamente, los deberes que ellos tienen como obligación darnos, que es salvaguardar nuestras vidas y bienes.

         Así no lo están haciendo y por lo tanto son partícipes necesarios de estas atrocidades.

No escapa a este comentario los compromisos que deberían asumir los Jefes de  Policía de la Provincia de Buenos Aires, que ven diezmada su fuerza en esta lucha desigual y nada dicen, como si la vida de sus hombres y mujeres nada valiera.

A ellos les digo que la historia de la POLICÍA DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES la escribieron los hombres con atributos bien puestos.

02/09/2015.

 

Carlos Roberto Massacane

Srio. Adj. APROPOBA

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EL DAÑO YA ESTA HECHO, por CARLOS MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

EL DAÑO YA ESTÁ HECHO

 

Y todo comenzó hace muchos años, tantos, que yo no había nacido. El destierro “voluntario” del Gral. San Martín, el abandono al Gral. Belgrano, la Guerra de los Caudillos, la muerte del Chacho Peñaloza, la Guerra de la Triple Alianza, la Conquista del Desierto, etc., etc., etc., el fraude electoral, los golpes de Estado, la guerrilla, la represión del Estado, la GUERRA DE MALVINAS Y SU DESMALVINIZACION, la política actual y su cruel circo.

Los dirigentes actuales merecen un capítulo especial. Capítulo que nos ha sorprendido, ya que dejó al descubierto las intenciones y con ellas las conductas de este enjambre pretencioso. Acciones que desnudaron las sendas que llevan a varios de éstos muy cerca de los intereses internacionales del narcotráfico y sus secuelas de crímenes sucedidos.

La inseguridad ha sido su mejor negocio. Pues en ella encontraron el principal aliado para encubrir sus lavados de dinero y sus transacciones en obras no siempre concretadas. Ejemplo de ello son las rutas de la Provincia de Buenos Aires, sus muertos y heridos en accidentes viales compiten seriamente con los de la inseguridad.

La división de la Justicia entre legítima (léase garantista con los delincuentes), y la tradicional (que aplica el Cod. Penal con racionalidad). Total hipocresía: Justicia es nada más ni nada menos que impartir Justicia, protegiendo a las víctimas y castigando al victimario dentro de lo que la Ley manda.

El hambre y la salud. En un País que produce alimentos para cuatrocientos millones de personas, los niños se mueren de hambre y de enfermedades que se creían  totalmente erradicadas. Y por los nuevos charlatanes que hoy se ofrecen como los diferentes mesías, con las mismas mentiras de siempre.

Pues, estos infelices dónde carajo estuvieron y de dónde vienen?

A todos les digo gracias pero EL DAÑO YA ESTÁ HECHO.

Agote. 20/08/2015.

 

Carlos R. Massacane

Srio. Adj. APROPOBA

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EL VOTO DE LOS POLICÍAS: UNA LAMENTABLE REALIDAD QUE REPUGNA… nota de opinión de Jesús Scanavino, Secretario de Organización de Apropoba

 

EL VOTO DE LOS POLICÍAS: UNA LAMENTABLE REALIDAD QUE REPUGNA…

 

Si hay alguien que trabaja y contribuye con gran esfuerzo al sostenimiento de la democracia y del estado de derecho, ellos son los policías. Velar por la vida, honra, bienes y derechos de los ciudadanos, aún a costa de sus propias vidas, es estar comprometido, como nadie, con la democracia…

Sin embargo, en la provincia de Buenos Aires siempre se las arreglan para que los uniformados no voten, o voten los menos posibles. Es tanto el mal trato que los gobiernos provinciales de los últimos quince años, han propinado a los trabajadores policías; tan grave es el abuso de poder que se ha verificado y se verifica, que cada vez que se aproximan las elecciones temen que la fuerza se expida en un voto corporativo y puedan arruinarle la fiesta al candidato, en este caso oficialista. Como sea, no se debe privar a nadie el derecho al voto. Este tema no es nuevo y todos los años es denunciado desde APROPOBA…

El Poder Ejecutivo Nacional ha dictado el Decreto 779/15 publicado en el B.O. del día 13-05-15, en cuyo ARTICULO Nº12, en su parte pertinente, dice: “…El personal subordinado al Comando General Electoral (FF.AA, POLICÍAS, FF.SS, ETC.) y en aptitud de emitir el sufragio, cuando en razón de las misiones asignadas y por causas debidamente fundadas no pueda votar en la mesa que le corresponda, podrá hacerlo en aquella donde actúe o en la mesa más próxima al lugar en que desempeñe sus funciones, aunque no figure inscripto en ellas siempre que se encuentre inscripto en el mismo distrito electoral. Para ello la Cámara Nacional Electoral definirá un mecanismo e impartirá las instrucciones a los Juzgados Nacionales con competencia electoral y a las Juntas Electorales Nacionales…”

En esta norma se puede apreciar claramente, como el Gobierno Nacional aparenta querer garantizar el derecho a voto de los uniformados, pero se las ingenia para que no se cumpla lo que ordena, o se cumpla de tal manera que el derecho constitucional se diluya con una resolución o simple circular de jerarquía muy menor. Delega en la Cámara Nacional Electoral para que “defina un mecanismo” e imparta instrucciones a los Juzgados Nacionales. Como es de imaginar, luego ese “mecanismo” ni las “instrucciones” se hacen públicas como para que los afectados puedan recurrir en tiempo y forma la medida. La primera parte del texto del art. 12 es absolutamente claro y definitorio. Garantiza el derecho constitucional, no solo de votar, lo que lleva implícito también el derecho a elegir. Cualquier “mecanismo” o “instrucción“, no debía contradecir esta consigna. Con agregar al final del padrón el nombre, apellido, numero de documento y mesa en la que debía votar el uniformado era suficiente. Al menos así se hacía en tiempos de una democracia de mejor calidad que la actual…

La cuestión es que más de un ciudadano policía, el domingo 9 de agosto, cuando le llegó el turno de emitir su voto, constató que no lo podía hacer porque estaba destinado en una escuela fuera del distrito donde estaba empadronado. Y aquellos que sí pudieron votar por estar de servicio en la Escuela donde no estaba su Mesa receptora, pero sí correspondía a su distrito, comprobaron que el sobre con su voto, previo a ser introducido a la urna, era tomado por el Presidente de Mesa e ingresado en otro sobre, con la explicación de que su voto sería remitido directamente a la junta electoral por ser un voto impugnado o recurrido.

Conclusión: Ese policía cumplió con su obligación de votar, pero no se le permitió ejercer su derecho a elegir.

Otro atropello más  a los derechos civiles de los policías…

¿Quiénes son los responsables de que se consuma este abuso de poder? Toda la cadena de mando de la fuerza policial, sin duda. Desde el Ministro de Seguridad hasta el Jefe directo del personal afectado, toda vez que estos mandos podrían haber organizado el servicio o la distribución de personal, de manera que la mayoría tenga como destino la misma escuela donde estaba su mesa receptora, inclusive disponer de un retén para relevos, para que aquellos que indefectiblemente fueron apostados en otra escuela, puedan desplazarse a tiempo al sitio donde debía emitir su voto. Y gozaran de impunidad, porque ninguno de los policías perjudicados los demandará, obviamente por temor a las represalias.

Como es evidente que las autoridades de la fuerza no moverán un solo musculo para modificar esta realidad en favor de sus subordinados,  sería importante que alguna de las entidades representativas considerara la posibilidad de iniciar alguna acción, sea Judicial o administrativa al más alto nivel de gobierno, para que esta grave irregularidad sea subsanada urgentemente, de modo que para el próximo evento eleccionario todos los policías, sin excepción, puedan ejercer libremente su derecho a votar. De lo contrario, los mismos efectivos policiales, en forma grupal, deberían recurrir a la Justicia con suficiente anticipación, para reclamar por su derecho en riesgo de ser vulnerado una vez más.

13 de Agosto de 2015.

 

JESÚS EVARISTO SCANAVINO

Secretario de Org. De APROPOBA

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PASADO, PRESENTE Y FUTURO, nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA, Secretario de Relaciones Laborales de APROPOBA

 

Hace más de 7 años, en abril del año 2008, escribí lo que envío por adjunto. Muchas cosas han pasado, buenas y malas. Podemos rescatar como bienvenidas el cambio operado en el COR Central, hoy gobernado y administrado por verdaderos profesionales de la gestión, quienes vienen dando muestra acabada de como se debe honrar un mandato.

También es auspicioso la alternancia que se ha dado en la conducción el Círculo Policial y en el crecimiento exponencial de adherentes a la idea de un Sindicato Policial que sea capaz de representar y defender todos los intereses que hacen a la corporación policial.

Es doblemente gratificante la iniciativa de la filial Mar del Plata, en cuanto a tratar de fortalecer con la humildad de los grandes, la declamada y postergada camaradería; aunque sea por un tiempo muy acotado.

Es de destacar también, la incidencia que tiene el interés de los retirados, jubilados y pensionados en las decisiones del directorio de la caja de Retiros, Jubilaciones y Pensiones de las Policías de la provincia de Buenos aires, especialmente en las del Presidente Dr. Caniggia.

Lo malo, en lo que se ha transformado ésta policía de hoy, gravemente atravesada  por la corrupción y el delito en todos los niveles, que afecta el honor de quienes somos convidados de piedra, los retirados y ¿por qué no? de parte de los activos, mientras los dirigentes políticos, sociales y propios miran para otro lado en tanto exhiben profusamente la intervención de Asuntos Internos, que en vez de esclarecer y administrar justicia en defensa de los honestos, en algún momento y según denuncias, se ha hecho partícipe de acciones cuasi mafiosas como extorsionar a investigados negociando sus situaciones a cambio de dinero.

Nadie se detiene en éstas calamidades porque las urgencias tienen que ver con con otras prioridades como si la institución y sus hombres  pertenecieran a lo más elemental de la manipulación política, y nosotros - generalmente indiferentes- se lo permitimos.

17 de julio de 2015.

 

Hugo Alberto Vaccarezza

Comisario Mayor (RA)     

Secretario de Asuntos Laborales Apropoba

 

Pasado, presente y futuro

Nota del Crio. Mayor (ra) HUGO VACCAREZZA,

Sec. de Asuntos Laborales de APROPOBA

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Convivimos en una sociedad que asimila con llamativa facilidad e indiferencia, todo lo malo y en menor medida, todo lo bueno, al mejor estilo de la pantomima snobista “gran hermano”. Una sociedad estigmatizada por sus propias contradicciones. La historia es rica en ejemplos. Consumimos con una voracidad salvaje diarios y noticieros, ávidos de información, en muchos casos solo para alimentar la arrogancia y la vanidad que llevamos adentro derivado de un individualismo impío e indolente donde el alrededor no existe, y en otros para entretener la desdicha de saber que estamos cada vez peor. Podríamos extendernos en el análisis de “lo bueno y lo malo”, aunque lo dejaremos para otra oportunidad, mientras tanto que cada uno haga su propio análisis.

|Asistimos ignominiosos a las tragedias cotidianas, a los decomisos de drogas por la influencia del narcotráfico, a accidentes ferroviarios, viales y domésticos, a violaciones y toda clase de ultrajes al pudor, al secuestro de personas, al despojo violento de la propiedad, al asesinato, a la pedofilia, a docentes pederastas, a la pornografía infantil y a otras tantas calamidades. El respeto por los derechos humanos no es más que una utopía. Se hace referencia a ellos demagógicamente, según el sentido de la oportunidad. Todos somos humanos, pero algunos tienen más derechos que otros.

Unas veces clamamos por justicia, otras nos invade la indiferencia y al final, inexorablemente nos olvidamos de todo hasta que otro hecho mediático y conmocionante vuelve a mostrar nuestra cara más hipócrita. Cualquier discurso – especialmente el político – estudiosamente destinado a transmitir lo que la gente quiere escuchar, endulza nuestros oídos y nos envalentona el ego; entonces ¿por qué no adherir al mismo y convertir al autor en un líder ideológico que a priori piensa como nosotros?, comprometámoslo, hagamos que llegue al poder y que gobierne pensando en que de alguna manera nos deberá que pagar los favores recibidos. Esta fórmula oportunista, de uno y otro lado, acaba legitimando mandatos populares en la representación parlamentaria y en los espacios de la elite política. Traición al mandato y decepción social es un final anunciado.

Una sociedad marcada por la permisibilidad que engendra violencia y criminalización, que abusa de la libertad tomándola como una mascota de la modernización o del progreso.

La misma sociedad – como sostiene el catedrático español Dr. Manuel López-Rey y Arrojo en su libro Opresión, Violencia y Permisibilidad – en la que los padres se conducen como los hijos, quienes a su vez no les respetan ni temen y tal actitud significa libertad; los maestros temen a sus discípulos y se doblegan ante éstos, quienes por su parte les desprecian; los jóvenes se conducen como los mayores y desafían a éstos tanto de palabra como de hecho, y los viejos ceden ante los jóvenes y se conducen respecto a ellos en forma familiar y con tolerancia. El muchacho malo del pasado que huía de la casa, hoy se mantiene en ésta e intimida a sus padres; el creciente interés por lograr lo que se estima felicidad o satisfacción personal, la repulsa a la castidad, el abandono temprano de la escuela por que le deja un sentimiento de independencia, la decadencia del respeto religioso, el auge de lo científico, de la multitud de teorías psicológicas y sociológicas con efectos exculpatorios, del deficiente papel de la educación, del excesivo tiempo libre, la tendencia a trabajar menos adhiriendo a la ley del menor esfuerzo, la reducción del sentido de la responsabilidad, etc. etc. etc.

No es ésta la oportunidad, ni soy yo el más indicado para examinar las causas que nos llevaron a éste presente, aunque las intuyo.

En éste contexto, no se si vale la pena reflexionar sobre el pasado, sobre las experiencias, negativas o positivas; es más, no se si vale la pena reflexionar, a riesgo de aparecer como un arrepentido extemporáneo o un moralista redimido. A lo mejor, como sostiene algún autor anónimo, “mejor que escribir un libro de memorias es escribir un libro de olvidos”.

De todas maneras ya lo estoy haciendo, por lo que seguiré adelante y trataré de ser particularmente preciso respecto de quienes, entiendo, han tenido una cuota de responsabilidad subsidiaria en el proceso de desarraigo institucional, cuyas causas trataremos de analizar; y especialmente puntual, con relación a quienes tuvimos la mayor responsabilidad y al mismo tiempo la inmensa satisfacción de haber sido policías en la Provincia de Buenos Aires.

En éste sentido debo dejar en claro que ejercito la reflexión desde lo personal y que las expresiones u opiniones vertidas, no necesariamente representan el sentir o la opinión de mis camaradas.

Se dice insistentemente que todo tiempo pasado fue mejor, yo no estoy tan seguro de ello, de lo que sí estoy seguro, es que fue diferente.

Si uno no acomete, alguna vez en la vida, la elaboración de una autocrítica retrospectiva, olvidara sus orígenes, no entenderá el presente y perderá de vista el futuro.

Eso es lo que precisamente nos ocurrió a quienes como yo, hemos superado la barrera de los 57 años de edad, con más de 33 años ininterrumpidos de servicio activo en la Institución aludida y hoy nos encontramos en situación de retiro. El momento del alejamiento conlleva una gran carga emotiva por que a partir de allí habrá que reciclarse para integrarse a la sociedad civil, de la que es más lo que desconocemos que lo que sabemos. Es todo un proceso de búsqueda para encontrar el lugar, a veces lleva años y otras nunca se encuentra. ¿Saben por qué?, por que para un policía no existe otro entorno que no sea el de los camaradas uniformados, el de los compañeros muertos o mutilados en cumplimiento del deber, el de los sacrificios, el de los renunciamientos, el de la abnegación, el de la humildad, el de la disciplina y el de la solidaridad social. Ese es el único mundo que conoce y al que le ha entregado los mejores años de su vida. El otro, el civil, es el que nunca lo tuvo en cuenta, lo arremete, lo desacredita y encima lo estigmatiza con indisimulable desprecio. ¡Es un ex policía!.

Sin embargo, al poner distancia de la actividad, se adquiere una perspectiva del todo y no solo de una parte, circunstancia por la cual es posible un análisis lógico, reflexivo, que nos aproxime a la verdad, verdad que probablemente busquemos por primera vez, para saber como hemos sido o como debimos ser. Para estar en armonía con los demás, primero se debe armonizar uno mismo.

Va de suyo que éste ejercicio será la consecuencia de una decisión personalísima, fundada en los propios cuestionamientos de las cosas que, como inherentes al ser humano, nos ha tocado vivir.

Desde lo institucional, la autocrítica es una asignatura pendiente.

Pero vayamos por parte:

Corría el año 1965, escuela de Policía Juan Vucetich, todos aspirantes provenientes de familias de clase media, todos, o la mayoría, adolescentes que seguían la tradición familiar o simplemente buscaban encontrar en esa misión un espacio para hacer realidad su vocación de servicio; todos con pautas culturales diferentes, según el lugar de donde geográficamente proviniera, en mi caso del interior de la Provincia de Buenos Aires. Vocación, eso era nuestra razón de ser.

Tres años de pupilaje alcanzaron a nuestros maestros para terminar de moldear nuestro carácter e inculcarnos valores y virtudes como la moral, inherente al fuero interno de cada uno de nosotros y al respeto humano; la ética, aplicada a todas nuestras obligaciones; la dignidad, para ocupar los cargos y ejercer la autoridad; el valor, como cualidad del alma que impulsa a acometer grandes empresas y a afrontar sin temor los peligros; el deber, al que nos somete la moral y el derecho; la autoridad, que deviene del poder para ser ejercitada con justicia y humildad; el mérito, para hacerse merecedor de premios y castigos; el prestigio, para ganar autoridad, y el respeto representado por la consideración y el miramiento hacia los demás.

Internalizamos las enseñanzas, y con un profundo sentido de pertenencia institucional, nos largamos a la aventura de recorrer el camino de la consagración.

Impolutos y con el diploma como carta de presentación, nos destinaron a cumplir con el mandato, a los lugares más disímiles de nuestro territorio bonaerense.

Allí comenzamos otra etapa, nueva y desconocida, veamos:

Nos encontramos en las dependencias policiales con un serio problema de alcoholismo y analfabetismo entre el personal, que alcanzaba a todas las escalas y desnaturalizaba el sentido de la jerarquía, de la disciplina y el deber de obediencia, pues oficial y agente bebían juntos, en servicio o fuera de él.

Predominantemente el analfabetismo estaba instalado en la franja de suboficiales y tropa, no pocos apenas garabateaban lo que pretendía ser una firma, que se fue subsanando progresivamente mediante iniciativas del gobierno, por las cuales maestros o maestras, hijos de policías en muchos casos, daban clases en las propias dependencias y los instruían básicamente hasta desenvolverse por si mismos en la lectura y en la escritura, con eso bastaba para la época.

El alcoholismo siguió siendo un problema por años, jamás fue neutralizado por completo.

Presos de confianza que hacían la limpieza del organismo, los mandados o le cebaban mate al comisario, que vivía aislado, encerrado en su despacho y al que por semanas enteras ni veíamos, mucho menos podíamos consultarle alguna cuestión; el mismo al que habíamos imaginado como maestro, rector de nuestro perfeccionamiento. Seguramente tenía que ver con su pretendida omnipotencia, derivada de la propia ley, pues tenía las mismas atribuciones y prerrogativas que un juez, excepto dos o tres disposiciones que se referían a las garantías individuales y derechos consagrados por la C.N. como el allanamiento de domicilio o la prisión preventiva.

Viejos policías que nos miraban con la desconfianza de aquél que teme ser descubierto de algo, como por ejemplo que habían llegado a oficial “a dedo”, como llamábamos a aquellos superiores que no eran de carrera, al haber sido designados por algún caudillo político, muchos años antes. Muchos impresentables, otros brillantes.

Oficiales que se peleaban por atender determinados casos y hacían de juez y parte, quizás por alguna dádiva, y otros temas de los que nadie quería hacerse cargo por que no dejaban utilidad alguna.

O aquellos que con fama de mujeriegos se paseaban todos los días con una prostituta diferente o se tiraban un lance con la mujer que había ido a hacer una exposición.

Y estaban los que todas las semanas cambiaban su vestuario civil para estar a tono con la moda, o los otros que de buenas a primeras aparecían con un auto y a los pocos meses lo entregaban en parte de pago por uno nuevo.

¡Che pibe, un día de estos te enseño como te podes ganar unos manguitos!,

nos dijo alguna vez, como al pasar, un viejo oficial con aire de leguleyo.

Todo era demasiado promiscuo y nos preguntábamos ¿cómo habían llegado a estos extremos luego de haber recibido una formación como la nuestra?.Esta y otras respuestas había que buscarlas en el tiempo, llegarían solas, sin preguntar.

También existía algún misericordioso que se compadecía de nuestro desconcierto y nos ayudaba a comprender este folclore policial, con la suficiencia de un padre que aconseja a su hijo.

Allí estábamos, llenos de contradicciones, esa no era la policía que habíamos imaginado, nuestra formación colisionaba contra esa realidad degradante y socialmente aceptada, que imponía un sistema de coacción moral, difícil de sobrellevar con 18 o 20 años de edad. Éramos noveles oficiales ansiosos por aplicar y hacer cumplir la ley, pero también por descubrir – y por que no pertenecer o compartir – las bondades de esa misteriosa y contradictoria escenografía.

No había demasiadas opciones, o se aceptaban estas reglas de juego o se solicitaba la baja, para lo cual, si no habían pasado más de tres años desde el egreso como Oficial, se debía indemnizar al estado por todo lo que éste había invertido en la formación y capacitación del hombre. La remuneración era escasa y ninguna de nuestras familias estaba en condiciones de asumir semejante erogación, así que no quedaba otra salida que la de ser complacientes y seguir adelante.

Lenta y progresivamente el tiempo nos proyectaba en ese universo. De pronto nos encontramos cumpliendo ordenes emanadas del poder político-policial con operativos institucionales tan insólitos como provocadores, recordemos algunos: el operativo anticomunista por el cual hubo que identificar compulsivamente a todas las personas sindicadas como tales, en las distintas jurisdicciones de la provincia; el operativo antirrábico destinado a censar todos los perros vagabundos que deambulaban por la vía pública, dado a que se había incrementado la mordedura de éstos; el operativo aurora, que consistía en detener preventivamente a todo alumno con guardapolvo blanco que en horario de clase anduviera por ahí; el operativo imagen, cuya única finalidad era esa, la de proyectar en la comunidad la falsa idea de que la policía estaba activa, cuando las críticas arreciaban. Recuerdo paradójicamente, que más de un policía fue sancionado por ser negligente en el cumplimiento de éste servicio; dicho de otra manera, se castigaba con arresto la imperfección de una falsedad; el operativo moralidad, que apuntaba a preservar la moral y las buenas costumbres, el de minoridad, que implicaba la detención de aquellos menores mendigos o mal entretenidos y el operativo juegos prohibidos, prolijo y matemáticamente establecido, solo para mantener la frecuencia en la detención programada de personas conocidas y una estadística mentirosa con características de pantalla.

Así fueron pasando los años, omnipresentes fiscales de las conductas ajenas, alcanzando jerarquías, poder y placeres efímeros, y al mismo tiempo un compromiso creciente con un sistema perverso y contaminante, desechando progresivamente aquellos valores y virtudes que guiaron nuestros primeros pasos, por resultar incompatibles con la avaricia y la mezquindad, que nos tentaba primero y nos atrapó después. No fue culpa de nuestros maestros ni de las tentaciones, sino de nuestra propia debilidad para resistir el quiebre.

La sostenida influencia militar en la sociedad y en las instituciones, derivada de los gobiernos de facto, aportó lo suyo, dejando heridas abiertas que aún no han cicatrizado. Ese intervencionismo dictatorial encerraba en sí mismo, objetivos de poder y de fuerza; poder para modificar nuestra propia estructura y llevar a cabo un plan, y fuerza para establecer una situación de sumisión fundada en la amenaza. La imposición de ésta violencia, acabó desnaturalizando la misión específica de la policía, ahondando el proceso de descomposición. Fuimos usados y despersonalizados, individual y colectivamente.

Cuando en el 83 recuperamos el estado de derecho para todos los argentinos, en muchos sectores policiales comenzamos a soñar con una reivindicación en lo personal y en lo institucional, pero sucedió que habíamos pasado muchos años conviviendo con prácticas cuasi inmorales, por lo tanto, las conductas tan fuertemente arraigadas, no se modificaron ni los dirigentes políticos se ocuparon de ellas. El sueño se frustró.

No es menos cierto que en medio de una democracia incipiente, el segmento político también aportó lo suyo. Despertaron del letargo compulsivo con sed de recuperar el protagonismo tan largamente postergado. Necesitaron de la fuerza policial para la reconstrucción del poder territorial. Fue un proceso de acercamiento mutuo y creciente. Desde encumbrados dirigentes hasta simples punteros que asumían el padrinazgo de determinados policías tratando de influenciar en sus ascensos o destinos de privilegio, objetivos que generalmente alcanzaban. Quienes no teníamos – como cita el Martín Fierro – “palenque donde rascarse” tratábamos de imitarlos buscando un operador a la medida de nuestras ambiciones. Estas relaciones convenidas, acababan siendo sociedades encubiertas, donde cada uno ganaba lo suyo. La descomposición política y policial se perfeccionaba.

A nadie nos importó enaltecer la historia institucional, sencillamente abusamos de ella para edificar nuestra propia historia. Nos olvidamos de nuestros hombres más valiosos, los agentes y suboficiales que sin solución de continuidad caían honrosamente en cumplimiento del deber, pero eso sí, concurríamos a sus exequias para entregar ceremoniosamente a la viuda, una bandera y una prenda del uniforme que su esposo vistiera por última vez, con eso, habíamos cumplido, ¡cuanta debilidad junta!; luego, nuevamente la indiferencia hasta la próxima víctima.

La soberbia nos embriagó y mostrar el costado más oscuro de cada uno de nosotros se hizo cotidiano, la envidia, la ambición, la desconfianza y la indolencia por los demás, estaban presentes en cualquier rincón de la organización. Las relaciones interpersonales como factor de cohesión y crecimiento desaparecieron, para dar paso a la construcción del poder individual basado en el materialismo más puro, en lugar del poder institucional trascendente. La predominante creencia maquiavélica de que “el fin justifica los medios” hizo el resto.

Íntimamente éramos conscientes de que toda la política institucional se diseñaba en la cúspide de la pirámide, es decir la jefatura de policía, y que estaba específicamente destinada a mantener los privilegios de unos pocos en detrimento de muchos. Esta práctica favorecía las divisiones internas con la conformación de grupos que respondían a tal o cual jefe, los que tarde o temprano terminaban confrontando por los espacios de poder. Aquellos que resultaban vencedores imponían a su parcialidad en los destinos mejor subvencionados y en la cabeza de las listas para el ascenso al grado inmediatamente superior, independientemente de la idoneidad. Era, ni más ni menos, que el pago a la fidelidad, con un marcado sentido mercantilista. Esta vil metodología también facilitaba la conformación de pactos o sociedades encubiertas entre superiores y subalternos.

Ya se escuchaban por entonces, voces desde diversos sectores demandando por mayor seguridad y transparencia, criticando la relación de la policía con la comunidad, especialmente los actos de corrupción perpetrados por algunos de sus integrantes. Ni siquiera el oprobio generalizado que siguió, alcanzó para hacernos ver que era impostergable una autocrítica a partir de la cual se crearan las bases de una profunda reformulación integral, para recuperar el prestigio y la credibilidad que alguna vez tuvimos. Debimos comprender que una policía de excelencia, en sus acciones y sus cuadros, permite el sostenimiento de algunas ventajas y privilegios internos, a partir del reconocimiento social; por oposición, una policía desmadrada se convierte en una organización con características mafiosas.

Dado el acoso delictivo y la inoperancia policial, no faltaron sectores o grupos sociales que criticaban la mayor permisibilidad y aumento de la criminalidad en el marco de una naciente democracia, añorando el régimen dictatorial ido. Voy a detenerme un instante en ésta circunstancia para hacer algunas consideraciones que me asisten como a cualquier ciudadano. Eran entendibles, aunque injustificadas éstas críticas. Las tropas militares en operaciones policíacas, provocaban en la sociedad – específicamente en las clases más pudientes, la media y la alta - un sentimiento de pseudo proteccionismo, únicamente contra las organizaciones delictivas, pero no dudamos en aceptar sin inmutarnos, que el régimen cometiera un crimen más aberrante como es la supresión de los derechos y garantías individuales.

La parcial visión de mayor permisibilidad no era más que el resultado de la debida observancia y plena vigencia de dichas garantías individuales y el debido proceso consagrados en nuestra Carta Magna.

El aumento de la criminalidad no quería decir que el régimen no tuviera criminalidad, lo que ocurrió es que por el temor y la sumisión estaba transitoria y forzadamente contenida, pero potencialmente activa esperando el momento para resurgir.

Las bondades de un sistema democrático perfectible no se pueden apreciar ni comprender en su magnitud, sobre todo cuando recién se ha instaurado en un país sometido durante decenios, a sistemáticos golpes de estado.

Es cierto, alcanzar la democracia plena no es tarea sencilla, requiere de un proceso de construcción permanente en el que todos, sin excepción, seamos parte y de un proyecto de país previamente consensuado. Una democracia imperfecta es tan indeseable y autoritaria como un régimen de facto.

Para entender esto deberemos asimilar toda nuestra capacidad cívica y de manera irrenunciable proclamar que seremos lo que queramos ser: ciudadanos de primera, cuyos derechos no declaman sino que ejercitan. Lo otro, seremos lo que nos dejen ser: ciudadanos de segunda con derechos relativos.

No puedo resistir la tentación de preguntarme si a 24 años de haber recuperado el estado de derecho ¿hemos comenzado ese proceso de construcción democrática? y en su caso ¿en que etapa estamos?, ¿somos o parecemos ser?, ¿o es que todavía, pese a la globalización de la post modernidad, subsistimos atrapados por las viejas antinomias que no nos permite vislumbrar una sociedad de bienestar y progreso?.

Pero volvamos a la esencia de nuestro propósito.

¿Era por entonces, racionalmente imaginable una policía ideal comprometida con la sociedad, en la defensa de sus intereses, o éramos nada más que una real expresión de la decadencia generalizada?. Y en todo caso ¿qué pretendía la sociedad, complaciente con nuestras conductas, que no fuera una policía encapsulada, marcadamente represiva, autoritaria e inmoral?. Básicamente, era lo que había, una policía acorde con nuestros merecimientos temporáneos.

Pero además; ¿realmente la sociedad quería la construcción de una policía absolutamente despolitizada, prestigiosa, de excelencia, aséptica, tecnificada, con capacidad de inteligencia y análisis, honesta y creíble en sus acciones?, ¿a quién le convenía una policía con éstas características?, incorruptible, capaz de autodepurarse, de investigar y poner al descubierto asociaciones criminales, con intereses corporativos en los ámbitos políticos, económicos, sociales o culturales?, ¿no sería demasiado peligrosa?. Si nos preguntáramos a quién o quienes no le convenía, seguramente encontraremos respuesta a muchas de nuestras dudas, por que se acota el abanico de interesados.

En el mismo sentido y para ampliar el concepto, ¿era y es la seguridad, responsabilidad exclusiva y excluyente de la policía?. Siempre creímos que no, por que los comportamientos humanos disvaliosos son de naturaleza cultural o sub cultural, económica, social, ideológica o religiosa. Cuando el delito crece significa que han fracasado las políticas oficiales, en cuyos diseños la institución no interviene, es sistemáticamente ignorada. Descargar las culpas solo en la policía, es un facilismo inaceptable.

De todos modos el tiempo se había agotado, por lo que institucionalmente debíamos tomar decisiones trascendentes y enviar un mensaje de esperanza a la sociedad, producir un crack, un antes y un después, pero en ésta lucha intestina por subsistir, la vertiginosidad de la carrera por llegar primero y la ambición personal, derivada de una concepción donde el interés general se subordinaba al individual, ¿quién estaba en condiciones de “arrojar la primera piedra”?, ¿con que autoridad moral?, ¿quiénes y cuántos acompañarían?, ¿valía la pena el intento?. Hoy, con mis reproches a cuesta, creo que sí.

El obstinamiento, una mentalidad pedantesca, la falta de iniciativas estratégicas y la ausencia de una visión prospectiva en los sectores con mando y poder de decisión, nos condujo a un estado de anarquía terminal. Toda la política institucional se diseñaba bajo la influencia de una figura caudillesca, el Jefe de Policía, cuyas verdades eran absolutas. Hubo un acompañamiento cómplice, cuanto menos indiferente del poder político de entonces, tal vez por aquello de las sociedades encubiertas. No podía ser de otra manera, como oficiales superiores, definitivamente claudicamos y resignamos roles que eran indelegables, como el de ser formadores de nuevas generaciones de policías para el futuro, en el marco de aquellos valores y virtudes que otrora guiaran nuestros primeros pasos.

Como en todas las reglas, existieron las excepciones, policías probos, íntegros, inteligentes, capaces, y por sobre todas las cosas infinitamente honestos, pero no accedían a los más altos niveles de decisión ni de conducción por que en sí mismos representaban una potencial amenaza de cambiar las reglas de juego de la corporación, afectando intereses bien delimitados. Por lo tanto, sus promociones y destinos estaban sujetos a planificadas manipulaciones. La manipulación, repudiable recurso empeñosamente practicado, no solo en nuestra organización. Fueron entonces, una selecta minoría que por tal, carecieron de la fuerza y el acompañamiento necesario para imponer sus convicciones por sobre un sistema corrupto, políticamente correcto.

Es justo reconocer, en el mismo sentido, que hubo intervenciones dignas del reconocimiento general, procedimientos de una gran complejidad que culminaron con la satisfacción del deber cumplido, pero hablar de éstos sería como vanagloriarnos por haber cumplido con los deberes propios del funcionario público. Por otro lado, la entidad y contundencia de una autocrítica debe estar fundada principalmente en los desaciertos, nunca en los aciertos.

El tiempo, implacable, nos fue acercando cada vez más al retiro de la actividad; varias generaciones de jefes y oficiales deambulamos por la vida o lo que nos queda de ella, convencidos de haber vivido un tiempo mejor, para mí, como ya expresara, diferente.

Salvo honrosas excepciones, muy pocos solicitábamos el pase a retiro, al cumplir 30 años de servicios como establecía la ley, todos ignorábamos sistemáticamente esa norma y seguíamos estando, algunos para mantener el status, otros especulando con algún golpe de suerte, hasta que nos sorprendía el retiro obligatorio, dispuesto por el nuevo jefe que no nos tenía en sus planes. Ese jefe que había llegado a la máxima conducción de la fuerza con los condicionamientos políticos del gobierno que lo había encumbrado, esgrimía la fórmula de la crítica destructiva a la gestión antecesora, como si él no hubiera pertenecido a ella. No importaba si el jefe depuesto había renunciado de “motu propio” por defender los altos intereses institucionales; siempre existía alguien dispuesto a sucederlo y aún, a descalificar ésta defensa. Ergo, la ética y la moral bastardeadas.

En tanto desde el gobierno, seriamente cuestionado por los actos de corrupción institucional que siguieron siendo noticias y el alarmante incremento de la actividad criminal, so-riesgo de pagar un costo político incalculable, se vieron forzados a ensayar respuestas mediáticas para calmar el humor social. Las explicaciones oficiales fueron – a mi entender – simplistas; todo estaba originado en la corrupción policial, pero con ello no alcanzaba, era necesario tomar la iniciativa política e implementar una transformación estructural en la Policía de la provincia de Buenos Aires.

No voy a abundar en detalles, pues todos sabemos como terminó. Los experimentos e improvisaciones en materia de seguridad pública se llevaron los bienes y la vida de miles de hermanos; la prescindibilidad e inestabilidad laboral a la que están sometidos los trabajadores policiales es la peor herejía jamás imaginada. Nosotros – especialmente mi generación - tuvimos la oportunidad histórica de evitarlo estando en actividad, y no quisimos, no pudimos o no supimos como hacerlo.

Se deben construir los cimientos de una nueva corriente de pensamiento crítico, asentado en la teoría del disenso, para alcanzar un consenso genuino, fuertemente sostenido y orientado al establecimiento de nuevas pautas en la relación policía-comunidad. Es necesario desestructuralizar y cuestionarnos las creencias, los dogmas, los mitos, las virtudes y hasta nuestras miserias para definir con certeza que y como queremos ser hacia delante. Debemos plantearnos la despolitización partidista, de una vez y para siempre, cuyos efectos, en términos institucionales, han sido devastadores.

El poder político no debe tener una visión individualista del problema por que no acierta en el diagnóstico y mucho menos en el remedio. Debe tener en claro que cualquier transformación hay que hacerla con la policía y no contra la policía, a partir del individuo como el centro de una espiral, para facilitar y estimular la aparición – en el seno de ella – de nuevos modelos. El declamado esfuerzo por la reivindicación institucional, se convierte en abstracto si en ese esfuerzo no se incluye al individuo como el hacedor de un destino de grandeza. Sentimos la necesidad de revalorizar el sentido de pertenencia para oponerlo al de la vergüenza.

Los pilares fundamentales de una nación que se pretenda libre, justa y soberana, son sus instituciones, a las que hay que preservar tanto como a los hombres. Es por ello que no se puede hablar de refundación institucional, que con tanta ligereza se expresaran funcionarios del gobierno, por que sería negar la historia y descalificar a quienes con su aporte patriótico, la consolidaron. Se podrá enriquecer con la inclusión de nuevos descubrimientos, pero jamás negarla. Los hombres pasan, las instituciones persisten. Atacarla para debilitarla, y en el peor de los casos extinguirla, es como atacar la institución fundamental en una sociedad organizada: la familia, para extinguir sus descendientes.

¿Se puede resolver la inseguridad ciudadana, pensando solo en la reforma estructural del cuerpo policial?. Es seguro que no, aceptarlo sería otro facilismo. Para resolverla es necesario tomar a la seguridad como una cuestión de estado, comprometiendo recursos económicos al servicio de un trabajo inter y multidisciplinario, con roles bien definidos e instituciones preparadas para la consecución de los objetivos de corto, mediano y largo plazo. La prevención no es solo tener a la policía en la calle, es además, la posibilidad de integrar a los sectores más postergados, facilitándoles el acceso a una mejor calidad de vida, por medio de ofertas convincentes para lograr que emigren de aquellos ambientes sub culturales o contra culturales que los llevaron a la criminalidad. El compromiso interministerial entonces, será determinante.

Expresiones como policía de Buenos Aires II, comunal, distrital, de seguridad, vial, de investigaciones, residual, etc. no son más que simples denominaciones que inducen al error de interpretación, la única verdad es que son todos policías en el ámbito de la provincia de Buenos Aires, nosotros, los retirados, también.

Hoy, como ayer, hemos hecho de nuestro centro de oficiales retirados un ámbito de estrechez espiritual, melancólico y fosilizado donde predominan las trivialidades, las disputas internas, o el tedioso recital de anécdotas pasadas con que alimentamos el ego, ámbito donde hipócritamente reivindicamos el pasado, condenamos el presente repartiendo culpas en los demás, pero gozamos con el reconocimiento y la movilidad salarial dispuesta por los mismos culpables y, cuando hablamos del futuro, que lo construya otro. Me pregunto ¿a quién le echamos la culpa por el desamparo y la orfandad institucional?, ¡a nadie! fuimos nosotros quienes no supimos protegerla ni preservarla de la desinstitucionalización.

Seguimos dando muestras de un personalismo anacrónico que nos dispersa, con lo cual la cohesión es una utopía. Si fuera posible cada uno de nosotros aspiraría a tener su propia organización, desde la cual se pudiera – independientemente de los fines solidarios que se puedan argüir – alimentar la ambición y construir poder.

Hoy, vale decirlo, además del centro de retirados, contamos con el consejo permanente de comisarios generales, el círculo de jefes y oficiales, el círculo de suboficiales y tropa, la asociación profesional de policías de Buenos Aires (APROPOBA) y el centro mutualista de retirados policiales (CEMURPO). Es hora de pensar en sumar y no en dividir. Particularmente defiendo la idea de una organización única colegiada, al mejor estilo de los países desarrollados, que nos contenga a todos y donde sea posible el ejercicio democrático del debate de las mejores propuestas. Terminemos con el gatopardismo.

Tenemos que asumir los desafíos de la hora actual con inteligencia y acabar con la crítica reiterativa, endeble y exasperante buscando culpables en los demás. Toda pretendida intromisión encontrará un límite, el que nosotros podamos marcar si somos capaces de elevar la autoestima y agiornar nuestras capacidades, manejar el sentido de la oportunidad y sobre todo, demostrar que no somos más de lo mismo, que hemos construido una organización fuerte, pluralista, ágil, solvente y cohesionada, moral y éticamente irreprochable, con inclinación a los pronunciamientos corporativos más que a las declamaciones intrascendentes. Quien hizo mejor lectura del futuro, fue sin dudas, APROPOBA, ejemplo de democracia participativa intra institucional. Ha comenzado a recorrer el largo camino de la sindicalización policial, objetivo superior que tarde o temprano alcanzará. Nadie nos reivindicará si no estamos dispuestos a reivindicarnos a si mismos. El secreto está en encauzar de la mejor manera toda nuestra energía positiva para encaminarla hacia la conquista y reafirmación de derechos que hasta ahora se nos niegan. Es una tarea de todos, de nadie en particular.

Será difícil, por no decir imposible, instalar el debate acerca de una autocrítica pública de carácter institucional, sería un acto de grandeza al que no estamos acostumbrados, de todas maneras nos la debemos y se la debemos a la sociedad, por ello, tarde o temprano se tendrá que hacer, para lo cual deberemos vencer nuestra natural tendencia a la negación de todo aquello que se parezca a un examen de conciencia. Admitir que esta actitud puede ser enriquecedora, pero por sobre todas las cosas reparadora, en términos de contribuir al futuro, es también un gesto de humildad.

No hacerlo, en definitiva, implicará perder una segunda oportunidad histórica que nos aleja de la necesaria reconciliación socio-policial; no debemos ni podemos ignorar que fuimos, en gran parte, los artífices de las vicisitudes que debió soportar la institución y ésta verdad, aunque relativa, no admite excusas y mucho menos exculpación. Mal que nos pese, fuimos gerenciadores y administradores de la vieja policía, con todas sus prácticas viciosas y también con sus virtudes. Hay que asumir la responsabilidad, si es que todavía nos queda un ápice de integridad, pues la historia se hace entre todos. En ésta línea de pensamiento, sostengo y reafirmo que esclarecer el pasado asumiendo las culpas, sería el mayor aporte que podamos hacer para las actuales y venideras generaciones de policías. No podemos ni debemos mirar para otro lado, ellos también comenzaron como nosotros, hagamos votos para que no terminen igual.

Quienes hoy ocupan la titularidad de los organismos en ésta nueva policía, fueron nuestros oficiales subalternos que han dado muestras de entereza profesional; asimilaron el pasado, se comprometieron con el presente y están construyendo el futuro, el mismo futuro del que a nosotros – los retirados – poco nos importa. Es inevitable pensar y no olvidarse de ellos. No fueron responsables de la vieja policía, ni de su desprestigio, pero estuvieron en ella cumpliendo nuestras ordenes. Soportaron estoicamente el proceso de transformación que los obligó a reciclarse y están poniendo lo mejor de sí al servicio del interés general, incluso del nuestro. Hoy están estigmatizados, pero el éxito de ellos producirá efectos reconfortantes para todos.

Me consta que todo esto no les ha resultado sencillo, sus dudas con lo desconocido, el sentimiento de inseguridad e inestabilidad que genera toda iniciativa de cambio y el temor a convertirse en residuos contaminantes, no alcanzaron para doblegarlos, por el contrario, les sirvió para revalorizar la autoestima y sobreponerse definitivamente a éstas contrariedades. Han hecho gala de un prudente silencio, el de la reflexión.

Nunca como ahora, el pasado es también presente y futuro.

Debe quedar claro que no soy oficialista, tampoco opositor por que como ya expresara, al haber tomado distancia de la actividad, también lo he hecho de posicionamientos ideológicos o afectivos.

Queda claro pues, que el proceso de descomposición que nos tuvo como principales protagonistas, se inició en el momento mismo del egreso de la escuela policial. Nos habían instruido para ser parte de una institución ideal y nos encontramos con otra real que conspiró en contra de nuestras convicciones y nuestros proyectos de realización. Nos enseñaron a volar pero no a mantener el vuelo. Ese fue – hoy lo se – nuestro mayor desafío; convivir por largos años en la mediocridad sin que ésta se llevara puesta nuestra dignidad. Convivir para conocerla, pero sobre todo para combatirla, con la firmeza de los principios.

Hemos comprobado fehacientemente que el marco teórico por excelente que sea, es insuficiente para cambiar la realidad que se rige por otros códigos. Si a la teoría que enriquece la inteligencia no la subordinamos a la férrea voluntad por mantener indemnes nuestros principios éticos y morales, ninguna transformación positiva será posible. Entiendo que la teorización debe servir fundamentalmente para ayudarnos a encontrar la fórmula de un pensamiento nuevo, confrontativo, en aras de la verdadera proyección individual y colectiva.

La pregunta sería:

¿Qué tan arraigados deben estar en el ser humano los valores por los que se alcanza lo auténticamente trascendente?. No lo se, como tampoco se si hay alguien a quién le importe.

Si se, que pasamos furtivamente por una institución con más pena que gloria.

Para finalizar, de ninguna manera he buscado herir susceptibilidades y si no lo he podido evitar, ha sido en honor a mi verdad, que con seguridad, no es la única.

-16 de abril de 2007.

Hugo Alberto Vaccarezza

Comisario Mayor (RA)

Secretario de Asuntos Laborales Apropoba

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CAMPAÑA SUCIA A COSTA DEL BUEN NOMBRE Y HONOR DE LOS POLICÍAS, nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

CAMPAÑA  SUCIA, A COSTA DEL BUEN NOMBRE Y HONOR DE LOS POLICÍAS…

 

Parece mentira, pero algún candidato aspirante a la presidencia, en medio de sus encendidos discursos prometiendo un “cambio justo” para conquistar voluntades a su favor, a la hora de abordar el tema acuciante de la inseguridad desciende a la charlatanería con el fin evidente de confundir a la gente, y como ya es un clásico en algunos políticos, nada más efectista y económico que seguir haciendo leña de este árbol caído que es la policía. Es decir ensañarse en la difamación indiscriminada al componente humano de la fuerza, sabiendo que nadie le exigirá disculpas.

En este marco de campaña electoral estamos viendo, en estos días, a uno de los postulantes a la presidencia de la nación, Diputado Sergio Massa, prometiendo a la comunidad terminar con la inseguridad reinante en el país, aunque indudablemente su mensaje estaba dirigido al electorado bonaerense. Y para ello recurre a un mensaje mentiroso y sucio…

El mensaje es mentiroso, se engaña a la sociedad descaradamente porque aporta datos que no son reales. Y es sucio el mensaje, porque se elabora pisoteando el buen nombre y honor de miles de hombres y mujeres de la Policía de la Provincia de Bs. As., trabajadores como el que más, ciudadanos además con todos los derechos y garantías que nos da la Constitución, que fueron injusta y arbitrariamente declarados prescindibles.

El Diputado MASSA para resaltar las cualidades del candidato a gobernador de su espacio, que será el otrora acérrimo menemista Ingeniero FELIPE SOLÁ, hace hincapié en la gestión que este tuviera ya en la provincia como gobernador y enfatiza como un gran mérito que “haya tenido el coraje de haber echado a miles de policías corruptos…”

La gran mentira es que el ex ministro de Menem, Felipe Solá, tuvo una gestión nefasta en materia de seguridad. No pudo resolver favorablemente la cuestión, fundamentalmente por necio, defendió incondicionalmente el execrable experimento de León Arslanián  y fue el periodo de más alto índice de criminalidad; y de mayor cantidad de policías muertos por la delincuencia. Lo dijimos desde APROPOBA durante su gobernación y lo reiteramos ahora.

Y decimos también que el mensaje es sucio. Efectivamente echó a miles de policías y para justificar el brutal abuso de poder que eran las purgas (como le gustaba llamar a los despidos bajo el amparo de una ley de emergencia) se informaba a la prensa que eran declarados prescindibles por corruptos. Y la verdad es muy distinta. Los masivos despidos injustificados obedecían a instrucciones o recomendaciones del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) dirigido por el ex Montonero, terrorista y asesino HORACIO VERBITSKY y por organizaciones de DDHH, con el único argumento de que la mayoría del personal de la policía provincial, habían ingresado a la fuerza en tiempos de la dictadura. Aprovechando un mínimo de personal sumariado, agregaron a miles sin antecedentes ni causas ni denuncias y los metieron en la misma bolsa. Buenos policías con experiencia y antigüedad suficiente como para liderar el trabajo de los más jóvenes fueron separados y difamados; injustamente fueron convertidos en parias sociales…

A esta repudiable ignominia cometida por el entonces gobernador Felipe Solá, el precandidato presidencial Sergio Massa la describe como un acto meritorio y de coraje; es decir que Massa avala el abuso de poder cometido por el ex gobernador y actual pre candidato y vuelve el mismo a difamar públicamente a aquella mayoría de camaradas injustamente separados de la institución.

Debemos decirle al Sr. Massa que si en nuestra policía existía personal con intenciones de votarlo, el solo hecho de haberlo nominado a Felipe Solá y ahora elogiarle sus abusos de poder, los espantó a todos. Los policías jamás votaremos una lista donde aparezcan nombres como Eduardo Duhalde o Felipe Solá. Porque detrás de ellos llegaran también los amigos de Arslanián y porque todos ellos son los responsables principales de la destrucción de todo el sistema de seguridad pública de nuestra provincia y de las nefastas reformas procesales; ambos patrocinaron el increíble experimento de León Arslanián, que sumió a la provincia en más de una década de dolor y lágrimas, con miles de personas, entre vecinos y policías, que regaron las calles bonaerense con su sangre; y todo por sostener un plan que desde el inicio estaba destinado al fracaso. Y haremos todo lo posible para que familiares y amigos nos acompañen.

De paso, pedirles también a aquellos camaradas nuestros, que honestamente y con todo derecho se han integrado al espacio de Sergio Massa, que traten de hacerle saber de la indignación que ha provocado en la fuerza los elogios a quién durante años, mediante malos tratos y mortificaciones varias,  lograra que los policías no trabajasen o lo hicieran a desgano; a quién, además, nos despojara, nos robara impunemente, mediante Ley 13437/06, el 50% de una deuda generada por el Decreto 1014/97 de otro “mente brillante” de nombre Eduardo Duhalde, siendo gobernador de la provincia.

Mejor sería que Massa y todos los candidatos, nos dijeran como piensan normalizar el desbarajuste de la administración del personal y cómo van a afrontar el pase a retiro “congelado” de miles de policías pasados en años de servicio, algunos hasta con 40 años de actividad, sin resentir las finanzas de nuestra Caja de Retiros; como así las demás deudas que el estado tiene con el personal –muchas ya judicializadas- en actividad y retirados, sin el despojo que ya nos hiciera Felipe Solá.

La gestión de Felipe Solá en cuestiones de seguridad fue un brutal fracaso. Y de llegar a ser electo gobernador no hará otra cosa que no sea lo mismo y tratar de legitimar el verdadero desastre que causó al pueblo bonaerense, cuyas secuelas aún padecemos.

13 de Julio de 2015.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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UN 25 DE MAYO, PERO DE HACE 40 AÑOS - Reedición de nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

UN 25 DE MAYO, PERO DE HACE 40 AÑOS, MONTONEROS COMETÍA OTRA DE SUS “HAZAÑAS”: INTENTABAN COPAR LA CRÍA. 2DA DE MAR DEL PLATA Y ASESINABAN A OTRO POLICÍA…

 

Mucho se ha escrito ya, y hablado, de aquella trágica etapa de la vida histórica argentina comúnmente llamada “década de los ‘70”, aunque en los últimos tiempos se habla y se escribe una historia paralela, falaz, tergiversada. No obstante todos los litros de tinta y de saliva que se han consumido para contar mentiras, no alcanzarán nunca para tapar toda la pura verdad que emana de la sangre derramada, sin sentido, de víctimas inocentes, de civiles y de uniformados, cuyos familiares, compañeros y amigos seguimos reclamando justicia.

Este 25 de Mayo se cumplen 40 años de un sangriento y cobarde episodio protagonizado por una de las bandas terroristas que asolaba la patria en aquellos tiempos. El Ejercito Montonero, así se habían autodenominado. Desde APROPOBA, como homenaje al camarada asesinado y como un aporte a la verdad histórica, relataremos aquel acontecimiento lo más ajustado  la realidad que nuestra memoria nos permita. Antes, una breve aclaración:

En el año 1975 los argentinos vivíamos en democracia. Existía un gobierno legítimamente elegido por el pueblo, aunque por razones motivadas fundamentalmente en pujas ideológicas, gobierno y democracia estaban jaqueados por una violencia irracional de estos grupos de clara orientación marxista, antidemocráticos, dirigidos desde el exterior, que se financiaban con dinero de secuestros extorsivos y asaltos a bancos, cuya meta final no era otra que la instalación por la fuerza de una dictadura marxista castrista.

La maldita ideología política fundamentalista de un sector, al que nadie votó ni le pidió –por ningún motivo- que se alzaran en armas contra la nación, fue la causante del desastre que nos arrastró a todos bajo una especie de tsunami de bombas, de balas y de sangre. Y los políticos mediocres que abundaban en aquella época –que no eran todos por supuesto- fueron los responsables. Por acción o por omisión no estuvieron a la altura de las circunstancias; no evitaron los nefastos acontecimientos que en esos días se avizoraban inminentes.

La mayoría de la dirigencia en general, rodeados de custodios, estaban cómodamente en la tribuna vip de esa especie de Circo Romano que parecía nuestro país. Se escandalizaban de ver como guerrilleros, militares y policías, todos compatriotas entre sí, nos trenzábamos en la arena en una horrible y dantesca matanza.

Arengaban a las fuerzas regulares del estado a combatir, “…a salvar la república y a la democracia de estas bandas de traidores terroristas…”decían a los gritos. (Luego esos mismos dirigentes como vulgares tránsfugas y cobardes, se borraron sin pagar la cuenta, hasta hoy. Dejaron al país tirado en la banquina…)

En este contexto ocurre el sangriento ataque de un grupo montonero integrado por unos diez guerrilleros, decididos a copar la Comisaría 2da de Mar del Plata, con el claro propósito de rescatar a un grupo de terroristas asesinos que se encontraban detenidos en esa dependencia.

Era un domingo aquel 25 de mayo del año 1975. Desde horas tempranas caía una llovizna constante sobre la ciudad y prácticamente todo el día había estado dominado por la agenda de los festejos patrios. Durante la tarde, los patrulleros del Comando Radioeléctrico (la única fuerza policial de desplazamiento rápido de entonces) estaban en el estadio polideportivo custodiando el desarrollo de un importante campeonato de patinaje sobre ruedas. Solamente había quedado en la base un reten de dos móviles con personal para la seguridad del edificio policial. Eran las 17.00 hs…

“¡…Están  atacando a la segunda…están atacando a la segunda...!” se oyó gritar desesperado a un taxista, desde el frente de la ex Unidad Regional y ex Comando Radioeléctrico, en la esquina de Gascón y Entre Ríos…

Con todo lo que tenían en ese momento, seis hombres en dos patrulleros, con los miedos suprimidos por la decisión inquebrantable de hacerles frente a los miserables sicarios y apátridas que hoy llaman “jóvenes idealistas”, partieron raudamente hacia la Seccional Segunda, ubicada a pocas cuadras. Llegaron por las dos esquinas opuestas con la idea de encerrar a los agresores. Pero ya se habían ido…

En la vereda, frente al acceso a la Comisaría, habían dejado su marca de siempre. El cuerpo sin vida del Suboficial Lorenzo ALVAREZ que había estado en el puesto de imaginaria, y otro hogar argentino destruido que se sumaba a la larga lista. Los malnacidos montoneros, como era su estilo, lo fusilaron por la espalda, un tirador ubicado en la vereda de enfrente, entre el público, sin darle posibilidad de defenderse…

Personalmente no conocí a Álvarez, pero aquel día conocí a su madre. Entre mis manos tuve sus manos temblorosas y sus lágrimas corrieron por mi rostro marcándome para siempre, para no olvidarme jamás aquella orgía de sangre y dolor desatada por un grupo de hombres y mujeres fanatizados, psicópatas asesinos, manipulados como títeres desde afuera, que a su vez arrastraron a la muerte a miles de jóvenes. Y que hoy pretenden erigirse en próceres.

¡Para nuestro camarada Cabo LORENZO ALVAREZ y su familia, nuestro más sentido homenaje!

En la oficina de guardia, tendido en el piso estaba también muerto uno de los infames traidores que había pagado con su vida el atrevimiento de atacar a un dependencia del estado argentino, y la agresión a un servidor público, que en su uniforme lucía orgulloso los distintivos de la patria.

Gracias a la valiente defensa de los escasos tres efectivos de guardia, los asesinos que eran superiores en número y en armamento, pero no en ideales ni en valor, huyeron como ratas -porque solo eran valientes con los desprevenidos y con los indefensos- sin lograr el rescate de los compañeros que estaban presos a disposición de la Justicia de la democracia…

Para estos camaradas anónimos de la Comisaría 2da –como tantos otros en toda la provincia- que defendieron a sangre y fuego los ideales de libertad y democracia, nuestro homenaje y un profundo agradecimiento. Es gracias a hombres como ellos, a los muertos y a los heridos, que los argentinos no hemos perdido la democracia para siempre, en aquellas contiendas de los ‘70.

La  Seccional fue rápidamente rodeada por los vecinos que se acercaron  a solidarizarse con la policía. Vimos a mujeres y hombres llorar por el efectivo caído. Oímos gritos de gente indignada, reclamando represalias cuando se hizo presente el Juez Federal; y también un cerrado aplauso, y abrazos, cuando el público identificó y tomó contacto con los tres uniformados que a puro coraje habían resistido el ataque. La gente tenía bien en claro quienes defendían a la patria y sus instituciones, y quienes pretendían apoderarse de ella para imponer ideologías foráneas…

El cortejo fúnebre del Suboficial Lorenzo ALVAREZ tuvo también la característica de aquellos tiempos; como ocurría cada vez que era asesinado un uniformado por los guerrilleros. A lo largo de casi toda la avda. Independencia, camino al cementerio, todos los comerciantes y trabajadores, de las distintas actividades, hicieron un alto en sus tareas y salieron a la vereda,  y con un estremecedor silencio rendían homenaje al policía caído.

Toda la dirigencia política, gremial, empresarial, las instituciones publicas, todas las confesiones religiosas y la prensa en general, repudiaron públicamente el criminal hecho y reclamaban que se ponga término al baño de sangre.

Pasaron 40 años de aquel fatídico día. La frágil memoria de los mayores y la pusilanimidad de un sector importante de la dirigencia en general y en particular de gran parte de la prensa, ha contribuido para que un grupo de desaprensivos, profesionales de la farsa, con la mas absoluta impunidad, tergiversen la verdadera historia argentina de la mentada década de los ’70 y construyan otra historia, una historia trucha, que pareciera haber salido de La Salada, que es la que está consumiendo la juventud desde hace muchos años…

Así es como las verdaderas víctimas de la violencia de los ’70, los familiares de todos los muertos por las bandas guerrilleras, policías, empresarios, gremialistas, militares y civiles; los heridos y todos quienes tuvimos la suerte de sobrevivir de aquella tragedia, hoy somos maltratados y agredidos por el gobierno.

Seguro que no existe ninguna calle, ni plaza, ni escuela, ni aula, ni cátedra con el nombre de los verdaderos mártires como el Cabo Lorenzo ALVAREZ, asesinado alevosamente en tan emblemática fecha. Su viuda, que por entonces tenía 28 años, ni el pequeño hijo de 1 año y meses que debió criarse sin padre, gozan de ningún reconocimiento del Estado. 

En cambio el asesino demencial que murió atacando la Comisaría Segunda, y quienes le quitaron la vida al suboficial Lorenzo ALVAREZ, seguramente debe integrar alguna lista como “victima del terrorismo de estado”, quizás algún día nos enteremos que su nombre pasó a ser ilustre, y la familia sin duda debe estar usufructuando una suculenta indemnización que pagamos entre todos los argentinos; además de habérseles exceptuado de obligaciones impositivas de por vida. 

De todos modos deben saber que la justicia llegará. Por lo pronto quienes integraron aquellas hordas asesinas, por mas que hoy estén en sitios de privilegio, nunca podrán mirarnos de frente ni al mas modesto de sus compatriotas. Porque los argentinos bien nacidos sabemos la verdad, que la trasmitiremos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

Sabemos que el puesto que ostentan y el dinero del estado que cobran, no les pertenece. Y no lo merecen. Y tarde o temprano sus nombres integrarán  la lista que les corresponde: la del deshonor.

Por eso es bueno que recordemos, y que los mas jóvenes sepan, que un 25 de Mayo, pero de 1975, cuando el reloj marque exactamente las 17.00 horas, un grupo de guerrilleros asesinos, alzados contra la democracia y el estado de derecho, fusilaron por la espalda al Cabo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires LORENZO ALVAREZ, y otro tres valientes camaradas, en inferioridad de condiciones, defendieron a puro coraje aquel ominoso ataque al Estado argentino.

25 de Mayo de 2015.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de Apropoba

jescanav@hotmail.com

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PARA EL GOBIERNO DE LA PROVINCIA LA VIDA DEL POLICÍA NO VALE NADA... Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

PARA EL GOBIERNO DE LA PROVINCIA, LA VIDA DEL POLICÍA NO VALE  NADA…

 

Muchas veces hemos advertido desde  ésta, nuestra página, a las autoridades de gobierno de la provincia, cada vez que se anuncian inversiones multimillonarias y también –como un clamor- cuando a poco de asumir el Sr gobernador Daniel Scioli –año 2007- prometió un abordaje integral de la problemática seguridad/inseguridad, que la mejor profesionalización que imaginen; los mejores patrulleros y pertrechos; los mejores sueldos; los mejores planes operativos; la mejor política de seguridad que se pueda elaborar; el armamento más sofisticado que se les provea; y por más que se aumente el número de policías, todo, absolutamente todo, servirá muy poco o nada  si no se reparan las injusticias cometidas contra los uniformados y simultáneamente no se satisfacen las necesidades básicas, humanas e impostergables de los policías, como ser sus pésimas condiciones laborales y la calidad de atención que el Estado-patrón debe a las mujeres y hombres encargados de hacer cumplir fielmente las leyes de la sociedad.

El Sr. Gobernador prometió públicamente un abordaje integral; castigar a los malos policías y respaldar a los buenos…

Lamentablemente nuestro gobernador no cumplió con su palabra empeñada. A lo largo de sus dos periodos de gobierno desde APROPOBA hemos verificado un sinfín de incumplimiento de obligaciones que el estado tiene para con los uniformados, y que sería extenso enumerar. Solamente voy a resaltar las relacionadas con la vida y la salud del personal.

Las condiciones de seguridad en que trabajan los policías son paupérrimas, escandalosamente abandonados a su suerte. No hay chalecos suficientes y muchos de los que hay están vencidos; falta blindaje en los patrulleros, y lo más grave EL PERSONAL QUE TRABAJA EN LA CALLE NO RECIBE ENTRENAMIENTO EN TIRO. Ya sabemos las consecuencias de ello. Desde APROPOBA lo hemos advertido y pronto volveremos con el tema.

Se les retiró el armamento apropiado para su defensa, quedando solamente con un arma de puño, lo cual los deja en importante inferioridad ante el delincuente asesino.

Hemos advertido con el fundamento científico obtenido de profesionales de la salud, acerca del Estrés que sufren los trabajadores policías debido a la compleja y peligrosa labor policial.

En varias oportunidades advertimos también acerca de los Trastornos del Sueño que sufre nuestro personal, debido al abusivo recargo de servicios a que son sometidos, y que resignadamente aceptan para poder sumar un peso más al mezquino sueldo con el que se les retribuye. Trastornos que también acarrean consecuencias graves en el servicio, como ocurre con la falta de entrenamiento y con el Estrés.

Como si fuera esto poco, comprobamos, UNA VEZ MÁS, de qué manera ignominiosa los funcionarios encargados de gobernar y los responsables de administrar y comandar a la fuerza policial, abandonan a un policía que se accidentó cumpliendo con su deber, en pleno desarrollo de un acto de servicio. Y si decimos “una vez más” es porque ya hubo otras. Varias, inclusive algunas debieron ser solucionadas por la Justicia. Esta vez le tocó al camarada Subcomisario LUIS CARDOZO, Titular de la Comisaría de City Bell, cuya historia tratare de reseñar:

Según consta en el Acta de Procedimiento labrada el día 07 de febrero de 2015, más el Parte Urgente cursado, cuyas copias obran en nuestro poder,  el Jefe de la Comisaría Luis Cardozo, al mediodía partió raudamente a bordo de un cuadriciclo policial RO16210 hacia las calles 467 y 14 C de la jurisdicción donde se estaba perpetrando un ilícito. A poco de su partida se oye un fuerte ruido y al asomarse el oficial de servicio a la calle, ve que a unos 100 metros estaba tendido en el piso el Subcomisario Cardozo, producto de haber embestido a un poste de luz de ese lugar. Hasta aquí sucintamente el hecho y el comienzo del calvario de Cardozo y su familia.

Como es ya sabido desde el año 1997 en estos casos –desgraciadamente- interviene la ASEGURADORA DE RIESGO DE TRABAJO (ART) que es de la Provincia de Buenos Aires, que por decisión de otra “mente brillante” como el nunca bien recordado Eduardo Duhalde, los policías heridos o lesionados en acto de servicio quedan bajo su “protección” desvinculándolos de nuestro Servicios Sociales y de IOMA. Todos sabemos que la ART es, para los afiliados y familiares, una mera “voz en el teléfono” que no brinda información casi de nada y menos acerca de prestadores. Y a este respecto, la Aseguradora trabaja con una red cerrada de prestadores que no considera, por ejemplo, distancias ni necesidades de familiares, y a quienes, según la patología del paciente, deriva teniendo en cuenta la parte del cuerpo lesionada.

También es oportuno aclarar que no existen en su red de prestadores centros que, por su mayor prestigio y solidez profesional, podrían brindar una atención de máxima calidad al policía herido. Ello es causal de permanente disconformidad en la fuerza y de serios conflictos en casos de gravedad; llegándose al colmo de tener que recurrir a la Justicia, para que la ART derive al afiliado a un lugar especializado, como ocurrió, o a los  buenos oficios de algún político con poder que se compadece.

La atención por ser integral, mientras dure la relación Trabajador-ART, no permite realizar otras gestiones ni brindar prestaciones por parte de otra obra social. Tanto el IOMA como Servicios Sociales de policía, donde el paciente aportó rigurosamente durante toda su vida laboral, y que históricamente brindaban un servicio mucho mejor que las ART, ahora quedan marginadas. El papel de Servicios Sociales quedó acotado a cursar comunicaciones, contener moralmente a la familia, tramitar los subsidios que pudieran corresponder y ayudar en algún trámite, tratando de hacerle a la familia más llevadera la situación.

Aclarada esta cuestión. El Subcomisario Luis Alfonso Cardozo, accidentado y lesionado durante el servicio es internado en primera instancia en el Hospital de Gonnet donde sus profesionales no dan garantía del éxito de una intervención quirúrgica por falta de tecnología y sugieren su traslado a un establecimiento más específico.  Y acto seguido –nos informa su familia- como la aseguradora de provincia no había efectuado los pagos correspondientes, el hospital procedió a cortar los suministros al paciente. A partir de ese momento un peregrinaje casi inhumano debió realizar la familia del Subcomisario para conseguir un lugar de internación, que se logró gracias a la ayuda de personal de la Delegación de Servicios Sociales, cuando finalmente la ART PROVINCIA se dignó a disponer el traslado del policía al Centro Médico Gallego de Capital Federal.

Los allegados al subcomisario nos informan que la recuperación fue muy lenta y la atención fue pésima, al punto de no saber quiénes fueron los médicos responsables, que ni siquiera extendían parte médico. Que las condiciones en que se encontraba el paciente eran deplorables, piojos en la cama de la sala de terapia y las curaciones e higienización lo tenía que hacer la esposa porque lo limpiaban mal, de todo lo cual obtuvo fotografías y filmaciones.

Con fecha 09 de abril (dos meses después), mediante carta documento la maldita ART se desentiende de su responsabilidad alegando que el siniestro se produjo por un Accidente Cerebro Vascular (ACV) de la víctima Cardozo, por lo tanto le rechazan la cobertura. Por otra parte el nosocomio le reclama a su familia el pago de $200.000 por una placa que necesita en la cabeza y 120.000 pesos por la intervención. Desesperada la esposa de Cardozo intento encontrar una solución acudiendo a la superioridad policial; en la jefatura Departamental, en  Jefatura de Zona, y hasta en el Ministerio, pero lamentablemente todas las respuestas fueron similares: "veremos qué podemos hacer".

Está muy claro que en estas condiciones los policías no pueden seguir trabajando. De haber ocurrido esto mismo con un trabajador de cualquier otro gremio del estado o privado, con seguridad estaríamos presenciando importantes exteriorizaciones de protesta pública, cortes de calles, paro de actividades, quite de colaboración, etc., y los responsables de semejante desidia  estarían renunciando, o al menos disculpándose y reparando presurosamente la falta.

No se puede afirmar graciosamente desde el gobierno o desde el ministerio de seguridad, que se está trabajando en políticas de seguridad, a la vez que se cometen este tipo de barbaridades con los seres humanos, a los que se les exige cargar con la responsabilidad de llevar a la práctica esas políticas. Y esas mismas autoridades tampoco tienen derecho ni razones para molestarse ante el reclamo de los maltratados.

Sería mucho más importante que el Sr. Ministro de Seguridad, a quién conocimos a finales de los `90 como un intendente sinceramente preocupado en solucionar los problemas y necesidades de los policías del partido de Ezeiza, se ocupe ahora mismo de solucionar inmediatamente el padecimiento de este camarada y su familia. Y de paso impulsar algunas medidas para corregir lo que está mal.

Por ejemplo, y en primer lugar, desvincular a todo el personal policial de la ART PROVINCIA. Volver al sistema antiguo en que el Estado se hacía cargo 100% del policía mediante IOMA y la Superintendencia de Servicios Sociales, que doblaban en eficiencia a la nefasta ART. Como alternativa, modificar la normativa, de manera que sea la Superintendencia de Servicios Sociales quien decida los lugares de asistencia o internación del policía afiliado, teniendo en cuenta las necesidades de cada caso en particular; que para la Aseguradora quede solamente la responsabilidad de abonar en tiempo y forma todos los gastos ocasionados, y en caso de rechazo de la cobertura, IOMA y Servicios Sociales, sin más trámite que una simple comunicación, se hagan cargo del afiliado paciente herido o lesionado, cualquiera sea la circunstancias del hecho, que para eso es pagador puntual y obligado de todas las cuotas mensuales.

El caso del Subcomisario Luis Cardozo, no debe ser uno más. Debe ser el último. Un antes y un después. Cardozo debe reintegrarse sano a su hogar y a su servicio. Sin más padecimientos.

5 de mayo de 2015.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra) Secretario de Organización de APROPOBA

jescanav@hotmail.com

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EL FRACASO DE LOS POLÍTICOS, Nota de CARLOS MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

El fracaso de los políticos

                                        

En plena actividad política- proceso eleccionario PASOS-, observamos como ha fracasado. Prueba de ello,  la frase de Platón –“El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres”-, Pero lo grave es que en la actualidad, también fracasa la justicia, y esto no es poco. –

Una sociedad necesita de ambas cosas. En filosofía  nos hablaban de ética  y con ella ingresábamos –muy humildemente-, al análisis del “cambio de las ideas”. Aprendiendo que la ética y la política caminaban tomadas de la mano, (a la par diría mi abuela pero amontonadas jamás).-

Impávidos observamos como nos convertimos en víctimas de la inmoralidad política, ya que esta inmoralidad la ha divorciado de la ética. Construyendo una justicia increíble, provista del vehículo rápido y exterminador de la convivencia, como es la anarquía.-

Rotas las reglas, nada es igual. Pero puede parecer que es lo  mismo ser “derecho que traidor”. Pero no es así: la vida tiene un tiempo, un sólo tiempo. El valor de su recorrido depende de nosotros, únicamente de nosotros.-

Debemos estar muy atentos, pero muy atentos. De nuestra decisión depende la construcción de un país que valga la pena vivir en él.-

Agote, 25 de abril de 2015.

                                                                                        

Carlos Roberto Massacane

Subofl. Ppal. (rav)

Srio. Adj. de APROPOBA

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¿QUE LE PASA AL SR. GOBERNADOR?, nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

QUE LE PASA AL SR. GOBERNADOR…?

 

Es la pregunta que hoy nos hacemos todos los policías en la provincia de Buenos Aires y del país. Y no es por un asunto menor.

Cuando Daniel Scioli asumió por primera vez la gobernación dijo que se ponía al frente de la policía en la lucha contra el delito. Que iba a hacer un abordaje integral de la cuestión. Que iba a respaldar y reconocer a los buenos policías, y a castigar a los malos. No cumplió. Ocho años de gobierno y la inseguridad sigue. Y en aumento…

Ahora el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y candidato a presidente Daniel Scioli, luego de dos periodos de gobierno sin dar solución, según se rumorea, habría prometido que si asume el cargo de Presidente afianzará la lucha por los derechos humanos, eliminando la portación de armas para la policía a nivel nacional, y en su lugar portarán pistolas de gas comprimido que dispara munición no letales de calibre 6mm, en lugar de las 9mm que usa actualmente las fuerzas de seguridad y policiales. Su teoría es que con esto se evitará el famoso “gatillo fácil”. También habría asegurado el mandatario que “…la delincuencia no existe, las armas son el problema, sin arma no hay delito ni gatillo fácil…” 

El argumento explicitado en las redes sociales y en el que sustenta este proyecto no confirmado -pero tampoco desmentido-, es tan absurdo como irrespetuoso, porque lleva implícito una grosera mentira a la comunidad y una verdadera afrenta a los policías. Tal es así que entre nuestros camaradas en actividad, a quiénes no se les permite expresarse, se ha generado un gran malestar e indignación. Se sienten una vez más defraudados, están extremadamente indignados. Es que el gobernador con esto estaría confirmando públicamente lo poco que le interesa la vida de sus policías.

¿Qué le pasa al gobernador?

Sabe y le consta que el mentado “gatillo fácil” no existe y no existió nunca. El gobernador sabe y le consta que NO SE CUMPLE con la CAPACITACIÓN PERMANENTE que la sociedad, a través de la Ley 13201 Capítulo V Artículo 11 del apartado K), obliga a los gobernantes. Solo alcanza con preguntar a un policía cantidad y tipo de prácticas de tiro en el último año; o consultarle a uno de los miles de policías egresados con bombos y platillos hace unos meses, cuantos disparos efectuó con su arma reglamentaria antes de salir a la calle a enfrentarse con la delincuencia, para comprobar la falacia del discurso oficial.

Él sabe que “gatillo fácil” es un término acuñado inteligentemente y con malicia por algunos políticos y organismos de derechos humanos, replicado hasta el cansancio por medios de prensa y algunos periodistas, en tiempos que vivían una suerte de luna de miel con el Ministro de Seguridad de aquella década siniestra, el Dr. León Arslanián. Con el mote de “gatillo fácil” gobernantes y legisladores lograron sacarse de encima la responsabilidad de las causas –la falta de entrenamiento- y colgárselas como piedra al cuello, a aquellos empleados policiales que experimenten los efectos trágicos y dolorosos de esas mismas causas. Pagaron -y siguen pagando- con su vida o con su libertad, o con su carrera, el escandaloso incumplimiento de obligaciones de los funcionarios de gobierno. Como es costumbre, la justicia mira para otro lado…

Desde APROPOBA hacemos público nuestro rechazo a las afirmaciones del gobernador y decimos a todo aquel que quiera oír: Si se pretende terminar con el mal llamado “gatillo fácil” lo que debe hacer el gobernador Daniel Scioli es cumplir con sus obligaciones que le manda la ley, comenzando por sus promesas del 2007 de abordar integralmente la cuestión inseguridad, entre otras cosas el entrenamiento del personal en el manejo y uso del armamento. Y en esta cuestión la Justicia también debe hacer su aporte.

Afirmó también el mandatario: “…La delincuencia no existe, las armas son el problema, sin arma no hay delito ni gatillo fácil. Una vez aprobado esto la Argentina pasará a ser integrante de un selecto grupo de países en donde la policía no porta armas de fuego, como lo es Francia, Alemania y Canadá….”

Después de los anunciados viajes de Menem por la estratosfera, jamás habíamos oído  nada más ridículo, falaz e irreverente. Es tan burdo este razonamiento que no resiste el menor análisis. Esperemos que alguien con sentido común lo llame a la reflexión.

Este pensamiento del gobernador, hecho público, es una afrenta para los uniformados. Una bofetada inmerecida a la familia policial que exhibe una lista de 576 personas entre mujeres y hombres uniformados en actividad, que han sido asesinados por delincuentes y otro tanto de heridos -muchos para siempre-, solamente de la Provincia de Buenos Aires y la Federal, entre 1999 y lo que va de 2015. Muchos fueron literalmente fusilados sin siquiera haber intentado una defensa. Y no pocos fueron masacrados por el solo hecho de ser policías.

Acá conviene aclarar que muchos camaradas de nuestra provincia han caído, inseguros, por falta de entrenamiento en el manejo de su arma. No pudieron defenderse. Otros, víctimas de la legislación vigente que mantiene a los uniformados encorsetados y limitados en un angosto campo de acción, que por la complejidad del trabajo policial lo expone permanentemente a la desocupación, o a la cárcel si da un paso de más, o al cementerio si da un paso de menos. Dudaron al momento de defenderse.

¿Qué le pasa al gobernador?

Ya durante el año pasado el gobernador dispuso retirar de las seccionales de la provincia todas las ametralladoras, armamento indispensable para la defensa de los policías ante el embate cada vez más agresivo y con armas cada vez más potente, de una delincuencia agrandada por la sobreprotección del propio gobierno y que casi todos los días asesina a algún uniformado indefenso. ¿Cuál fue el fundamento verdadero de esa medida que dejó a los uniformados en inferioridad frente al hampa? ¿Dónde fue a parar ese poderoso armamento?        

Hay versiones preocupantes sobre el destino final de esas armas quitadas a la policía. ¿Cuál será ahora el destino de las pistolas 9mm que según este proyecto le serán retiradas a los policías? Esta situación está provocando hoy serias deliberaciones puertas adentro de las dependencias policiales, que nunca se saben cómo pueden terminar.

No obstante –según lo proyecta el candidato Scioli- las policías tampoco podrán usar sus ya insuficientes pistolas 9mm; deberán enfrentar a delincuentes armados con fusiles de guerra o con alguna de las ametralladoras retiradas a la policía, empuñando una insignificante pistola de aire comprimido que dispara proyectiles de plástico de 6mm…

Por lo visto el gobernador está convencido que la problemática de inseguridad, los asaltos a bancos, los piratas del asfalto, los robos a casas, las violaciones, los asesinatos, el narcotráfico, todo, absolutamente todo va a dejar de existir desarmando a los policías y dotarlos de pistolas de juguete.

¿Qué le pasa al gobernador?

En los últimos días el gobierno provincial ha asestado otro duro golpe al componente humano de la fuerza. Desbarató groseramente la carrera policial. Acaba de licuar lo poco que quedaba de orden y disciplina.

Es preocupante comprobar la superficialidad con que las autoridades del  gobierno provincial y un amplio sector de la dirigencia política, como lo son legisladores y varios intendentes,  tratan de resolver la problemática de la inseguridad. Quienes tienen las más altas responsabilidades políticas de encontrar soluciones para mitigar la crisis, dan la sensación de que estuvieran absolutamente disociados de la realidad.

Al mejor estilo arslaniano alteraron gravemente el orden de mérito indispensable para el ascenso del personal y que es lo que rige la carrera policial. El ministerio de seguridad repartió grados como si fueran suvenires, a policías que no reunía ni siquiera el mínimo requisito de la antigüedad. Gente sin nada de experiencia pasaron a ser superiores jerárquicos de los más viejos. Inclusive de manera ilegal, ya que aquellos ascendidos sin la antigüedad que marca la ley de personal no completaron los aportes previsionales que también manda la ley, por lo tanto ocasionan un serio perjuicio económico a la Caja de Retiros.

La carrera policial ha sido convertida en una competencia desigual, en la que no pocos acomodados y trepadores fueron y serán ascendidos inmerecidamente. Los méritos producto del trabajo y la antigüedad pasaron a ser secundarios. De esta manera, los buenos policías que son la mayoría, hoy sienten despreciado su esfuerzo y buena conducta, como así frustradas sus expectativas legítimas de asensos y progreso, por obra de los alcahuetes amigos del poder, consentidos por funcionarios mediocres a los que poco y nada les interesa, ni la vida de la institución ni la seguridad de los ciudadanos.

El esmero por el trabajo, el afán de superación y el culto a la virtud que debe predominar en el personal, entra ahora inexorablemente en un cono de sombras. La indignación se ha instalado en las filas policiales y un creciente malestar va camino a exteriorizarse en cualquier momento, según los comentarios que, ojalá no sean ciertos.

El gobierno puede hacer de la institución policial lo que quiera. Después de todo es una institución más de la administración pública. También deberá hacerse cargo de las consecuencias. Pero es necesario aclarar que luego de estas afirmaciones, que significan abandonar a los policías a su suerte, advierto que urgentemente deberían elaborar una suerte de Plan “B” para combatir a la delincuencia en nuestra provincia. Presumo que los uniformados, indignados por la demostración de desprecio por sus vidas que ha evidenciado la máxima autoridad, y hartos de manoseos, en estas horas estarán considerando hasta qué punto es valedero seguir apoyando con el máximo esfuerzo humano, a una gestión de gobierno que se revela ostensiblemente hostil con ellos, a quienes tiene la obligación de proteger.

La voluntad de trabajo, el afán por hacer las cosas bien, el espíritu de colaboración necesaria para que el sistema funcione aún ante las carencias, el entusiasmo por servir, todo entró en un cono de sombras que pronto se reflejará inevitablemente en la inseguridad.

El gobernador tiene el derecho también a incrementar su celo en velar por los derechos humanos de los delincuentes, pero lo que la sociedad – y los policías somos parte de esa sociedad- está reclamando desde hace rato y sin respuesta, es que su gobierno se ocupe con el mismo ahínco en velar por los derechos humanos de los ciudadanos que no asesinan, no violan, no roban y se desloman todos los días para pagar los impuestos que son el sostén de su gobernabilidad.

22 de Abril de 2015.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

jescanav@hotmail.com

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